
Ally tomó asiento frente a la directora de la escuela y formó como madre de Astrid.
Druso hizo lo prometido y en la documentación de su hija se encontraba ella como tutora legal en lo que se resolvía por el momento lo que había pasado en Minnesota.
Roman, el abogado de confianza de Niklas, le dijo que buscaría a alguien que se especializara de lleno en esos temas, ya que él no podía porque se tomó unas pequeñas vacaciones con su novia y no dejaría pasar la oportunidad de verla todos los días sin estar en un tribunal.
Apenas habían pasado unas dos semanas desde que él se marchó y lo extrañaba. No conversaban, pero ella mantenía el anillo en su dedo como si esperara alguna señal divina del cielo que le hiciera llamarlo y decirle que dejarían todo para escaparse con su hija a alguna parte del universo.
—Aquí tiene el listado de las cosas que debe comprarle a su hija y los documentos están todos correctos y en orden —la mujer le pasó unas hojas—. Su padre comentó que, por algunos inconvenientes, usted solo será su tutora.
—Sí, es correcto —Ally asintió—. Es un asunto personal que deseamos mantener en secreto por un tiempo, si es permitido.
—Claro, eso no hay que discutirlo —la directora miró a Astrid—. Ustedes dos son idénticas y es extraño ver tanto parecido en dos personas desde muy temprana edad.
—Siempre nos lo han dicho.
Ally sintió que le daban un golpe mortal en ese instante, ya que hasta esa mujer notaba el parecido que tenía con su pequeña desde el primer segundo, y Druso y ella se tardaron tanto en darse cuenta de que tenían a su hija con ellos desde el primer segundo. Todavía podía recordar el llanto que soltó el día que le entregaron el cuerpo de Willow, porque sí, esa niña se quedó con ese nombre y sería su hija al final de cuentas.
Le dieron un tour y a Astrid le dijeron que estaría con sus primos la próxima semana tomando clases en un buen horario y que podía tomar cualquier clase extra que quisiera. Ella se negó, puesto que ellos no tenían una pista de hielo y quería jugar hockey como su padre.
Marcó el número de Druso y esperaba que todavía no estuviera en la pista de hielo entrenando, puesto que quería hablarle de lo que le dijo la directora antes de salir de la escuela. Incluso, hasta le dieron dos uniformes que podía usar en la semana, más el de educación física.
—¿Hola? ¿Ally? ¿Todo está bien?
—Hola —Ally respiró hondo—. Todo está bien —respondió—. Solo te llamaba para contarte lo que nos dijo la directora el día de hoy en la escuela acerca de las cosas de Astrid —miró a su hija, quien miraba el hermoso jardín que tenía la escuela—. Hemos terminado de hacer algunas cosas e iremos a comprar los útiles escolares restantes.
—Ah, bien —él hizo una pausa—. ¿Qué te han dicho?
—Puede iniciar la próxima semana —le avisó—. Nuestra hija está feliz y quería hablar contigo.
—Yo no quería hablar con mi papá… —Astrid se le adelantó—. Pero ahora sí.
—Te la pasaré.
Ally esperaba que Druso no hubiese escuchado lo que su hija dijo anteriormente, porque se iba a morir de la vergüenza en ese instante si fuera el caso. En lo que ambos se ponían al día, ella fue por el auto y emprendió la marcha hacia su hogar, que ahora tenía otros colores y más seguridad.
Miraba de vez en cuando a su hija en el asiento trasero cuando reía por alguna ocurrencia que Druso le contaba a través de la línea y cuando este cortó la llamada, fue cuando estaba estacionando el auto en su hogar.
—Dice mi papá que gracias por llamarlo. —Astrid le pasó su celular—. Que te envió un mensaje.
Ally abrió la puerta para que ella entrara primero y dejó la bolsa con el uniforme sobre el sofá para leer el mensaje.
“Sé que allá apenas está saliendo el sol y que es nuestra hija, pero trata de no llamarme a las tres de la mañana cuando apenas acabo de acostarme a dormir después de un partido”.
Ella volvió a tener las mejillas y el cuello tan rojos que deseó morirse por la vergüenza que acababa de sentir en ese momento. No cabía duda de que Druso sabía todo y ella no calculó siquiera la diferencia horaria entre ambos lados del mundo.
Escribió una disculpa y ahí se quedó el tema, ya que él no le respondió de regreso. Eso le frustró bastante y más todavía cuando le dijeron que debía esperarse un poco más para saber cuándo iba a poder trabajar de lleno.
—Mamá —Astrid se sentó a su lado—. ¿Por qué querías hablar con mi papá?
—En sí, no deseaba hablar con él por el momento, solo quería hacerle saber que ahora estarás con tus primos —mintió—. ¿Te gusta este cambio?
—Es complicado, porque el inglés de aquí es un poco diferente al de Minnesota. —Astrid asintió—. No sé si me acostumbraré.
—Lo harás, porque eres muy inteligente —le pellizcó las mejillas—. Vamos a que descanses, porque más tarde te irás con tus primos a pasar la noche y yo me quedaré solita aquí.
—De acuerdo.
Astrid fue con su madre hasta la habitación, en donde descansaría, y ella se llevó ambas manos a la cara y la soledad de su casa, al igual que la culpa, la regresaron a la realidad de la que tanto huía en ese momento.
Entró a sus redes sociales y buscó el perfil de Hazel; esta mujer tenía la realidad alterada en los últimos días, por lo que era difícil descifrar lo que haría con su propia vida o si estaba bien o mal realmente.
Hazel era solo una víctima más de su padre, una persona que únicamente quería ser amada por él y nada más. Ella estaba pidiendo que oraran mucho por ella, ya que sentía que muchas personas le estaban haciendo cosas extrañas y no querían que le hicieran daño a sus alumnos en la escuela.
Le hizo algo de comer a su hija, habló con sus amigas para ponerse al día con todas las cosas que tenían encima y que, sobre todo, Nancy pronto haría una revelación de bebé. Aunque ya todos sabían lo que venía en camino realmente.