Desastre en el hielo

75.

Ally se encontraba doblando la ropa de su hoja cuando sintió un pequeño dolor en su hombro que le hizo sentir que debía parar de hacer tantas cosas en un día. Había estado hablando con Druso, el cual seguía estando con deseos de querer saber de ella todo el tiempo, y su embarazo poco a poco se iba notando más de la cuenta, debido a que se encontraba en su semana número doce, y solo quería quedarse en cama todo el día.

Desde que Druso instaló las cámaras en su casa, sabía que la vigilaba en todo momento y más cuando a su hija se le escapó decir que se mudó un chico nuevo a su lado, pero era más para cuidar a su madre enferma y ni hablar de que el sujeto estaba casado.

Druso le dijo que no le importaba en lo más mínimo tener que llamarla todos los días, más por celos que por otra cosa. Puso los ojos en blanco cuando vio el nombre de Druso en su celular; lo peor de todo es que era por videollamada.

—¿Sucede algo? —preguntó Ally—. Acabamos de hablar…

—Es que te vi tan sola en la casa y quise saber de ti, mi amor. —Druso apoyó la mejilla en la palma de su mano—. ¿Cómo estás tú?

—Doblando la ropa de nuestra hija —respondió sin mirarlo—. ¿Seguro que no tienes algo más que hacer en este momento?

—Tengo muchas cosas que hacer, pero cada una de ellas tiene que ser referente a ti —sonrió un poco—. Te ves tan hermosa.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —cuestionó Ally observándolo—. No hace rato que nos despedimos y presiento que algo malo pasará.

—La verdad es que estuve hablando con mi abogado acerca de algunas cosas y con mi hermano —Druso se aclaró la garganta—. No sé si vas a querer, pero de todos modos voy a decírtelo.

—¿Qué es?

—Que tuvieras un cambio de trabajo —él se aclaró la garganta—. Es decir, que vinieras a trabajar al aeropuerto de St. Paul en lugar de en Londres —le explicó—. Solo si tú así lo quieres.

—¿Y es lo que tú quieres? —Ella dejó la ropa de su hija a un lado y se sentó en la cama cuando sintió un pequeño malestar—. Yo no tengo amigos…

—Lo sé —Druso asintió—. Yo… yo… —Sacudió la cabeza—. Únicamente quiero que lo pienses, me digas si estás de acuerdo y, si no, yo mismo iré.

—¿Qué?

—Puedo dejar el hockey y meterme de lleno en la empresa familiar en…

—¿Qué hay de Lys? —lo interrumpió—. Ella tiene traumas acerca de lo que pasó con tu madre; yo tengo traumas con lo ocurrido con tu madre, Richard y Hazel —le recordó—. Es complicado, porque amas el hockey y aquí no hay equipos profesionales —hizo una pequeña pausa—. Digamos que, de todos modos, saldrás perdiendo.

—Lo sé —Druso asintió—. No importa, te lo dije.

—Es otro cambio para Astrid si decido regresar a Minnesota contigo, porque ella ama a sus primos y no creo que sea lo mejor del universo para una niña tener que estar moviéndose de un lado a otro —se pasó la lengua por los labios—. Aparte de eso, hay que buscar una casa más grande porque se vienen tres mocosos en camino.

—Sí… eso por eso que también te lo pregunto. —Él tomó su celular y caminó fuera de la casa—. Puedo hacer una remodelación aquí, es seguro y nadie nunca se ha metido, pero también puedo comprar otra en Londres, sin ningún problema.

—Voy a pensarlo —ella decretó—. Lo hablaré con Astrid con calma, explicándole los pros y los contras del viaje y el cambio —movió el cuello de un lado a otro—. Lamento esto.

—Descuida, sé que Astrid ama estar con Joshua y Yoman y yo no quiero arruinarle eso —Druso sonrió triste—. Es raro verla con ellos, porque casi no tenía amigos y, si los tuvo, se alejó de ellos.

—Nuestra hija me estuvo diciendo que se alejó de todos ellos porque solo la buscaban para saber de ti y es entendible eso, que no quiera saber de nadie más —se encogió de hombros—. Si a mí me buscaran solo por ser tu novia, conocer a tu hermano Azriel, también me mudaría.

—Hablaré con mi hermana —concordó—. Yo… yo quiero estar cerca de ti.

—Yo no quiero estar cerca de ti.

—Ally —gimoteó el jugador y ella rio—. No seas así.

—Es una broma —ella dejó salir una pequeña carcajada—. Nos vemos, tengo cosas que hacer y la casa no se limpiará sola.

—De acuerdo, hasta luego…

—Druso —lo llamó antes de presionar el botón de colgar—. Te amo.

—¿Qué? —Druso se quedó quieto—. No, oye, espera…

Ally terminó la llamada antes de que pudiera balbucear algo y ni caso le hizo cuando comenzó a llamarla hasta por el teléfono de la casa, enviándole mensajes en el proceso para volver a contactarla. Organizó la casa que fue siempre suya y en parte no quería irse de ahí por nada del mundo.

Aunque podía pedir el cambio con la ayuda de sus contactos, no quería hacerlo por el momento. Estaba tan bien alejada de la prensa, que tenía miedo de que algo malo le pasara a sus bebés, pero Celia era una mujer astuta y sin duda alguna, le daría muchos problemas porque no se quedaría tranquila al saber que su tercer hijo decidió quedarse con la chica pobre de la cafetería.

Su hija llegó de la escuela a la hora de siempre, puesto que el chofer de Niklas la buscó junto con sus primos y la dejó en la entrada. Su pequeña estaba tan feliz que se le olvidó el bajón de todos los lujos que tenía con su padre y ahora vivía en un barrio donde el chisme corría y seguro sus vecinos pensaban que el pobre hombre era su proxeneta.

—¡Hola, mami! —Astrid besó su mejilla—. Hola, hermanitos pequeños —besó su vientre por encima de la tela—. ¿Cómo estás hoy?

—Estoy bien, cariño —Ally la llevó a la cocina—. Te hice unos postres por si quieres merendar.

—Papá dijo que lo tienes que llamar, porque lo dejaste con la palabra en la boca —Astrid le informó—. Que no seas así o vendrá a buscarte.

—Ahora anda contándole a todos que no le quiero tomar las llamadas —dijo entre dientes—. Le dije algo y no dejé que me comentara algo más, descuida…

El sonido del timbre de su casa fue la alerta que necesitó para mirar a su hija confundida. Ninguna de las dos esperaba a alguien, menos a esa hora del día. Fue a abrir la puerta, y se encontró con que ahí estaba el padre de Druso.




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