Max y yo habíamos decidido tomarnos unos días para procesar la noticia del embarazo. Estábamos en una especie de limbo emocional, tratando de asimilar todo lo que eso implicaba, pero ya había llegado el momento de acudir a un especialista.
En la consulta, miraba el monitor con atención, intentando identificar cada detalle que el doctor señalaba. De pronto, distinguí un pequeño saco en la pantalla... parecía moverse. ¿Sería eso nuestro bebé? Las palabras del médico se mezclaban con el sonido rítmico y constante del monitor: pum, pum, pum... Ese latido firme vibraba dentro de mí. Respiré hondo y cerré los ojos por un instante. Quise quedarme allí, suspendida en el tiempo.
Max me tomó de la mano con ternura, sus ojos brillaban llenos de emoción. Escuchar por primera vez el latido de nuestro hijo era un momento que recordaríamos para siempre, pero ahora debíamos enfrentar lo más difícil: hablar con nuestros padres. Con mi mamá tenía el presentimiento de que al inicio se molestaría, y después, tras procesar la noticia, nos entregaría todo su apoyo. Con los padres de Max, la situación era distinta. Su padre era amable, pero su madre realmente me intimidaba.
En mi mente se repetía una conversación que aún no ocurría, pero que sentía tan real: la madre de Max gritándome, acusándome de arruinar el futuro de su hijo, llamándome interesada. Esa idea me daba miedo, aunque la emoción de ver a Max tan entusiasmado con nuestro bebé me calmaba. Sabía que él estaría a mi lado y nos protegería, sin importar qué.
Finalmente, decidimos enfrentar esto juntos, como familia.
Primero, hablamos con mi mamá.
—Mamá, hay algo que tenemos que decirte.
—Dime, ¿Qué sucede? —respondió ella, con la voz suave pero firme.
—Tengo siete semanas de embarazo.
Un silencio pesado se instaló en la habitación. Pude ver en sus ojos una mezcla de preocupación y algo que parecía decepción. No sabía qué era lo que realmente pasaba por su mente.
—¿Y qué van a hacer? —preguntó—. Les queda todo un año de universidad y no vas a llegar a terminarlo.
—Lo sé. Planeo congelar el próximo año para trabajar. Max también me ayudará, aunque aún no sabemos cómo reaccionarán sus padres.
—Tú sabes que jamás podría dejarte sola en esto —confesó con ternura.
—Haré todo lo que esté a mi alcance para cubrir los gastos y sacar adelante esta situación —agregó Max.
—Eso es lo mínimo que espero de ti.
El ambiente quedó en silencio de nuevo, hasta que mamá volvió a hablar:
—¡Seré abuela! Jamás pensé que este momento llegaría tan rápido. ¿Tienen preguntas? ¿Quieren saber sobre los cuidados o qué pasará con tu cuerpo? —comentó con un tono más calmado.
—El doctor me explicó bastante y debo volver en dos semanas para otro control. ¿Quieres acompañarme?
—Claro, estaré contigo para tomarte la mano.
Cerramos ese momento con un abrazo cálido que me transmitió toda la calma que necesitaba para enfrentar lo que vendría después.
Horas más tarde, fuimos a la casa de Max para contarles la noticia a sus padres.
Estábamos todos reunidos en la sala cuando Max comenzó a hablar:
—Mamá, papá, tengo que decirles algo importante —dijo con firmeza.
Su madre, sentada al lado de su esposo, me clavó una mirada tan intensa que sentí cómo me atravesaba el cuerpo.
—Nicole tiene siete semanas de embarazo. Yo soy el padre y me haré cargo de todo —informó Max.
Todos se quedaron en silencio; era como si toda la habitación se hubiera congelado.
Su madre fue la primera en retomar la conversación:
—¿Conoces los preservativos? ¿Te faltó información en las charlas de educación sexual? —soltó con ironía y dureza.
—Sí, usaba preservativo.
—¿Seguro que sabes cómo se ponen? Porque parece que no.
—No sé qué esperas que responda —contestó Max.
—¿Y tú no vas a decir nada? —le reclamó a su esposo.
—Jamás le va a faltar algo ese bebé. Si depende de mí, cuidaré siempre de mi nieto —intervino él.
—Claro, felicítalo —dijo su madre, aplaudiendo lentamente.
—Ya no hay nada que hacer. Solo podemos apoyarlos y guiarlos para que sean buenos padres —concluyó el padre de Max.
Se acercó a Max, le puso la mano en el hombro con cariño y preguntó:
—¿Dónde van a hacer el seguimiento?
—Con el doctor Jaime Carrasco —respondió Max.
—Lo conozco de nombre. Está bien que busquen una segunda opinión. Yo me encargaré de que tengan el mejor cuidado —aseguró su padre.
Max abrazó a su padre. Mientras tanto, yo pensaba en lo lindo que sería verlo como padre y en lo afortunada que me sentía formando una familia a su lado.
Pronto mis pensamientos se vieron interrumpidos por su madre:
—No esperes mucho de mí. Estaré para mi hijo, y me aseguraré de que mi nieto tenga la mejor educación. No pienso permitir que estudie en esas escuelas municipales donde tú estuviste.
Por un lado, me conformaba con que al menos lo considerara su nieto; por otro, su actitud me incomodaba. Sabía que esto se convertiría en un problema más grande si no lo abordaba, pero hoy no era el día, así que decidí ignorarla.
Le hice una señal a Max para retirarnos. Necesitábamos espacio.
Max me acompañó hasta mi casa y me dio un dulce beso. Luego, se inclinó sobre mi vientre y lo besó con ternura, despidiéndose así de nuestro hijo. Fue un momento especial. Sentía que ya habíamos pasado lo más difícil. Ahora solo debía enfocarme en aprender, cuidarme y prepararme para lo que venía.