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Capítulo 3

Wendholy

No fue una buena idea.

Mucho menos una inteligente.

Mirara donde mirara, no lograba reconocer nada a mi alrededor. Los nervios me estaban jugando en contra, y empezaba a sentirme cada vez más intranquila. No solo por no saber dónde terminé tras huir como una idiota, sino también porque seguía algo ebria.

Mis pasos se sienten pesados, y de vez en cuando, la vista se me vuelve borrosa.

Fue una decisión estúpida. Una que no pensé realmente. Y una vez más, culpo alcohol por provocarme a hacer estupideces y dejar que me guiara por mis impulsos.

Debí dejar que Liam me llevara a casa.

Tampoco ayudaba el hecho de que me fui sin avisarle a nadie, y para empeorarlo, le dejé mi cartera a Beth. Lo cual no solo me convertía en una estúpida, sino también en una pobre.

El alcohol sigue en mí. Lo sé por la forma en la que mi cuerpo reacciona y se mueve, por cómo mi mente no deja de recordarme con dolorosa claridad las palabras de Tristán.

Aprieto los ojos con fuerza. La vergüenza es una mierda, pero combinada con el rechazo, es otro nivel de agonía que no sé cómo explicar.

Las lágrimas me escuecen en los ojos. Desde que huí, no he parado de llorar. Aunque intento controlarme, no puedo. Siguen ahí, y son horribles.

Me duele la cabeza. Me duele el cuerpo. Me duele el corazón.

El nudo en la garganta no desaparece. El mismo aire se siente como hielo puro entrando y saliendo de mis pulmones, desgarrándolos. Me cuesta respirar, y me pregunto si un corazón roto de verdad duele así.

Mi lado lógico me grita que deje de exagerar, que estoy actuando como una idiota. Y el otro... solo quiere sentarse a llorar por horas. Desaparecer. O simplemente, ponerle pausa al dolor.

Soy una estúpida.

Jamás pensé que sería de esas chicas capaces de arrodillarse para suplicar que les arranquen el corazón.

Pero lo soy.

Lo tengo en mis manos, y sangra. Se siente golpeado, rechazado... y muy tonto.

No recuerdo un solo día en que Tristán no removiera todo en mí con una sola mirada. Me gusta.

Y sí, sabía que existía la posibilidad de ser rechazada. Pero me creí especial en su vida. Pensé que se mediría, que no sería tan cruel.

La forma en que me alzó la voz, la furia en sus ojos... Es extraño. Ilógico. No puedo concebir que la persona que me cuidó por años no tenga ni una pizca de tacto conmigo.

Tuvo mil maneras de manejar la situación, y eligió justo la que me hizo preguntarme qué tengo de malo para que se ofendiera tanto solo por poner mis sentimientos sobre la mesa.

El móvil no ha dejado de vibrar desde que me marché. Recibo llamadas y mensajes que ignoro por completo.

Si de algo estoy segura, es de que no quiero que me encuentren. O mejor dicho, no quiero que él me encuentre.

Un poco de cordura me golpea, y sabiendo que no es buena idea seguir vagando sola, me detengo frente a las puertas de un supermercado. Está cerrado, pero bien iluminado.

Borré las notificaciones de los intentos de Tristán por contactarme y busqué entre mis contactos a la única persona que vendría por mí a esta hora.

La línea comenzó a sonar y moví la pierna, nerviosa. La ansiedad crecía mientras el peso de lo que hice se hacía más y más evidente.

Joder... qué estúpida fui

—¿Wen? —Su voz sonó adormilada. Me da tanta pena tener que molestarlo.

—¿Puedes venir por mí? —solté, arrastrando las palabras de forma quebrada.

Me llevé la mano a la frente mientras respiraba hondo. Debía calmarme. No podía seguir llorando.

—¿Estás bien? —dijo, luciendo más despierto—. ¿Qué pasó, linda?

Maldito Holly y su maldita manera de ser dulce. Me ponía aún más sensible.

—Estoy perdida —aplané los labios y una lágrima rodó por mi mejilla derecha—. Por favor, ven por mí.

—Prende la ubicación. Estoy saliendo para allá.

Cuelgo la llamada y hago lo que me dice. La pantalla vuelve a cambiar y el nombre de Tristán brilla en ella furiosamente.

Necesito que se detenga.

Los tacones me están matando. Sosteniéndome de la pared, me los quito, dejando que mi piel toque el frío de la acera. Un alivio instantáneo me recorre, y me cuestiono por qué no lo hice antes.

Dejo la espalda apoyada contra la pared y mi cabeza cae sobre ella.

Estoy taaaaan cansada. Tanto física como mentalmente.

Lo único que necesito ahora es estar en mi casa, enterrar la cara en la almohada y llorar sin impedimentos. Dejar salir todo de una buena vez.

Necesito mirarme en el espejo y decirme lo patética que soy, lo inmadura que he actuado.

Necesito estar sola para poder recuperarme y volver a mi rutina con la frente en alto y una sonrisa ridículamente falsa.

Necesito tiempo para romper todas las ilusiones que, contra el juicio racional, creé en mi mente.

Solo espero que Holly llegue cuanto antes.

Mis alertas se encendieron cuando el estruendoso ruido del motor de una motocicleta comenzó a escucharse cada vez más cerca.

Miré a mi alrededor, buscando algún negocio que estuviera abierto para esconderme, pero no había nada.

El corazón se me volvió un desastre de pronto.

Apenas di unos cuantos pasos cuando la motocicleta frenó con brusquedad, arrastrando los neumáticos sobre la calle. Me encogí al encontrar su mirada enojada, a pesar de que el casco le cubría la mayor parte del rostro.

Enderecé la espalda, sabiendo muy bien que mi noche todavía no ha terminado y que eso es culpa mía.

—¡¿Qué puta mierda te has fumado, eh?! —Se quita el casco, vuelto rojo de rabia—. ¡¿Dónde carajos te metiste?!

Me sobresalto cuando lo lanza sin contemplación. Trago grueso y recorro fugazmente los alrededores, pero no... Sin rastros de Holly.

Humedezco mis labios.

—Por ahí.

—¿¡Por ahí!? ¿¡Es lo único que dirás?! —repite, sin dar crédito a mis palabras. Sus ojos se estrechan al mirar lo que tengo en las manos—. Te he estado llamando al puto móvil cientos de veces. ¡¿Qué coño pasa por tu cabeza, Wendholy?!




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