Desde los ojos de Nicole

Capítulo 6

El 18 de agosto, Max tuvo la idea de presentarme a su familia. Me aseguró que sería un almuerzo tranquilo, sin grandes pretensiones: un par de horas en su casa y luego saldríamos a dar un paseo. Aunque para mí, esa idea no sonaba nada sencilla.

Solo imaginarlo me paralizaba. No era un nerviosismo pasajero, sino una angustia profunda que me oprimía el pecho y me hacía dudar de mí misma. Temía no encajar; sus padres eran traumatólogos con una vida que parecía sacada de otro mundo. Max había asistido a colegios privados, había viajado por Europa, visitado ciudades que para mí eran desconocidas. Yo apenas había salido de mi entorno habitual, de mis raíces sencillas. No me avergonzaba de quién era, pero temía que, desde los ojos de sus padres, no alcanzara a ser suficiente.

Me debatí mucho antes de aceptar. Algo dentro de mí me empujaba a rechazarlo, pero no podía hacerle eso a Max sin al menos hablarlo con él.

—Max... hay una parte de mí... en realidad, una gran parte, que tiene miedo de que a tus padres no les guste que estemos juntos —confesé.

Él soltó una risa.

—No te preocupes por eso. Ya les hablé de ti, les conté lo importante que eres para mí y hasta les mostré fotos tuyas... Mi papá muere por hablar de fútbol contigo.

—¿Y si, a pesar de todo eso, igual piensan mal? —pregunté, con la voz quebrada.

Me tomó la mano con suavidad y me miró directo a los ojos.

—Si alguno de ellos piensa algo así... dudo que te lo digan de frente —dijo con una sonrisa traviesa—. La única persona a la que tienes que agradar soy yo. Así que prepárate, porque mañana iremos a mi casa.

—Bueno... ahí estaré —respondí, casi en un susurro, sin estar del todo convencida.

Al día siguiente, antes de ir a su casa, pasé a comprar un mousse de chocolate. Sabía que era su favorito y esperaba que a sus padres también les gustara. Mientras caminaba, sentía un ritmo acelerado dentro de mí, como si algo quisiera escaparse de mi pecho. Tenía un nudo en el estómago que ningún pensamiento positivo ni respiración profunda lograban deshacer.

Cuando llegué, me detuve frente a la puerta. No quise tocar el timbre de inmediato. Necesitaba unos segundos para armarme de valor. Cuando finalmente me animé, Max apareció y me recibió con su sonrisa habitual. Se inclinó para besarme, pero yo puse el postre entre medio, marcando una distancia sutil.

—Traje el postre —dije, como si eso pudiera justificar la tensión que me invadía.

—Se ve rico, justo mi favorito —comentó.

Al entrar, lo primero que vi fue a su padre sentado en un sofá negro, absorto en un partido de fútbol que daban por la televisión.

—Papá, ella es Nicole —anunció Max con un tono firme.

Su padre se levantó y me saludó con cortesía y una sonrisa amable.

—Soy Alberto. Por fin te conozco. Este joven no hace más que hablar maravillas de ti.

—Ya, papá, compórtate —dijo Max, avergonzado.

—Mi esposa está en la cocina terminando los últimos detalles. Espero que te guste el salmón —agregó él.

—Me encanta. Muchas gracias por la invitación.

Desde la cocina salió una mujer alta y delgada, de piel clara y ojos café que me recordaron a los de Max. Su espalda permanecía recta; sus movimientos eran precisos y controlados. Sin pronunciar palabra, su mirada me evaluaba con una intensidad que me hizo sentir pequeña.

—Mamá, Nicole trajo el postre.

—Déjalo en la cocina, la comida está lista —respondió ella con voz seca.

Nos sentamos en una mesa rectangular y larga. Éramos solo cuatro, pero la distancia entre nosotros hacía que parecieran ocho. Los primeros minutos transcurrieron en un silencio casi incómodo, roto únicamente por el tintinear de los cubiertos de plata contra los platos. Finalmente, el padre de Max rompió el hielo, relatando con nostalgia cómo había conocido a su esposa en la universidad.

Disfruté escucharlo. Había algo en esa historia que me recordó a cómo conocí a Max, como si el destino también hubiese jugado a nuestro favor. Aunque no podía dejar de observar el rostro de su madre: fruncía el ceño y miraba el plato, como si algo le disgustara profundamente.

Max y su padre comenzaron a hablar sobre vacaciones pasadas y anécdotas de cuando él aprendió a manejar. Las risas acompañaban ese momento. De repente, el sonido de la silla arrastrándose sobre el suelo rompió la conversación; su madre se levantó para recoger los platos. Fui a ofrecerle ayuda, pero me rechazó con firmeza, casi con frialdad.

Volvió con un postre en la mano, pero no era el mousse que yo había llevado. Era otro, uno casero.

Max, que notó la omisión, intentó suavizar la situación.

—Mamá, me gustaría probar el mousse de chocolate que trajo Nicole.

—Yo hice este, y este es el que se come. Si después quieres, vas por el otro —respondió ella, sin dejar espacio a la discusión.

—Bueno... después lo busco.

La tensión era evidente. El ceño de su madre se marcaba cada vez más. Permaneció en silencio, inmóvil. Sentía el peso de su desaprobación.

Cuando Max terminó de comer, se levantó.

—¿A dónde vas? —preguntó ella con un tono que rozaba la amenaza.

—A buscar el otro postre.

—¡No! Si tienes hambre, hay más salmón. Ese postre se queda donde está —ordenó.

Max la miró con rabia; fue la primera vez que lo vi así.

—¿Cuál es tu problema? —reclamó.

—Tú sabes cuál es mi problema.

Su padre se levantó de inmediato.

—Bueno, creo que el almuerzo ha terminado... Nicole, acompáñame, quiero mostrarte mi colección de camisetas de fútbol —dijo, como quien apaga un incendio con un balde de agua.

—Me encantaría —respondí, sin atreverme a mirar a Max.

Quería desaparecer. Quería llorar. La actitud de su madre había sido un rechazo directo, sin filtro. Me dolía más de lo que esperaba.

Mientras caminábamos hacia la otra habitación, escuchaba a lo lejos la discusión entre Max y su madre. Su voz se alzaba cada vez más. Lo último que oí fue: "Ella es ordinaria, no es la correcta para ti".




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