Desde los ojos de Nicole

Capítulo 8

Fueron en total catorce días cargados de dudas, insomnio y conversaciones imaginarias con Max. Cada noche, al intentar dormir, mi mente volvía una y otra vez sobre los mismos pensamientos, como un disco rayado. Todo con él había ido perfecto hasta esa gran comida que terminó convirtiéndose en un abismo entre nosotros. Durante esos días me pregunté sin cesar si había exagerado al pedirle un tiempo. ¿Había sido esa la mejor opción? ¿O acaso Max tenía parte de la culpa por dejar que las cosas llegaran a ese punto?

Pensándolo bien, era un poco comprensible que su madre no me aceptara de inmediato. Al fin y al cabo, solo quería lo mejor para su hijo... o eso prefería creer. Pero, aunque intentaba entenderla, no podía evitar que algo siguiera punzando en mi interior: me había llamado "ordinaria". Esa palabra me dolía, no por Max, sino por lo que significaba para mí.

Lo cierto es que yo también había sido injusta. Me dejé llevar por mis miedos, como si en el fondo creyera que no era suficiente. Esa inseguridad se volvió una profecía autocumplida que me consumía desde dentro. ¿Era justo cargarle eso a Max? Quizás no, aun así, me costaba perdonarme por haberle reprochado algo que, en el fondo, sabía que no era su culpa.

Y luego estaba la lectura del tarot. Esa imagen se me había quedado grabada con fuerza. Hasta ese momento, Max no me había dado motivos reales para desconfiar. Tal vez la tarotista solo había sembrado dudas para alimentar su propio negocio... o tal vez yo había tomado una interpretación ambigua demasiado en serio.

No podía seguir enredándome en suposiciones ni dejarme llevar por el miedo. Ya era momento de verlo, de enfrentar la verdad, cualquiera que fuera. Le propuse reunirnos en el parque, nuestro lugar especial, para hablar sin interrupciones ni presiones. Para mi alivio, aceptó sin dudarlo.

Sentada en la banca, sentía las manos sudar y el cuerpo tenso con cada latido acelerado. Mis ojos recorrían el parque, captando el suave vaivén de las hojas, el juego alegre de los niños con sus padres y el flujo constante de gente caminando en todas direcciones. Ninguno era Max, hasta que finalmente lo vi a lo lejos. Se detuvo frente a mí, con las manos en los bolsillos y la mirada baja, como si llevara una carga invisible.

Le pedí que se sentara a mi lado, pero prefirió mantenerse de pie.

—Quise que nos reuniéramos porque quiero disculparme por lo que pasó después del almuerzo con tus padres —comencé, carraspeando—. No debí alejarme así. Me dejé llevar por un miedo irracional y te culpé injustamente. Lamento si te hice daño. Realmente quiero estar contigo... si tú aún quieres.

Hubo un silencio pesado, como si el tiempo se hubiese detenido.

—Me pediste tiempo, y te lo di. Luego me pediste más, y aunque me dolía, respeté tu espacio —dijo, con la voz baja y los ojos brillosos.

No pude evitar sentirme la peor persona del mundo. Nunca pensé que la situación también podría estar afectándolo. Quise abrazarlo, pero, al no saber cómo reaccionaría, solo me quedé en silencio, esperando que continuara.

—Creía que nuestra relación era un refugio donde nos cuidamos el uno al otro, donde no importaban las opiniones ajenas. No saber qué rumbo tomaba lo nuestro cuando me pediste espacio me hizo sentir vulnerable —confesó con sinceridad—. Aun así, no puedo negar que te amo y que quiero seguir contigo.

Por primera vez en días, sentí un calor reconfortante que me devolvía el color a las mejillas.

—Tengo dos cosas que decirte —continuó—. Primero, la próxima vez que algo te afecte, y yo esté involucrado, no te alejes de mí. Entenderé si necesitas un tiempo corto, no podemos dejar que pase tanto sin hablarnos. Debemos encontrar un equilibrio.

—Lo prometo —respondí, con la voz más firme de lo que me sentía.

—Y segundo —añadió, tomando aire—. Después de una larga conversación con mi madre y con ayuda de mi padre, ella entendió que su comportamiento estuvo mal. Sabe que escuchaste lo que gritó... Como disculpa, quiere regalarnos una estadía en un hotel con piscina temperada y spa. Podemos invitar a otra pareja; pensé en Elena y Daniel.

Dudé por unos segundos. No sabía si una noche de spa limpiaría todo, pero el gesto era más de lo que esperaba.

—Claro, me encantaría —respondí con una sonrisa sincera, sintiendo que el futuro aún tenía espacio para nosotros.

Max sonrió por primera vez en lo que llevábamos conversando, y sus ojos comenzaron a iluminarse de nuevo. Permanecimos unos minutos compartiendo el mismo banco, como si ese instante bastara para entendernos. Luego nos pusimos de pie casi simultáneamente.

Mientras caminábamos hacia la salida del parque, el ambiente se sentía distinto, más liviano, como si por fin estuviéramos soltando el peso de los días anteriores.




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