Habían pasado dos semanas desde que conocí a Max. Sabía que me gustaba, que quería más que una simple amistad o algo casual. No tenía claro cuáles eran sus verdaderas intenciones. Habíamos compartido conversaciones agradables, pero hasta ese momento no había intentado besarme.
Empecé a dudar: ¿habría perdido interés? ¿O apareció alguien más y no sabía cómo decírmelo? No quería quedarme con la incertidumbre, así que me giré hacia Elena y le pregunté:
—¿Crees que Max tiene un interés romántico en mí? Porque aún no nos hemos besado.
—Mmm... mira, si hay química entre ustedes —dijo mientras jugaba con su pelo—. Los he visto juntos... Puede ser que él no sepa cómo dar el siguiente paso, o tal vez está esperando el momento perfecto.
—¿Y si hoy lo invito a salir en otro contexto que no sea la universidad? Así veo si algo cambia, si se acerca... —comenté.
—Puede ser... invítalo al cine. Si no pasa nada, entonces descártalo —respondió sin dudar.
—Pero... —titubeé un poco—. Disfruto mucho hablando con él.
Le envié un mensaje por el celular:
—Hola Max, ¿quieres ir hoy al cine? En la cartelera hay varias películas, ¿te interesa alguna?
Su respuesta fue casi inmediata:
—Justo estaba pensando en invitarte al cine. Estamos tan conectados... Hay una película romántica a las cuatro, ¿te acomoda esa hora? Así compro las entradas online.
—Sí, la función de las cuatro está bien. Llegaré quince minutos antes —respondí.
Retomé la conversación con Elena, que estaba expectante.
—¡Tengo cita a las cuatro! —exclame, bailando de emoción. Hice una pausa—. ¿Crees que está bien ir vestida así?
—Te ves muy bien, no te preocupes. Tu blusa azul con el pantalón blanco combina perfectamente —respondió con voz suave—. ¿Quieres que te alise el cabello?
—Sí.
Estábamos con los últimos detalles antes de salir al cine cuando noté que Elena tenía los labios fruncidos y los ojos fijos en su celular.
—Nicole... Max me acaba de enviar una solicitud de amistad. ¿Quieres que la acepte o la rechace?
—¡Ay! Pensé que era algo más grave... sí, acéptala. Si ya se conocen, no hay problema —comenté, tomando mi celular para salir.
A las afuera del cine, Max ya me esperaba. Tenía puesta una camisa negra que lo hacía ver especialmente atractivo. Al verme, levantó la mano y me saludó.
Me acerqué, jugueteando con los dedos. Él me sonrió con suavidad. Cuando estuvimos más cerca, percibí un aroma familiar. Entonces, el estómago se me revolvió.
Ese perfume... era el mismo que usaba mi ex, Andrés. De inmediato, una oleada de recuerdos dolorosos me golpeó: Andrés diciéndome que ya no me amaba.
Por un instante me perdí en el pasado, hasta que Max me habló y me sacó de mis pensamientos.
—¡Vamos! La película ya va a comenzar.
—Quiero comprar algo para comer... tal vez un "combo pareja", que incluye dos bebidas y unas cabritas grandes —respondí, observando su reacción.
No fue al azar esa elección. Quería ver si la palabra "pareja" generaba alguna respuesta en su rostro. Pero, al parecer, no captó la indirecta.
Una vez en nuestros asientos, me invadió la duda: ¿había sido buena idea venir al cine? Íbamos a estar en silencio ciento veinte minutos... ¿Cómo eso iba a generar intimidad o crear el ambiente ideal para un primer beso? Ya era tarde para pensar en eso, solo me quedaba disfrutar de las cabritas.
Al principio, la película seguía el ritmo tranquilo típico de una romántica, pronto la tensión empezó a subir. Era claro que se aproximaba una escena decisiva. La sala estaba en completo silencio. La música generaba tensión. Tenía los hombros rígidos y el cuerpo inclinado hacia adelante. No podía dejar de mirar la pantalla.
Y entonces sucedió: uno de los protagonistas murió.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mi rostro. Intenté disimular el pequeño río que se formaba desde mi lado y saqué un trozo de papel higiénico del bolsillo de mi chaqueta, con la esperanza de secar mis ojos sin que Max lo notara. En cuestión de segundos, no solo fueron mis ojos los que me traicionaron; también mi nariz terminó por delatarme.
Lo que pensé que sería un momento incómodo terminó siendo uno de los más tiernos. En lugar de reírse, como lo habría hecho Andrés, Max simplemente tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Inicié un conteo mentalmente para ver si era algo fugaz o si existía una intención más profunda.
Uno... dos... tres... cuatro...
Mi palma comenzó a sudar; aun así, a él no pareció importarle.
Cinco... seis... siete... ocho... nueve... diez... once.
Pasaron más de diez segundos y seguíamos tomados de la mano. Mi corazón latía con fuerza. Ya no me importaba la película. Solo podía pensar en lo cálida que era su mano.
Cuando terminó la función y nos levantamos, nuestras manos se soltaron por inercia. Percibí como si algo dentro de mí se desconectara; no quería volver a soltar su mano.
¿Cómo era posible que a mi edad sintiera tanta emoción por estar con alguien? Estaba tan nerviosa que me costaba pensar con claridad. Lo deseaba. Quería besarlo.
Al salir, Max caminaba a mi lado, compartiendo su opinión sobre la película. De repente, se detuvo frente a mí y guardó silencio.
Hizo contacto visual: primero con mis ojos, luego bajó la mirada a mis labios. Se acercó lentamente, con los ojos abiertos, como si buscara una señal de mi parte.
Ya llevaba semanas deseando ese instante. Me incliné un poco hacia adelante, giré levemente la cabeza para evitar chocar nuestras narices y cerré los ojos, entregándome por completo. Sus labios eran suaves, húmedos; con cada segundo, se adaptaban mejor a los míos. Él apoyó sus manos en mi cintura, y yo rodeé su cuello con los brazos, y el tiempo quedó suspendido en ese beso.
—Fue tan perfecto como me lo imaginé —susurró Max, aun sosteniéndome.
Sonreí de forma coqueta mientras recuperaba el aliento.