Con Max todo había avanzado rápido, de una forma que se sentía natural, inevitable. Sin darme cuenta, ya había pasado un mes desde que formalizamos nuestra relación. La complicidad crecía con cada encuentro; sin embargo, a pesar de la intensidad de lo vivido, aún no habíamos tenido un espacio verdaderamente nuestro, donde pudiéramos estar a solas y sellar por completo nuestro amor.
No quería que nuestro primer encuentro íntimo fuera apresurado, como en un auto o en la frialdad anónima de un motel. Necesitaba sentirme segura, que el momento fuera tan especial como lo había imaginado. Tal vez era una idea romántica, pero para mí era esencial un espacio que me acogiera y me permitiera entregarme sin incomodidades.
Le escribí a Elena preguntándole si había algún panorama para el fin de semana. Me respondió que sus padres no estarían. Esa noticia encendió una chispa inmediata: una oportunidad. No dudé en contarle mi idea. Le propuse organizar una pequeña reunión, solo cuatro personas: Max y yo, ella y alguien más que quisiera invitar. Algo casual, sin presiones, pero que a la vez nos regalara un momento de intimidad. Elena aceptó y dejamos todo organizado para el día siguiente.
En la noche, acostada en mi cama y con la mirada perdida en el techo, imaginé una y otra vez cómo decirle a Max que estaba lista para dar el siguiente paso. Ensayé frases en mi mente, las descarté y las reconstruí una y otra vez. ¿Y si lo alejaba? ¿Y si lo hacía sentir incómodo? Al final, el miedo pudo más. No dije nada sobre eso; simplemente lo invité a la reunión.
Al día siguiente, a las nueve de la noche, ya estaba en casa de Elena. La mesa estaba repleta de snacks y cervezas, mientras las pizzas descansaban en el refrigerador, esperando su turno. Poco después sonó el timbre. Max fue el primero en llegar. Un par de minutos más tarde, apareció la compañía de Elena.
—Se llama Daniel —dijo Elena, presentándonos.
Era imposible no mirarlo: alto, rubio, ojos azules, cuerpo atlético. Claramente era del tipo que le gustaba a Elena.
Comenzamos a conversar los cuatro. Daniel nos contó que estudiaba ingeniería en construcción en la misma universidad que nosotros y que jugaba en la selección de fútbol.
El tema del fútbol se apoderó de la conversación, y en poco tiempo estábamos él, Max y yo hablando como si nos conociéramos de siempre. Noté que Elena comenzaba a incomodarse. Sus sonrisas se volvían más forzadas y lanzaba miradas fugaces hacia Daniel, como si temiera quedarse fuera.
—¿Y si jugamos a verdad o reto? —propuso ella, como si hubiera estado esperando el momento exacto para intervenir.
—¿En serio? —pregunté, riendo.
—Sí. Me parece perfecto para esta noche —respondió, mientras se acomodaba aún más cerca de Daniel.
—Me da lo mismo, estoy preparado para todo —comentó Daniel, con una sonrisa confiada.
Acepté, aunque me sentía algo incómoda... No sabía si a Max le pasaba lo mismo, pero él también accedió.
—Daniel, ¿verdad o reto? —preguntó Elena.
—Reto —respondió él con euforia.
—Te reto a beber una lata de cerveza al seco.
La abrió de un tirón, y sin pensarlo demasiado, comenzó a beber. Parte de la cerveza le chorreaba la camisa, mientras todos gritábamos: "¡Fondo, fondo, fondo!"
Consiguió completar el reto, aunque con algo de desastre.
—Max, ¿verdad o reto? —preguntó Daniel mientras se limpiaba la camisa.
—Verdad —contestó él.
—¿Quién es más linda, Nicole o Elena? —sonrió Daniel con malicia.
—Elena es atractiva, pero la más linda es Nicole —dijo Max, algo nervioso.
—Nicole, tu turno —anunció Max—. ¿Verdad o reto?
—Verdad —contesté con seguridad.
—¿Serías infiel?
Me reí, no por la pregunta, sino por lo absurdo de tener que aclararlo.
—No. Jamás lo haría. Si estoy con alguien, es porque lo amo y respeto.
Llegó el turno de Elena, quien para mi sorpresa eligió "verdad".
—¿Tú serías infiel? —pregunté.
—No, nunca —respondió con firmeza.
—¡Siguiente ronda, y que esta vez sea más desafiante! ¡Todos deben elegir reto! —gritó Elena con una sonrisa traviesa.
—Daniel, te reto a sacarte la camisa —desafió Elena, guiñándole el ojo.
Sin titubear, Daniel se la quitó, dejando su torso al descubierto. Por más que resistí, no pude evitar desviar la mirada hacia él.
—Max, te reto a que también te quites la camisa.
Max se quitó la camisa de inmediato. Tenía el abdomen marcado; era la primera vez que lo veía así. Fue como una descarga silenciosa que recorrió todo mi cuerpo y me dejó sin aliento.
—Nicole, prepárate, porque tu reto es que me bailes —mencionó Max de forma coqueta.
Elegí una canción con un ritmo lento, de esos que se te meten bajo la piel. Me levanté y, sin romper el contacto visual, arrastré una silla hasta ponerla frente a él. Con movimientos suaves, desabroché los primeros botones de mi blusa, y comencé a bailar, dejando que mi cuerpo fluyera con la música hasta que la canción terminó.
—Elena, tu desafío es que te saques la polera —dijo Daniel, en respuesta a lo que ella le había pedido a él.
—Si es lo que quieres... —respondió ella, quitándosela sin pudor, para luego lanzarla a Daniel.
En un pestañeo, el juego parecía haber terminado: Elena estaba sentada en las piernas de Daniel, besándose con él intensamente.
Le indiqué a Max que nos fuéramos para darle privacidad a Elena. Nos dirigimos a la habitación de visitas, donde tenía mis cosas, y nos acostamos vestidos sobre la cama. Max se acercó y me besó lentamente; entre beso y beso, la pasión crecía. Comenzó a desabrocharme despacio la blusa, sus dedos rozando con cuidado cada botón, para luego besarme el abdomen con la misma calma, sintiendo el calor de su boca en mi piel. De repente, se detuvo y me miró fijamente.
—¿Quieres que sigamos? Puedo detenerme, si eso es lo que deseas.
—Quiero que sigamos, estoy bien —respondí con la respiración agitada—. Tengo preservativos en mi bolso.