Habían pasado dos meses desde aquella noche especial con Max. Nuestra relación tomaba un rumbo tranquilo, muy diferente a lo que había vivido con Andrés. Aquello fue un tornado: discusiones, culpas, y reconciliaciones... En cambio, con Max todo se sentía fresco, sano, enriquecedor y, lo mejor de todo, podía ser completamente yo.
Obviamente, habíamos tenido algunas diferencias: cosas simples, como decidir qué comer o adónde ir. Solo pequeñas fricciones cotidianas, nada grave. Nada que pudiera destrozarnos.
Me gustaba mucho Max y quería tener un detalle con él. Algo que dijera "te quiero, me importas", pero que no fuera comprado en una tienda. Pensé que podía aprovechar mi tiempo libre para aprender algo nuevo, algo relacionado con el arte.
Siempre había tenido curiosidad por aprender a tocar guitarra. Tal vez este era el momento ideal para intentarlo. Imaginé la escena: sorprenderlo con una canción, una compuesta por mí. Con esa ilusión en mente, fui a pedirle prestada la guitarra acústica a mi hermano Samuel, quien amablemente me la entregó afinada.
Me acomodé en el borde de la cama para comenzar, pero pronto descubrí que no sería tan sencillo. Al intentar colocar los dedos sobre las cuerdas, sentí un dolor punzante en las yemas. Se me deslizaban con torpeza, no alcanzaba algunos trastes y, sin querer, presionaba cuerdas que debían quedar libres. El resultado era un sonido espantoso.
—¡Ah! —exclamé, frunciendo el ceño.
Creí que, para el fin de semana, ya dominaría al menos una canción, claramente había subestimado el proceso. No era tan simple como Samuel lo hacía ver. Tuve que buscar otra forma de expresar mi afecto. Algo más cercano a mí. Podía escribirle una carta o, tal vez, una letra de canción. Algo que hiciera nuestro amor eterno.
Cambié mi posición en la cama. Quería conectar con mi interior, así que cerré los ojos y me acosté, buscando una chispa, una palabra, una imagen que me recordara a él. Después de unos segundos, llegaron pequeños destellos que, poco a poco, se transformaron en una corriente luminosa que fluía por dentro, despertando cada rincón de mi ser, como si todo estuviera listo para crear.
Verso 1
La primera vez que te vi,
supe que había algo especial en ti.
En tus ojos, pronto me perdí,
y ahora no puedo vivir sin ti.
Verso 2
Jamás pensé en sentir aquel amor,
tan puro y lindo como una flor.
Tan grande, que te llena de valor
y te inspira a dar siempre lo mejor.
Coro
Ahora que tú estás aquí,
no pienso dejarte partir.
Ahora que tú estás aquí,
por fin comencé a vivir.
Ahora que tú estás aquí,
no pienso dejarte partir.
Ahora que tú estás aquí,
por fin comencé a vivir.
Verso 3
Y todo tomó sentido,
aquellos amores fallidos.
Cada uno tomó su camino,
y el destino nos ha reunido.
Verso 4
Siempre se trató de tú y yo,
explorando juntos esta unión.
Creando una historia de amor
que guardaremos en el corazón.
Cierre
Ahora que tú estás aquí,
no pienso dejarte partir.
Ahora que tú estás aquí,
por fin comencé a vivir.
Aunque disfruté del proceso, una pequeña parte de mí tenía miedo de volver a crear. No era la primera vez que intentaba algo así. Años atrás, le escribí un poema a Andrés, con todo mi cariño. Su respuesta fue como un puñal:
—¿Qué esperas que te diga? No me gusta. Deberías usar tu tiempo en algo más productivo.
Aquellas palabras me rompieron por dentro. Y lo peor no fue eso..., sino que, aun así, seguí con él.
Lo amaba. De verdad lo amaba. Intentaba ver lo bueno en su interior. No era una mala persona, solo alguien que no sabía cómo amar. Nunca entendió el peso que podían tener sus palabras. Por años creí que podía ayudarlo, salvarlo con amor.
Pero eso ya había quedado atrás. No iba a permitir que una vieja herida me impidiera abrirle mi mundo a Max. Estaba orgullosa de mi creación, y esta vez era distinto. Max era especial.
Le escribí por celular:
—Max, tengo un pequeño regalo para ti. ¿Nos juntamos a las seis de la tarde en el parque cerca de la universidad?
—Ya muero por saber qué será. Ahí estaré —contestó él.
A la hora acordada, fui al parque. Él ya me esperaba, sentado en un banco bajo la sombra de un árbol. Me acerqué por detrás y rodeé su cuello con los brazos. Me recibió con esa sonrisa suya que tanto me encantaba.
—¿Y la sorpresa? —preguntó con los ojos brillantes, como un niño a punto de abrir un regalo de Navidad.
—No te hagas muchas expectativas —murmuré, bajando la mirada.
—Demasiado tarde.
—Cierra los ojos. Te aviso cuando puedas abrirlos... sin hacer trampa —le advertí, señalándole con el dedo.
—Lo prometo —respondió, cubriéndose los ojos con las manos.
Respiré hondo y empecé a juguetear con los pies, reuniendo el valor necesario.
—Bueno... escribí una letra de canción. No sé cantar, así que... valora el esfuerzo —dije con la voz un poco temblorosa.
—Estoy listo. Tú puedes —exclamó, dándome ánimos.
Comencé a cantar. Hubo algunas desafinaciones, por supuesto, pero puse todo mi corazón en esa interpretación. Cuando terminé, me tomó un momento recuperar el aliento.
—Listo. Puedes abrir los ojos.
Max me miró con una expresión tan dulce que una calidez intensa me invadió por dentro. Sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y cariño. Se levantó lentamente y me abrazó con fuerza, como si quisiera guardarme para siempre entre sus brazos.
—Es lo más hermoso que alguien ha hecho por mí.
De forma espontánea soltó un "te amo" que resonó como una promesa silenciosa.
Me tomó por sorpresa, pero la verdad es que yo también lo amaba. No quería seguir ocultándolo. Me acerqué a su oído y le susurré, lenta y suavemente:
—También te amo.