Desde los ojos de Nicole

Capítulo 13

El viaje desde la ciudad hasta la playa duró unas dos horas, pero se me hizo eterno. Gran parte del trayecto, Max permaneció en silencio, usando su celular, desconectado de todo lo que sucedía a su alrededor. Mientras tanto, Andrés y Elena parecían llevarse sorprendentemente bien: cantaban, reían, tenían una complicidad que no me imaginaba que pudieran tener.

Elena y Andrés ya se conocían, pero en contextos muy distintos: ella como mi amiga y él como mi pareja. En aquel entonces, su relación era bastante hostil; me costaba incluso que se comportaran en las celebraciones. No comprendía cómo, de odiarse, pasaron a cantar canciones de amor en el mismo auto. ¿Realmente había química entre ellos? Me resultaba extraño. No sentía nada por Andrés, y Elena siempre había sido una buena amiga, pero todo esto me dejaba un sabor amargo.

Siempre creí que existía una especie de código: no involucrarse con la expareja de tu amiga. Ella era más abierta que yo, y nunca me molestó; ambas respetábamos nuestras diferencias. Yo era más reservada, más cautelosa... pero esto era un territorio nuevo para mí. Yo jamás habría hecho algo así.

Además, apenas hace un par de días, Andrés estaba en mi casa diciéndome que me amaba, y ahora estaba revoloteando con Elena como si nada. ¿Formaba parte de algún plan? ¿Una manera más de desestabilizarme? Aunque, claro, si decía algo quedaría como la ex celosa, la envidiosa... y quizás hasta incomodaría a Max. Eso sí que no lo quería.

Respiré profundo y dejé que mi mirada se perdiera en el paisaje frente a mí. La playa tenía la arena algo gris y corría bastante viento. El cielo estaba parcialmente nublado, el mar tenía ese magnetismo hipnótico que siempre lo caracteriza. Las gaviotas volaban en círculos, lanzando chillidos agudos que se mezclaban con las voces lejanas de niños corriendo y familias extendiendo sus toallas. Una pareja de adultos mayores caminaba de la mano, y no pude evitar imaginar lo lindo que sería llegar a esa edad con Max.

Caminábamos buscando un lugar donde instalarnos, mientras yo luchaba contra el viento que desordenaba mi cabello. Una vez sentados, le pedí a Max que me ayudara a ponerme bloqueador. Él aceptó con una leve sonrisa, de esas que se le formaban solo cuando intentaba aparentar calma. A lo lejos, Elena y Andrés se movían entre las olas.

Volví la vista hacia Max y noté que su mirada profunda se perdía en el horizonte, como si buscara otra realidad en la que no tuviéramos que compartir ese viaje con Andrés. ¿Podía culparlo? Claro que no. No soportaba a Andrés, y con razón. Quise animarlo un poco, así que lo invité a caminar por la playa. Se negó y prefirió quedarse sentado. No insistí. Me acerqué para abrazarlo y, esta vez, sí respondió. Su rostro comenzó a relajarse; volvió a ser mi Max, ese que me hacía sentir segura. Comenzamos a besarnos... hasta que fuimos interrumpidos por Andrés y Elena, que tenían el cabello mojado y la arena pegada a su piel, luciendo sonrientes.

—¿Están disfrutando del viaje? —preguntó Andrés.

—Sí. Hacía tiempo que no venía a la playa —respondí, fingiendo una sonrisa que me pesaba en la cara.

—Sé que pueden tener preguntas. Esto... lo mío con Elena puede parecer raro. Solo quiero disfrutar de lo que estamos creando. No me había dado cuenta de lo increíble que era ella.

Elena sonrió con aquellas palabras.

—Ya —intervino Max con tono seco, casi cortante.

—Ustedes son felices. ¿Por qué yo no podría querer lo mismo para mí?

Hubo un silencio entre todos nosotros.

—Te pido disculpas si en la fiesta exageré o agravé lo que pasó en la habitación. Ahora, de verdad, solo quiero enfocarme en Elena —comentó Andrés, bajando un poco la voz, como si eso hiciera su discurso más sincero.

—Por mi parte, si te comportas, no voy a impedirte ser feliz con Elena —contesté, bajando la guardia.

—Gracias, Nicole... ¿Y tú, Max? ¿Todo bien?

—No, no está todo bien. No confío en ti ni en tus intenciones. Estoy aquí por Nicole, pero si no cruzas los límites, puede que al menos no termine golpeándote.

—Tomaré eso como una respuesta positiva. Gracias, chicos —dijo Andrés, dando un paso atrás, satisfecho con lo que había conseguido.

A lo lejos, vi que vendían paletas para jugar tenis de playa. Fue una excusa perfecta para cambiar el ambiente. Fui con Max a comprar un set para cada uno. Marcamos una zona sobre la arena y comenzamos el juego: Andrés y Elena contra Max y yo.

Fue más complicado de lo que imaginaba. El viento empujaba la pelota en direcciones inesperadas, y cada punto se volvía un pequeño desafío. Corríamos de un lado a otro entre risas, caídas torpes y gritos de "¡Vamos!" o "¡Dale, dale!". Nadie quería detenerse. Ganamos el primer set; ellos, el segundo, por solo un punto. Al final, Max y yo logramos la victoria. Él me levantó y comenzó a girar hasta que nos caímos, riéndonos de ese momento hermoso. Por fin, todo se sentía natural.

La tensión inicial se había disipado. Tal vez ese viaje sí había sido una buena idea. Aún seguían existiendo sospechas, inseguridades y conflictos... pero estábamos en una zona de bandera blanca. Era lindo tener otra pareja con quien compartir, hacer actividades y, de alguna forma, también me gustaba ver a Elena feliz, aunque fuera con Andrés.

El viaje de regreso fue bastante agradable: los cuatro cantando, riendo y jugando. Las dos horas pasaron casi sin que me diera cuenta. Al regresar a la ciudad, Max se quedó un rato en mi casa para compartir un momento antes de irse a la suya. Estábamos en mi habitación, descansando, y poco a poco nos dejamos llevar por las miradas, los besos y las caricias.




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