Desde los ojos de Nicole

Capítulo 2

Caminaba desde la facultad de salud hacia el casino de la universidad y noté que las rosas lucían ahora más rojas, el cielo tenía un azul más brillante y algunas nubes dibujaban formas especiales; juraría que una parecía un corazón. Incluso el ruido se había transformado en hermosas melodías que acompañaban mi paso. Pero al acercarme al lugar del encuentro, esa sensación se desvaneció; mi cuerpo se tensó, las piernas comenzaron a temblarme y la respiración se volvió cada vez más agitada.

Me detuve un momento frente a la entrada para calmarme. Vi mi reflejo en el vidrio y me di cuenta de que otra vez el viento me había desordenado el cabello.

Al entrar al casino, me sorprendió que, a pesar de que eran las ocho y media de la mañana, había bastante gente compartiendo en él. Aun así, fue sencillo reconocer a Max.

Quería sorprenderlo, ver su reacción, así que toqué su hombro con suavidad. Lo cual fue una pésima idea porque fui incapaz de vocalizar un simple "hola".

Max no se rió ni se asustó; solo me regaló la mirada más amable que alguien me había dedicado.

—Me alegra que hayas venido.

—La verdad, tuve algunas dudas. No suelo evadir clases, pero una amiga me convenció.

—Debe ser una buena amiga. Tal vez después pueda conocerla y agradecerle.

—Ya veremos —sonreí.

—¿Quieres que vaya por comida o algo de beber? —preguntó.

—Sí, vamos.

—Tú siéntate aquí. Yo iré. ¿Prefieres café, té o jugo? —me ofreció.

—Mmm... jugo de durazno.

—Perfecto. También traeré unos sándwiches.

—Espera... toma el dinero de mi parte —busqué en mi mochila.

—No te preocupes, yo te invité. Quiero pagar —dijo con cordialidad, colocando su mano sobre la mía para impedir que sacara el dinero.

Me quedé completamente inmóvil, concentrándome en lo grandes y suaves que eran sus manos. Temía que el más mínimo movimiento rompiera aquel momento, pero tristemente solo duró unos segundos; Max se había ido a comprar.

Mientras esperaba su regreso, le envié un mensaje a Elena para comentarle cómo iba la cita. Levanté la mirada un segundo y vi a Max caminando con nuestra comida.

—Hace tiempo que quería hablarte —confesó, jugueteando con su sándwich—. Nunca encontré valor. Por suerte hoy apareció la oportunidad.

—Me alegra que lo hicieras —respondí—. Ahora quiero saber más de ti.

—¿Qué quieres saber? Soy un libro abierto —se acomodó contra la silla.

—Lo que tú quieras contarme.

—Ya sabes que estudio kinesiología. No hay una gran historia detrás. Mis padres son traumatólogos y los admiro, pero yo quería algo distinto: involucrarme más en la prevención y tratamiento. Quería estar presente en ese momento hermoso cuando alguien que antes no podía hacer algo, poco a poco lo logra —sus ojos se iluminaron.

—Es muy tierno lo que dices.

—Gracias. Además de pasar gran parte de mi vida estudiando, en mis tiempos libres me gusta dibujar. Un día me di cuenta de que todo estaba construido con figuras geométricas; solo tienes que adaptar algunos trazos. Mira, te muestro...

Sacó un cuaderno y comenzó a explicarme cómo construir una figura humana usando óvalos, círculos, rectángulos, triángulos y trapecios.

—Y así queda. ¿Quieres intentarlo? Te puedo guiar.

Solté una risa espontánea.

—Prefiero ser observadora.

—Si algún día quieres, puedo ayudarte. Ahora, cuéntame de ti.

—Un día acompañé a mi madre a una consulta con una nutricionista. El trato fue horrible. Se burló de ella, hizo comentarios inapropiados: "si cierras la boca, te verás más linda". Desde entonces empecé a investigar cómo influye la alimentación en la salud, cómo hacer un déficit calórico correctamente... Terminé interesada en la carrera, pero, sobre todo, motivada en ser una profesional con humanidad.

—Eres tan linda cuando te pones seria —soltó Max, sonriendo.

Moría de vergüenza, pero traté de disimularlo.

—Mi verdadera pasión son los deportes. Sé de casi todos: básquetbol, fútbol americano, tenis, boxeo... aunque mi favorito es el fútbol.

—¿En serio? El mío también —comentó sorprendido.

—Lo practiqué un tiempo y lo disfrutaba, pero después pasaron cosas que me hicieron dejarlo.

Hice una pausa antes de continuar:

—No estaba bien visto, me criticaban... y empecé a sentirme incómoda con mi cuerpo. De repente me crecieron mucho los pechos. Correr o saltar se volvió molesto. Luego aparecieron molestias físicas... y lo dejé.

Max me miró atento, sin decir nada. Eso me dio la seguridad para seguir.

—Ahora veo casi todas las competiciones, especialmente las ligas europeas. Mi evento favorito es el Mundial.

Sin darme cuenta, pasamos horas hablando de fútbol: alineaciones, jugadores y las mejores canciones del Mundial.

Mi celular sonó. Al ver la pantalla, reconocí que era Elena y pedí permiso para contestar.

—Dime —conteste.

—Ya terminó la clase y avisaron que la de la tarde se suspendió porque el profesor está con licencia. ¿Paso por ti?

—Te espero en el casino y nos vamos a tu casa.

Diez minutos después, Elena apareció. Los presenté; se miraron con esa sutileza que tienen los primeros encuentros. Me despedí de Max con un beso en la mejilla. Mientras me alejaba, sentí que una fuerza invisible tiraba de mí, como si un hilo me llamara a volver a su lado.




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