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Capítulo 1

Wendholy

Las calles estaban desiertas, acompañadas solo por la luz de la luna. Las estrellas brillaban y el viento soplaba levemente. Era la primera noche de las vacaciones de verano y yo ya la había fastidiado por completo.

Sostuve los tacones con una mano y, con la otra, quité las lágrimas que mojaban mis mejillas.

Si bien huir de aquella estúpida fiesta fue lo más sensato que hice esa noche, las escenas continuaban repitiéndose en mi mente, recordándome lo idiota que me comporté. Nunca debí tomar y dejarme llevar por mis impulsos. Yo no era así, no hacía nada antes de pensar en todos los posibles desastres que podía desatar.

Estaba enojada conmigo. Quizás más que eso. Había pasado el peor momento de vergüenza y humillación de toda mi vida, y no sé cómo volvería a mirarlo a los ojos después del espectáculo que monté.

Aunque, para que todo esto tenga un sentido real, debo partir del principio. Desde la persona con la cual comenzó todo, aquel chico de ojos oscuros y cabellera negra. Con su imponente figura y su sonrisa endemoniada, Tristán Caseva es el sueño de cualquier chica. Incluso el mío.

Lo conocí a los seis años, cuando volvía de comprar un helado, y fue ahí cuando un niño flacucho en patineta chocó conmigo, haciendo que mi amado helado quedara esparcido por toda la acera. Después de unos cuantos llantos y quejas, ambos terminamos con un helado nuevo. Desde ese momento nos volvimos inseparables, los mejores amigos.

Hemos estado al lado del otro incontables veces, por no decir una gran porción de nuestra vida. Crecimos juntos. Nos cuidamos las espaldas.

Cuando, a los siete, me tragué una moneda, Tristán estuvo ahí y me consoló diciendo: "Ahora tienes otro tesoro dentro de ti". Confundida, le pregunté cuál era el primero y él, con una sonrisa, respondió: "Tu corazón". También estuvo esa vez que Tristán se fracturó el brazo por su estúpida patineta. Recuerdo que corrí a la tienda a comprar marcadores, stickers y una que otra brillantina. Unos veinte minutos después, su aburrido yeso estaba lleno de colores y brillos.

A los doce, Pauline —su madre— murió. Nos sentamos en el jardín y observamos las estrellas con lágrimas, mientras me preguntaba por qué las mejores personas se iban y aquellas que solo hacen el mal seguían, como si nada, caminando por las calles tranquilamente.

Fue entonces cuando comprendí que la vida, a veces, no es justa. Que cuando perdemos a alguien, recién sabemos cuánto es su valor de verdad. Y es ahí cuando uno se arrepiente de no haberle dado más tiempo o de no haber dicho el último "te quiero". Pero la realidad te golpea y sabes que, por más que lo desees con todas tus fuerzas, esa persona no volverá, porque su tiempo ya se agotó y tú no supiste verlo, por más que tenías al reloj delante tuyo.

Con nuestras manos entrelazadas y los ojos cargados de tristeza, hicimos un juramento con la voz quebrada: «Los dos juntos hasta el fin». Ese era nuestro lema, nuestro distintivo. Algo solamente nuestro. Pese al dolor que sentía por la partida de Pauline, me consolé recordando que, de un modo u otro, Tristán estaría siempre para mí y yo para él, sin restricciones ni límites.

Al pasar el tiempo, la pubertad fue haciendo su aparición. La verdad es que a Tristán le fue mucho mejor que a mí. Ella me dijo: "Confórmate con un poco de pechos y un culo normal", y eso hice. No era de gran extravagancia, tenía lo justo en cada lugar, y eso está bien, supongo.

En cambio, Tristán no dejó rastro del niño flacucho de años atrás. Ahora tiene mandíbula marcada, facciones definidas y un cuerpo muy trabajado, que hizo babear a más de una en todos sus partidos.

Si tengo que darme puntos a mi favor, debo reconocer que me agrada demasiado mi cabello, por la mezcla de castaño con algunas mechas rubias.

Mi vida social fue igual que mi pubertad: casi nula. La ineptitud que poseo a la hora de socializar con otras personas era uno de mis defectos. A decir verdad, ahora que lo pensaba bien, solo tenía tres amigos de total confianza, por lo que no fue una sorpresa que se me catalogara como aburrida. A diferencia de Tristán, que adquirió otro tipo de fama.

Mientras yo me esforzaba por sacar las mejores notas y estar en el cuadro de honor, Tristán salía a fiestas y bebía alcohol hasta perder la lucidez.

Cuando me nombraron presidenta del comité de la preparatoria y jefa del club de periodismo, Tristán se convirtió en quarterback y, al instante, se posicionó como uno de los chicos más solicitados.

Mi grupo de amigos se resumía, a lo mucho, en diez personas; y él, de ser mi mejor amigo, pasó a ser conocido en toda la jodida California.

Yo, popular entre los nerds; él, popular para todo el mundo. Pero aun así, nuestra amistad seguía intacta.

Bueno... casi intacta.

A los quince, hace dos años exactamente, fue cuando descubrí que Tristán me agradaba más de lo que creía. Lo cual no parecía ser tan sorprendente, ya que él definitivamente no se ve como un chico común y corriente.

Desde entonces llevo ocultándolo. Aunque parece una tarea sencilla, la verdad es que cada vez se hacía más difícil ver a Tristán con alguna de sus amigas y fingir que no me importa cómo las trata, toca o besa. Pero lo peor es que, muy dentro mío, tengo claro que solo es envidia, porque quería que él me tocara como lo hacía con ellas.

Y eso no es posible.

Ya que, ante los ojos de Tristán, tan solo soy su pequeña. Y no importa cuánto desee cambiarlo, eso no sucedería. Debía asumirlo de una vez. No podía continuar a base de ilusiones falsas.

Es que... ¡Agh!

¿Saben lo jodido que es que el chico que te hace temblar te vea como una hermana?

Sí, no hay palabras bonitas que reconforten.

Pero lo que era aún peor es que esta noche todo había explotado.

Yo exploté y solté mi secreto.

Y lo arruiné.

Ocho horas antes... ཐིཋྀ

—¿Hay algo que pueda decirte para convencerte de no llevarme a esa cosa? —dije buscando una medida para no ser arrastrada por mi amiga a ese agujero.




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