Descargas Eléctricas

Capítulo 4

Whendoly

Este lugar nunca me gustó. Lo irónico es que sigo viniendo solo porque me encuentro incapaz de decirle que no.

Tuerzo la boca y una sonrisa se le escapa al verme hacer caras.

—Que simpática.

—No me bromees—dije jugando con mis dedos, aún con los nervios de punta—. Sabes que todo esto no me agrada.

Si mamá supiera de este lugar seguro acabaría conmigo. Ella es genial, pero creo que enterarse que fui a unas cuantas carreras ilegales sería claramente un límite duro para ella.

—No volveré la próxima vez.

Se suelta a reír con ganas y bufo, porque sé que de una u otra forma logrará convencerme de acompañarlo por su tonta creencia.

—Es peligroso.

Siempre se lo digo y como tal, me ignora.

Cruzo los brazos y termino apoyada sobre la motocicleta. Tristán se sube la cremallera de la chaqueta de cuero negra y, al ver que continuó fulminándolo, me encierra sobre el vehículo.

Trago grueso cuando me deja un beso sobre la frente. Siento que algo se me atora en la garganta y podría pensar que tengo fuertes arritmias, ya que no es normal lo que le hace un simple gesto a mi corazón.

Es imposible no sentir el desgano, la tristeza, porque es momentos así: en donde siento que tengo el estómago lleno de mariposas y que el aire se me escapa, que me confirmo que no estoy confundida, Tristán realmente me gusta. Y mucho.

—No pasará nada, bien—habla bajo. A pesar del ruido de los motores y risas del resto de las personas que nos rodea, no los percibo, es como si no estuvieran. Como si nada rompiera el embrujo en el que me pone tenerlo cerca.

—Cuídate mucho—casi susurro porque no creo que entienda el miedo que me da que se haga daño.

Ese irritable ruido de una bocina me hizo apretar los ojos. La gente se movió y los competidores se fueron alineando. Tristán apretó mis brazos y quise decirle que es una tontera que haga esto cuando no necesita el dinero.

De todos los presentes, él sería el último que necesitaría el dinero que saca en estas carreras.

Pero una vez me aguanto, debido a que nuestra reconciliación es reciente y porque sé que en tema no ganare. Tristán no va a ceder.

—No te separes de Liam—el tono frío se instaló en su voz baja y gruesa. Ese tono firme que me hacía saber que no estaba jugando—. Ni un centímetro.

—Lo sé.

De reojo miró al castaño, que al sentir la pesada mirada sonrió con el cigarrillo entre sus labios.

—Deja de ser un marica paranoico—Le dijo y me guiñó un ojo haciendo que se me calentaran las mejillas—. Sabes que cuido muy bien de ella.

Realmente entiendo que le ven las chicas. Lo hago en veeeeeerdad.

—¿Quieres que te rompa esa nariz?—brama Tristán y me toma con firmeza de la barbilla obligando a que deje de ver a Liam—. Cuida esos ojos, Wen.

—Ya vete, hombre. Y déjala que respire un poco de tu toxicidad.

Una sonrisa inocente se forma en mis labios para su desagrado. Una sonrisa que flaqueó cuando tomó mi mano y la puso sobre su pecho.

La vista no le hacía bien a mi corazón.

—¿Si sabes que este ritual no te hace ganar la carrera?—rodee los ojos, con una calma fingida.

Por esto es que me endulza para acompañarlo.

—Permíteme dudar. Estoy seguro que eres mi moneda de la suerte.

Me río y lo empujo, más por mi salud mental que por otra cosa. No iba aguantar más tiempo sintiendo el calor el pecho en cada yema de mis dedos.

De todo los rituales con los que pudo haberse ensañado, me eligió a mí como su trébol de cuatro hojas. Y eso no es lo más gracioso, sino que Tristán realmente crea que le traigo suerte.

—Yo invito la cena.

Siempre lo hace.

Mojó mis labios y asiento volviendo a ponerme paranoica cuando lo veo agarrar el casco negro. Me pongo al lado de Liam, quien no duda en pasarme el brazo por los hombros.

Tristán se sube encima de la motocicleta, fulminando a su amigo. Nos repasa una última vez antes de arrancar y colocarse con el resto en la línea de salida.

—¿Por qué lo molestas?—lo miró cuando tira el cigarrillo lejos.

—Eres lo único que logra inquietarle, Ratita. No puedo desaprovecharte.

—Eres horrible— lo empujó ignorando su perfecta risa. Es que no tiene nada feo y eso un crimen.

El grito de la gente regresa mi atención a la carrera que estaba por comenzar. Mis ojos cayeron en él, el cuarto en la fila y me dio un vuelco en el estómago cuando caí en que ya estaba mirándome con suma atención.

Bese mi dedo con una sonrisa tensa en los labios.

Lo vi relajar sus hombros ante ese gesto que compartíamos de niños para desearnos suerte.

La música que ambientaba se detuvo, la gente se acercó a los costados vociferando, y vi como el círculo reducido de quienes manejaban las apuestas se disolvía. Uno de ellos levantó la mano dando el visto bueno.

Oficialmente las apuestas se habían cerrado.

Mi pulso se descontroló cuando los motores rugieron con fuerza, las ruedas traseras derrapaban dejando marcas sobre la tierra.

La usual chica de cabellera rubia se acercó al centro con el banderín rojo. Hizo un pompa con su chicle y sonrió ampliamente. Siempre es la misma que se encarga de marca la salida.

—Ya lo saben, el jefe quiere una carrera sin pendejadas—Alza la voz y señala a los competidores—. ¡¿Entendido?!.

Los motores rugieron.

—Bien bien—Volteó alzando el banderín—¡¿Listos?!

La gente tomó potencia gritando con mas fervencia. Tragué saliva sintiendo una comezón en mi muñeca.

Fue ahí que todo se detuvo en mi mundo por un breve segundo.

El pañuelo bajó.

—¡Fuera!

Las motocicletas salieron por sus costados levantando la tierra y creando una ráfaga de viento que movió el cabello rubio de la chica, que continúa impasible, sin mostrarse afectada por le velocidad en la que pasaron rozándola.

Los vi desaparecer siguiendo el circuito formado por El Jefe. Un hombre que se encarga de las apuestas y que las carreras se realicen. Jamás se lo ha visto, pero sí que lo mencionan mucho, lo cual es suficiente para que todos aquí sepan que tienen que caminar derecho y no molestar al dueño del circo.




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