Estaba en la semana ocho de mi embarazo, sumergida en lecturas sobre el pre y postnatal, intentando absorber todo lo que pudiera servirme para cuidar bien de mi bebé. Entonces, alguien tocó la puerta, sacándome de mi concentración.
Al abrirla, me sorprendí: era Andrés. ¿Qué hacía él en mi casa? Justo ahora, cuando más necesitaba mantenerme en calma.
—Tengo que hablar contigo —entró como si la casa fuera suya.
—No tenemos nada de qué hablar —respondí con frialdad.
—Yo creo que sí. Esto te va a interesar.
—Está bien. Habla.
—Primero, creo que deberías sentarte. Por cierto, me enteré de que estás embarazada.
Me tensé. ¿De eso se trataba?
—Sí... y no.
—Andrés, habla de una vez.
Él respiró profundo, como si preparara sus palabras con cuidado.
—Desde tu cumpleaños, Elena y yo comenzamos a salir. Últimamente ella estaba extraña, distante, y no entendía por qué.
—Quizás simplemente perdió el interés —respondí con ironía.
—Eso pensé. Así que hablé con ella, la presioné, hasta que me confesó que está embarazada.
Me quedé muda. ¿Cómo podía ser? ¿Por qué no me había contado nada?
—¿Y eso es... malo o bueno? —pregunté, aún sin poder asimilar.
—Por un momento me emocioné. Pensé en lo especial que sería que los cuatro fuéramos padres, que nuestros hijos crecieran juntos. Pero vi en sus ojos que había algo más.
—¿Qué te dijo?
—Que no sabía si el padre era Max o yo —confesó con dolor en el rostro.
Sentí que el mundo se me venía abajo. ¿Esto era real? ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Qué tan ciega estaba? ¿Por qué Max me haría esto, justo ahora? ¿Y todas sus promesas, el anillo, nuestra familia?
—¿Estás seguro? —pregunté con un hilo de voz.
—Ella me lo dijo. Si no me crees, pregúntale a Max... o espera, porque seguro aparecerá para justificarse.
Y, como si lo hubiera invocado, escuché los golpes en la puerta. Era Max.
No quería verlo. No ahora.
Golpeó más fuerte.
—Sé que estás ahí. ¿Podemos hablar? —dijo Max.
—Por favor... quiero saber si estás bien, si nuestro bebé está bien —agregó.
—¿Y ahora eso te importa? —grité desde dentro.
—¡Siempre me han importado! ¡Los amo! ¡Abre la puerta!
—Si quieres, me quedo por si se pone violento. No vaya a ser que derribe la puerta —comento Andrés.
Finalmente, abrí. No hizo falta decir nada; la verdad se leía en su mirada cargada de culpa y en cada uno de sus movimientos.
—Me imaginé que estarías aquí. ¿Te puedes ir? —Max miró a Andrés.
—No —interrumpí—. Él se queda.
—No sé qué te dijo, pero quiero darte mi versión.
—Entonces habla.
—No sabía que Elena estaba embarazada. Me enteré hoy. Puede que ni siquiera sea mío... puede que sea de Andrés. No pienso hacerme cargo —dijo con un tono seco.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Podrías tener dos hijos! —exclamé, sintiendo que se me revolvía el estómago ante sus palabras.
—Solo quiero al nuestro. Quizás todo esto sea mentira y Elena lo inventó.
Max intentó acercarse, pero Andrés levantó la mano para detenerlo. La tensión entre ellos se sentía en el aire.
—¿Desde cuándo te burlas en mi cara? —pregunté.
—No creo que necesites saber eso —respondió, bajando la mirada.
—Lo necesito. Si quieres hablar, hazlo bien.
—Comenzamos a hablar desde que le envié una solicitud de amistad... La primera vez que nos acostamos fue cuando tú y yo peleamos después de la cena en mi casa. Ella me ayudó cuando sufría por ti.
No sabía si intentaba justificarse o si, de algún modo, me estaba culpando. Nunca imaginé que iba a tener una conversación así con él.
—¿Y la última vez? —pregunté, mareada.
—Fue el día de la playa —murmuró.
—¿Qué? ¡Esa noche también estuviste conmigo!
—Te amo... Lo que pasó con Elena fue algo sin sentimiento. Contigo quiero una vida, una familia. Por eso te di el anillo. Nada ha cambiado para mí.
—Toma tu maldito anillo —dije, y lo lancé al suelo con toda la rabia que tenía dentro.
—Nicole... —interrumpió Andrés.
—¡Nicole! —repitió con firmeza.
—¿Qué? —respondí, irritada.
—Estás sangrando.
Miré hacia abajo: había sangre en mi pantalón.
No podía apartar la mirada de esa mancha roja, que parecía borrar todo lo demás.