Ally leía atentamente las noticias de cómo sus compañeros le estaban pidiendo disculpas por todos lados, buscándola para decirle que se merecía esa disculpa, pero no les daría el gusto en lo absoluto. Ellos no se merecían nada de ella, mucho menos algo bueno. Ella jamás los perdonaría por lo que hicieron, mucho menos querría tener algún tipo de conversación con personas que solo buscan su beneficio a su costa; eso jamás.
Estaba a finales de enero, el frío se sentía por todos lados y Londres no paraba de moverse a un ritmo devastador. La prensa todavía no había dado con su casa y, por alguna razón, quería tener esa vida que antes tuvo cuando todavía no conocía a Druso. Trabajar en esa cafetería, estudiar para ser azafata y tener una vida tranquila con sus padres.
—Mami —Astrid la llamó—. ¿Iremos a ver a mi papá?
—Estás estudiando —le pellizcó la nariz—. Y él se irá a Canadá en los próximos días. Fue elegido.
—Pero…
—No es el momento —mintió y llevó una mano hacia su vientre—. En unos meses tendrás un hermanito y ya sé cuándo se lo diremos.
—¿Eh?
—Cuando tengas otra vez vacaciones, viajaremos a buscarlo a donde sea que se encuentre y le haremos saber que será papá —Ally sonrió—. Druso necesita un momento a solas; mira todo lo que pasa por ella y, conociéndolo, seguro decide viajar hasta aquí en el primer momento.
—¿Iremos en las próximas vacaciones?
—Iremos en las próximas vacaciones.
Ally buscó en el calendario los días festivos y su hija tenía una semana libre en febrero, lo que llevaría a que fueran a visitar a Druso en uno de sus partidos y, de paso, visitar a la nana de ella. No podía creer que lo había estado ignorando, pero era lo mejor para ambos. En ese momento, lo único que podía vender eran sus diseños en bisutería, pero le era complicado.
No quería ser relacionada como la loca que pasó de ser una fanática a una mujer que buscaba cómo sobrevivir con sus ahorros. Aunque Druso le daba dinero mensualmente para los gastos de Astrid, ella debía solo gastar lo mínimo.
—Ya está todo listo, señora —el hombre que estaba arreglando su cocina le habló—. Ya está todo listo y podrá usarla.
—Muchas gracias —Ally se levantó del asiento—. Lamento que haya venido en fin de semana a ayudarme con esto; es que las gotas no me dejaban dormir en lo absoluto.
—Descuide, las cosas que antes estaban mal están en perfecto estado y mis compañeros ya terminaron con la pintura del exterior —le explicó—. Recogieron la basura que indicó y será llevada al depósito correspondiente.
—Entiendo —ella estrechó su mano—. Ya el pago fue completado —sonrió—. Muchas gracias por todo y por ayudarme.
—Para esas estamos.
Ella se quedó con su hija y fueron a ver los trabajos de esos empleados y todo el patio estaba como si fuera nuevo. Incluso, pusieron unas sillas para descansar y una mesa. Estaba por entrar a la casa cuando Druso la llamó, y tenía ciertas dudas…
—Cariño —llamó a Astrid—. Es tu padre.
—Mamá… —gimoteó—. Habla con él, ¿sí?
—No, ven aquí —le pasó el celular a su hija—. Yo tengo que limpiar algunas cosas en la casa, por lo que no tengo tiempo de hablar con tu padre en este momento.
Astrid murmuró un par de palabras y ella se encerró en el baño para vomitar. Ese día se había comenzado a sentir horrible debido a las náuseas matutinas y los pequeños antojos de fruta del dragón. Revisó su cuenta en el banco y solo tenía algo de dinero extra en la cuenta de su hija. Estaba entrando en una crisis existencial últimamente, sin empleo y con un embarazo de por medio. Sin embargo, en los próximos días, su plan final debía estar bien, por así decirlo.
Después de unos minutos, su hija le llamó para decirle que Druso quería hablar con ella sí o sí. Respiró hondo antes de salir del baño.
—¿Diga? —sonrió hacia su hija—. Estoy ahora mismo haciendo unas cosas.
—Astrid me dijo que has estado vomitando. —Druso fue directamente al grano—. ¿Por qué me estás ignorando?
—No te estoy ignorando…
—No has ido a trabajar y me estoy preocupando porque no estás usando el dinero que te envío —masculló—. Escucha, puedo…
—Tengo una pequeña condición que no me permite ahora trabajar —cerró los ojos con fuerza y se apoyó en la pared—. Estoy buscando alternativas… es decir, venderé uno que otro diseño de bisutería en las redes.
—¿Por qué mi hermano no me lo dijo? —Druso cuestionó—. ¿Cuál es el secreto de Estado que yo no podía saber? —siseó enojado—. Se supone que si Astrid está contigo, es por algo.
—Lo siento, no quería preocuparte con algo así —se mordió el labio inferior—. Ahora necesito estar tranquila…
—Ally, deja de apartarme de tu vida —él masculló—. Quedamos que…
—Quedamos que me darías tiempo —apretó el puño—. Hay algo que quiero pensar con más claridad…
—¿Puedo saberlo ahora o es un secreto? —Druso casi le levantaba la voz—. Me siento como que nada de lo que hago tiene sentido para ti y que no nos llevamos bien cuando en realidad tenemos una hija que nos quiere.
—¿Tienes el periodo? —Ally preguntó al escucharlo enojado—. No pareces el tipo de persona a la que le llega el periodo en pleno partido.
—Ally…
—¿Sí? —ella sonrió y fue hacia la sala con su hija—. Deja el drama, ya buscaré algo que hacer y, si tanto quieres, seguiré gastando el dinero que me envías en mí también —se inclinó hacia delante—. Para ver lo que su hija estaba escribiendo—. No te preocupes… iremos a verte cuando tenga su semana de vacaciones por el trimestre —pasó saliva—. Astrid está emocionada por ver a su nana y no tiene siquiera un mes que llegó aquí.
—Bueno, es que fueron largos meses con ella o, mejor dicho, años con su nana —Druso respiró hondo—. Lamento lo de antes, es que quiero que me digas lo que te ocurre y puedes demandarme si quieres por manutención…
—¿Qué?
—Sí, no me molestaría que lo hicieras —él siguió—. Es lo mínimo que te mereces.