Desastre en las nubes

10. Caricias

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Regresar a la habitación más roja que un tomate no era su plan inicial, jamás lo fue. Porque su hijo era su peor enemigo en el sentido de la palabra existente. Joder, ¿cómo se le ocurría decir esa clase de cosas delante de Niklas?

Hablarle acerca del hombre que le gustaba era horrible, más aún cuando el destino los juntó en Francia por culpa de su bendición. Bendición que estaba a nada de morir. Dejó salir el aire que tenía en los pulmones, tenía un pijama de los que él le compró y fue a la habitación, no sin antes tirarse un poco de agua en la cama para quitar la ansiedad que su cuerpo estaba sintiendo.

Era de madrugada, y ella no podía dormir. Por más acostumbrada que se encontraba a los cambios de hora, esa noche no podía dormir como su hija, que tenía los labios entrecerrados. 

Se puso de cuclillas junto al hombre que estaba acostado en el sofá de cuerpo completo, con los brazos cruzados, colocando su dedo en la nariz para ver si su respiración era continua.

Quitó algunos mechones de cabello de su frente, delineó sus cejas pobladas y sus labios se curvaron en una sonrisa.

— Eres tan hermoso —bajó el dedo por el contorno de la nariz—. Tan inalcanzable y me rompiste el corazón esa noche —pasó el pulgar por los labios de Niklas—. Tienes razón, la realeza no puede estar involucrada con la gente trabajadora —pasó el pulgar por la barbilla marcada—. Sin embargo, si conocieras todo lo que hice, me repudiarías…

No supo si fue por impulso o algo más, pero pegó sus labios a los de él por unos pocos segundos, solo los pegó y se alejó lentamente. Suspiró un poco, antes de ponerse de pie e ir a la cama, no obstante, él la agarró del brazo, asustándola.

— ¿Joshua está bien? ¿Le diste los medicamentos? —Niklas se sentó en el sofá—. ¿Qué pasó?

— Yo… —ella ya estaba caliente por la vergüenza—… vine… vine… —se mordió el labio—. Vine a decirte que podrías dormir con nosotros. Sé que es de madrugada, pero el sofá no debe ser cómodo.

— Tienes razón, el sofá es incómodo.

Se levantó de un salto de sofá, tomando la almohada como si estuviera esperando por horas eso de estar con ella. Nancy tenía el corazón en la boca, imaginándose que él quizás la escuchó hablar.

— ¿Escuchaste lo que dije? —se atrevió a cuestionar—. Yo dije algunas cosas cuando estabas dormido…

— Si estaba dormido no pude escuchar nada —él le estaba dando la espalda—. ¿Algo que tenga que saber?

— No, no —ella se mordió el labio, aún más nerviosa—. Puedes dormir.

Niklas asintió, dándole la espalda, y ella se acostó al otro lado, con la frente hacia él. No sabía si estaba despierto, pero ella tenía mucha vergüenza. Misma que sintió años atrás cuando iba a decirle tantas cosas y no pudo.

En un momento de la noche, se quedó dormida, y como si su mente estuviera jugándose un mal vivir, unos dedos delinearon su rostro, tal y como hizo con Niklas hace rato. 

Se movió un poco, y las caricias continuaron, pero se sentían tan bien que no pudo evitar dejar salir uno que otro suspiro, hasta que ya no supo de ella.

Cuando quiso saber de ella, la habitación se encontraba en completo silencio, la cama a su lado estaba vacía, fría y el miedo se apoderó de ella.

— Buenos días, mami —Joshua estaba en los brazos de Niklas, con una enorme sonrisa—. Mi papá mandó a pedir tu desayuno.

— ¿Mi desayuno? —Nancy observó al otro adulto, mismo que caminó hacia ella—. ¿Por qué no me despertaron?

— Le dije a mi papá que no duermes mucho en las noches por cuidarme y te veías tan bonita durmiendo plácidamente —el pequeño extendió sus brazos hacia ella—. Tienes que desayunar, porque mi papá nos llevará a conocer la ciudad.

— Él me pidió esto —aclaró Niklas, levantando las manos—. Traerán tu capuchino, tienes que comer todo.

— Oye, te dije que no es necesario hacer eso —Nancy observó a Niklas, y luego a su hijo—. Me daré una ducha rápida, porque antes de irme a la cama ya me había dado una.

Ambos hombres asintieron y una hora más tarde, se encontraban caminando por las calles de Estrasburgo como si fueran una hermosa familia, otra vez. El día anterior solo fueron a visitar los alrededores del lugar, pero él decidió llevarla a la plaza, para que conociera más.

Nancy miraba todo con asombro, su trabajo de azafata era uno de los mejores, tanto que ella podía darse el lujo de ir y venir a dónde quisiera, pero no pasar mucho tiempo.

Los viajes privados como esos no los tomaba, ya que su pequeño hombre, de cinco años, se llevaba toda su atención.

— El verano en este lugar es cálido —Niklas habló, antes de poner a Joshua sobre sus hombros—. La plaza es el corazón de la ciudad.

— Es bonita, la vi de lejos ayer cuando nos sacaste a pasear —ella entrelazó sus dedos, de manera tímida—. Eres una persona que conoce mucho de lugares, yo nunca podría saber algo.

— Siempre me han gustado los aviones —él levantó el brazo, para sostener la espalda del pequeño con su mano—. Mi madre y hermana son las únicas que no me apoyan en esto.

— Vaya…

— Somos cuatro hermanos —aclaró—. A mí me gustan los aviones, a uno le gustan los autos, al otro el hockey y a la más pequeña le gusta la medicina, pero ella es más renuente, porque sigue el mandato de nuestra madre.

— Debe ser duro que tus padres no te apoyen en lo que quieres…

— Mi padre es excelente, pero me llevo mejor con mi abuelo paterno —Niklas tenía una pequeña sonrisa en sus labios—. Cuando me pasa algo, en lugar de burlarse de mí, está siempre conmigo dándome consejos.




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