Al día siguiente de mi cumpleaños, invité a Max a almorzar en casa. No era la primera vez que venía, sin embargo, esta vez todo se sentía distinto. Quizás estaba más vulnerable por el gesto del anillo; no estábamos casados, pero me gustaba la sensación de una promesa silenciosa que solo nosotros entendíamos.
Mamá y yo comenzamos a preparar el almuerzo y, a medida que avanzaba el tiempo, un aroma delicioso llenaba la cocina; la mezcla de verduras, especias y el pollo jugoso creaba un ambiente lleno de cariño y calidez. Sin duda, esa era la mejor cazuela que habíamos preparado hasta entonces.
Justo a la hora tocaron la puerta. Corrí a abrir porque ya sabía quién iba a estar al otro lado.
—¡Huele delicioso! Parece que tu madre se lució —exclamó Max, aspirando profundamente el aroma.
—Yo también ayudé —respondí, riendo.
—Entonces será lo mejor que haya probado —declaró, guiñándome un ojo.
—Puede ser... Ven, pasa a saludar —le invité, tomándolo de la mano.
—¡Hola, Max!
—Hola, señora Carmen. ¿Puedo ayudar en algo?
—No me digas "señora", solo Carmen. Y no te preocupes, ya está todo listo. Enseguida sirvo, pasen a la mesa.
De camino a la mesa, Max me preguntó por Samuel. Le expliqué que no estaría con nosotros porque estaba de viaje con sus amigos.
Nos sentamos juntos y, poco después, mi mamá llegó con los platos. Max tomó el primer sorbo, cerró los ojos por un segundo, como si saboreara un recuerdo feliz. Nada se comparaba con una comida casera hecha con amor.
—¿Y bueno? ¿Qué te ha parecido? —preguntó mi madre, observando su reacción con curiosidad.
—Creo que vendré mucho más seguido. Todo está muy rico —respondió Max con sinceridad.
—Me alegra que te guste. Y perdón si es algo muy sencillo —añadió mamá, algo apenada.
—No se preocupe, realmente estoy disfrutando esto —contestó él, dándole otro sorbo al caldo.
—¿Y qué tal la fiesta ayer? ¿Cómo estuvo el invitado especial?
—Mmm, estuvo tranquila. Bailamos, bebimos un poco y le di un regalo a Nicole.
En el instante en que mencionó el regalo, buscó con la mirada el anillo en mi mano. Al notar que no lo tenía puesto, bajó la vista.
—Sí, Max me dio un gran regalo —intervine—. Ahora no lo tengo puesto, ya que quería usarlo para salir, no mientras metía las manos en la cazuela —dije, mientras le mostraba las manos aún húmedas.
—¡Ah! ¿Puedo ver qué te dio?
—Claro, lo iré a buscar.
Fui por la cajita hasta mi habitación.
—Aquí está.
—Pero, Max, eso parece muy caro. Espero que no estén pensando en casarse.
—No, para nada —respondió Max, algo nervioso—. Es solo un detalle para que piense en mí. Si algún día hay una propuesta, será cuando ya estemos trabajando —agregó, tomándome la mano.
—Muy bien, así tengo más tiempo para prepararme y ver si tengo suerte de conocer a alguien.
—¡Mamá!
—¡Ay!, no te preocupes. Max entiende que son bromas.
Después de disfrutar un exquisito almuerzo, acompañado de risas y algunas historias, Max y yo fuimos a lavar la loza.
Nos paramos uno al lado del otro, empujándonos sutilmente en forma de juego. A veces nuestras manos se rozaban y, aunque era algo simple, disfrutaba ese lapso.
—¿Te imaginas en un futuro, tú y yo cocinando, limpiando nuestro hogar, así como estamos ahora? —preguntó Max, a la vez que me alcanzaba un plato.
—Sería lindo. Seríamos un gran equipo.
—Claro que sí—, y en un acto juguetón me lanzó un poco de agua con la mano.
Nuestro lindo momento fue interrumpido por una llamada de Elena.
—Dime —contesté, mientras me secaba las manos.
—¿Te puedo decir algo sin que te enojes? —preguntó con cautela.
—No prometo nada, pero dime.
—Ayer, después de la fiesta, me quedé conversando con Andrés... y terminamos acostándonos.
Una opresión me invadió el pecho. Max, desde el mesón, no apartaba los ojos de mí, intentando leer mi expresión.
—¿Y qué quieres que diga? —atiné a decir, algo aturdida.
—Es amable, no el patán que imaginaba.
—¿Y qué esperas? ¿Mi bendición? Es mi ex y tú mi mejor amiga. De solo pensarlo me dan arcadas.
—Andrés quiere que los cuatro hagamos un viaje a la playa. Cree que es una buena forma de disculparse por lo que pasó el día de tu cumpleaños.
—Creo que es una pésima idea, pero lo hablaré con Max y te aviso —solté un suspiro.
—Por favor, te lo pido, es importante para mí —rogó Elena.
Terminé la llamada y le hablé a Max.
—Andrés y Elena se acostaron. Parece que están empezando algo... y quieren que vayamos los cuatro a la playa.
—No —dijo con voz firme, cruzándose de brazos—. No quiero verlo cerca.
—Por favor, solo esta vez. Me lo está pidiendo ella.
—¿Y qué gano yo? —sonrió, desafiándome.
—Lo que quieras.
—¿Y usarás el anillo? —bromeó, con una chispa en la mirada.
—Siempre —prometí, sosteniendo su rostro entre mis manos.
Sus ojos se suavizaron. Se inclinó y me besó con una ternura que me dejó sin aliento.