Max no dejaba de escribirme, pero no quería responder. Me sentía agotada, dolida y confundida.
Estaba en casa de Elena, intentando distraerme, cuando lo vi aparecer en la puerta. No me sorprendió del todo; imaginé que su padre le habría contado algo y que él ya había empezado a atar los cabos.
Cuando me vio, se notaba nervioso, preocupado. Me habló con voz temblorosa:
—Perdón por cómo salió el almuerzo. No esperaba que fuera así.
Le respondí con cierto resentimiento:
—Creo que sabías lo que pensaba tu madre de mí, y aun así me pediste que fuera.
—Quería que se conocieran. Mi familia y tú son lo más importante para mí —dijo, con la cabeza baja.
—Te conté el miedo que tenía de no cumplir sus expectativas. Y tú, sabiendo todo eso, igual me llevaste directo a la jaula de los leones —contesté, conteniendo la furia.
—No pensé que se comportaría así. Es estricta, con sus prejuicios, pero no la había visto actuar de esa manera. Además, el mousse estaba buenísimo —intentó aliviar la tensión.
—Claro, hablas del mousse como si fuera lo único que importara —respondí con ironía—. ¿Sabes qué fue lo peor? Que escuché a tu madre llamarme ordinaria. Yo, preocupada por no faltarles el respeto, y al final fue a mí a quien se lo faltaron.
—No escuchaste toda la conversación. Te defendí, dije maravillas de ti, como siempre.
—No quiero hablar ahora —dije, dándome la vuelta.
—Entiendo que estés molesta. Si quieres, hablamos otro día. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
—Estoy sana, no sé si bien. Estoy enojada contigo, con tu madre, incluso conmigo misma —confesé.
—Te amo, lo sabes. No quiero que esto termine.
—No dije que se fuera a terminar, pero no sé si podré ignorar a tu madre. No quiero una relación a escondidas.
—No te preocupes por eso ahora. Enfócate en que te amo, y no importa lo que piense ella.
—Necesito unos días para pensar con claridad. No te estoy dejando, solo necesito tiempo.
—Entiendo. Escríbeme cuando estés lista. Te amo —respondió suavemente.
—Lo haré en unos días. No te preocupes. Sabes que yo también te amo.
Pasó una semana sin que nos comunicáramos. Fue uno de los peores periodos que viví; lo extrañaba y quería hablarle, pero cada vez que pensaba en hacerlo, los recuerdos de su madre me paralizaban. Seguía yendo a la universidad, aunque casi no podía concentrarme. Me sentaba jugando con el lápiz, intentando calmar la ansiedad. En casa fingía estar bien, pero por dentro me sentía frágil, como si fuera de vidrio, a punto de quebrarme en cualquier instante. No quería que mi mamá ni Samuel supieran lo ocurrido. Seguro habrían cambiado su forma de tratar a Max.
Una tarde, Elena me pidió que la acompañara a visitar a una tarotista que le habían recomendado. Tenía curiosidad, así que acepté. La sala de espera era pequeña, con una banca sencilla y una puerta al fondo que conducía al cuarto de las lecturas. Elena quiso entrar sola; no le di mayor importancia. Estuvo dentro unos quince minutos y, al salir, no parecía nada feliz.
—Es tu turno —indicó la tarotista.
Elena me preguntó si quería compañía, pero preferí ir sola. Su expresión cambió por un instante, como si mi respuesta la incomodara. No dije nada más y entré.
La habitación estaba iluminada por la luz tenue de unas velas. Las paredes estaban cubiertas por telas y cristales que colgaban suavemente, reflejando destellos leves. En los estantes polvorientos descansaban curiosos amuletos. La atmósfera era mágica.
—Siéntate —susurró con voz misteriosa—. ¿Tienes alguna pregunta?
—No estoy segura.
—Quizás las cartas quieran revelarte algo —comentó, mientras barajaba suavemente.
Me pidió elegir tres cartas. La primera que salió fue La Luna. Dudé un momento antes de sacar la segunda: Los enamorados invertidos. La última la tomé con un sentimiento extraño, sin saber por qué evitaba sacarla, y resultó ser el Tres de espadas.
La tarotista las examinó con atención y comenzó a hablar:
—La Luna habla de confusión, secretos ocultos y emociones que no se muestran. Los enamorados invertidos señalan conflictos en el amor y decisiones difíciles que lastiman. El Tres de Espadas representa un corazón roto y una traición profunda.
—¿Quieres sacar otra carta para aclarar todo esto? —preguntó.
—Sí —respondí.
Barajó y me pidió que escogiera una carta más. Cerré los ojos y tomé una.
—Mmm. La emperatriz invertida. Esta carta representa a una mujer —dijo con firmeza—. Habla de rivalidad, desequilibrio emocional y engaños en el hogar. Alguien está interfiriendo en tu relación y no juega limpio contigo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. Justo ahora que estábamos peleados con Max.
Había sufrido antes en mis relaciones, pero nunca una infidelidad... o al menos no que lo supiera. ¿Sería Max capaz de hacerme eso? Lo amaba, y sabía que él también me amaba. Habíamos estado distantes, sí, pero apenas había pasado una semana. ¿Cómo algo tan fuerte podía tambalearse tan rápido?
El corazón me latía tan fuerte que apenas si podía respirar. El aire se volvió denso y las paredes parecían cerrarse sobre mí. Las palabras de la tarotista rebotaban una y otra vez en mi cabeza. ¿Y si era verdad? ¿Y si había otra mujer? Pero, ¿y si todo esto no era más que una interpretación errónea o parte de su juego? Al final, estaba consultando, entrando a un mundo que desconocía. No sabía qué creer.
Decidí no seguir con la consulta. No quería que esa idea creciera ahora que estaba tan frágil.
—Las cartas no siempre muestran lo que uno quiere oír, por eso hay que ser cuidadosos. Pero algo sí te puedo asegurar, hay un tercero en tu relación —agregó la tarotista justo antes de que me levantara.
Salí con más dudas que respuestas. Ya estaba el problema con su madre... ¿y ahora esto? Lo extrañaba, pero sabía que ahora iba a necesitar más tiempo.