Aunque sabía que algo estaba por ocurrir esa noche, todo su cuerpo se movía a un compás rítmico. Había pasado a las finales, y las cosas se estaban poniendo de un mejor color, por así decirlo. Días atrás, supo que Hazel había fallecido, pero estaba seguro de que alguien metió la mano en el proceso para que pareciera otra cosa.
Lo más irónico es que fue pocos días después del fallecimiento de Richard en su celda. Lo hicieron pasar como algo accidental, pero ese sujeto tenía tantos enemigos que quizás uno de ellos pagó lo suficiente como para desaparecerlo del mapa y, de paso, su testimonio.
Él no mintió cuando dijo que lo iba a dejar de molestar personalmente; lo que nunca le dijo es que lo protegería de las otras personas en el exterior. Movió el cuello de un lado a otro, tratando de calmar los nervios, pero era imposible.
En esos dos meses, en los cuales había pasado desde que estaba más que seguro de que las cosas iban a mejorar esa noche. Había ido a visitar a Ally meses atrás, de sorpresa; aunque pasó una semana con ella, deseó bastante poder estar presente durante el embarazo, pero parecía ser que ella tenía otros planes y, antes de cumplir la semana, ella lo estaba enviando de regreso a su casa.
—¿Listo? —Alariel le pasó una botella de agua—. Está sellada.
—Eso creo —Druso ajustó los patines y las rodilleras—. Me siento mal.
—¿Por qué Ally no vino? —se burló—. Bébete el agua, y no me hagas perder la apuesta que hice a tu favor.
—¿Apuesta? —tomó la botella con cuidado y la abrió—. ¿Qué hiciste?
—Aposté que ibas a anotar al menos tres o el decisivo de último momento —confesó encogiéndose de hombros y que Ally apareciera de la nada.
—Tus palabras me llenan de confort.
Alariel rio entre dientes de irse a su lado para colocarse el uniforme. Druso tomó su celular del casillero y no se lo pensó mucho antes de literalmente meter la cabeza en el casillero y esperar pacientemente a que ella tomara la llamada. Se estaba volviendo loco en ese momento.
Todo lo que sabía es que le estaba ayudando a Nancy, puesto que ella había dado a luz semanas atrás de imprevisto o eso era lo que entendía de todo el lío, pero la verdad es que ya no podía con más y esa noche hablaría finalmente con todos de que no renovaría más contratos, mucho menos campañas, por el hecho de que a muchas les pagó enormes sumas de dinero por el escándalo de meses atrás.
—¿Hola? —Ally se aclaró la garganta—. ¿Ocurre algo?
—Solo quería saber cómo estabas —apretó la puerta del casillero—. Hoy es la final.
—Amor, eso lo saben todos —ella rio un poco—. Estoy viendo las charlas de los comentaristas.
—Lo sé, lo sé —respiró hondo—. ¿Astrid?
—Está con sus primos ahora, así que no creo que sea un buen momento para que hables con ella ahora —le explicó—. ¿Todo bien?
—Estoy un poco nervioso —murmuró—. Es mi último juego.
—Y en tu cumpleaños —Ally bromeó—. Espero que mi regalo te haya llegado o, al menos, que llegue antes de que finalice el partido.
—¿Qué es?
—Bueno, tendrás que ver el final del partido, porque si te digo, no será un regalo —Ally le dijo con seriedad fingida—. Y si ganas, te doy otro más.
—Haré mi mejor intento —Druso dejó salir el aire que volvía a retener en los pulmones—. Han sido unos meses difíciles y no sé qué más hacer.
—Oye, hemos hablado de esto ya —Ally le recordó—. Eres el jugador estrella, uno independiente y nada de lo que pasó es tu culpa.
—En parte, sí —tensó los dedos—. Me llevé de la gloria, de mi sed por verte sufrir, y no veía en lo más mínimo que eras inocente de todo —se sintió pésimo—. Me hubiese gustado que estuvieras aquí.
—Lo lamento…
—No, está bien —sacó la cabeza del casillero—. Ya tengo que irme.
—Descuida. Ve y sé el mejor del universo, por favor.
Druso le mandó un enorme beso antes de colgar la llamada y pasarse una mano por el rostro. Tomó sus cosas y fue con el resto del equipo para hacer la final y poder entrar de lleno en la pista, bajo una enorme ovación que no se hizo esperar por parte de los fanáticos.
Todo estaba lleno a más no poder; miles de personas compraron sus entradas y se encontraban en esa pista de hielo, siguiendo los pasos de los jugadores estrellas después de tantos meses sin poder tener un momento de paz. Druso escuchó cómo los comentaristas hablaban de que habían tenido una baja con su antiguo entrenador, de algunas cosas más que encontraron en su celda, pero era más por el interés del público que hablaban que por ellos mismos.
Él cerró los ojos e hizo algo que nunca hacía.
Oró en voz baja, tal cual Ally una vez le mostró. Pidió un único deseo como regalo de cumpleaños. No era siquiera ganar el partido, no lesionarse o el bien de los otros jugadores; solo pidió algo que quizás no tendría en un largo tiempo.
El himno de los Estados Unidos sonó por los altavoces del estadio y todos se pusieron rectos. Aunque no era estadounidense, se lo sabía de memoria por los años que había estado viviendo en ese país.
—Que gane el mejor —escuchó que dijo su compañero.
Druso miró hacia las gradas y no la vio. Mucho menos a alguien de su familia, por lo que no iba a tener a nadie, salvo a su hermana, quien lo miraba desde el área de los fanáticos, usando un gorro para ocultar su cabello blanco.
El partido inició y casi recibe un golpe contra la baranda de cristal. Lo peor de todo es que eran tres jugadores contra él solo. Desde que entró al estadio, podía sentir la tensión de los jugadores con él y en cualquier momento le daría un buen golpe a esos sujetos.
—Lemann, a descanso —ordenó el entrenador—. Ahora.
Druso empujó al jugador que lo tenía contra el barandal y metió el pie a otro como señal de que los tenía en la mira. Solo habían pasado diez minutos y esos hijos de sus madres lo querían fuera de base.
Se quitó el casco irritado, y era obvio que las cámaras iban a ponerlo en todas las pantallas. El estadio lo abucheó, como si fuera su culpa que los jugadores de Las Vegas no supieran perder un partido.