El silencio en el auto se hacía insoportable, roto solo por el motor y mi respiración entrecortada. Andrés manejaba con las manos temblorosas, mientras Max estaba rígido, con los ojos fijos en el camino, La sangre fría y húmeda seguía manchando mi ropa. Cada vez que bajaba la mirada, el miedo crecía.
—Falta poco, ya vamos a llegar —señaló Andrés, con voz quebrada.
Cuando el auto se detuvo frente al hospital, Max y Andrés me ayudaron a salir. La noche fría me golpeó el rostro y me hizo temblar. Mi cuerpo ya no resistía. Caminamos hacia la entrada bajo las luces brillantes, y cada paso parecía pesar más.
En la sala de urgencias me pusieron una bata limpia y me dejaron sentada en una pequeña sala privada. El doctor entró y se ubicó a mi lado.
Sus ojos recorrieron el monitor y, antes de que hablara, supe que algo iba mal.
Un nudo se instaló en mi garganta. Miré a los lados: Andrés me observaba con la mandíbula apretada, como si intentara contener algo; Max estaba pálido, y sus ojos, que siempre habían sido cálidos, ahora estaban completamente apagados.
—¿Perdí al bebé? —pregunté con voz temblorosa.
El doctor asintió.
—Sí... Es un aborto espontáneo. Ya no hay actividad del embarazo, y por lo que vemos, tu cuerpo ya ha expulsado el tejido.
Una opresión profunda invadió mi pecho. Apenas pude murmurar:
—¿Y ahora qué?
—Debes descansar. El sangrado irá disminuyendo poco a poco. Si el dolor aumenta o el sangrado es muy abundante, vuelve. No estás sola.
Mi mente se cerró, y todo a mi alrededor comenzó a volverse extraño.
Sentí un frío intenso recorrer mi cuerpo, un peso que me aplastaba sin darme fuerzas para reaccionar. Mis párpados se hicieron pesados, mi visión se oscureció en los bordes. Andrés y Max estaban cerca; seguía escuchando sus voces, aunque ya no podía entenderlas.
Cerré los ojos y lo siguiente que supe fue que estaba sola en la habitación de mi casa. El silencio era absoluto, pero no sentía paz, solo un vacío que se había instalado en mí.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Podían haber sido horas o días. Estaba acostada en posición fetal, sin moverme, con las lágrimas deslizándose lentamente, una tras otra, como si no tuvieran intención de detenerse nunca.
Escuché la voz de mi mamá al otro lado de la puerta. Ya había intentado entrar varias veces.
—Nicole, mi amor... ¿quieres que te traiga algo? ¿Comiste algo?
No respondí. Ni siquiera giré la cabeza. ¿Para qué? ¿Qué importaba la comida, el agua, el sueño, si dentro de mí ya no quedaba nada?
Después fue Samuel quien se acercó. Golpeó la puerta con suavidad.
—Estoy aquí afuera, por si necesitas algo. No voy a insistir. Solo quiero recordarte que no estás sola.
Con el tiempo, mamá volvió y entró a la habitación. Vi la preocupación en sus ojos, pero no podía hacer nada por ella. No tenía fuerzas ni para abrazarla, ni para hablar. Dejó algo de comida en el velador y se fue.
No estaba así por la infidelidad de Max; ni siquiera pensaba en él. La traición parecía lejana, irrelevante. El verdadero vacío estaba en otra parte. En lo único que podía pensar era en ese pequeño corazón que ya no latía, en esas manitos que ya no podría tocar, en los besos y abrazos que nunca podría dar, y en aquellos nombres que ya no podría pronunciar.
Seguía en la cama, mirando un punto fijo en la pared, cuando sentí una humedad tibia recorrer mi piel. Tardé unos segundos en entender qué era. Mi cuerpo, agotado y ajeno, había cedido.
Algo en esa sensación me sacudió, como si, por fin, mi cuerpo estuviera gritándome lo que yo me negaba a admitir: no podía seguir así.
Con dificultad, moví mi cuerpo para alcanzar un vaso de agua que mamá había dejado en el velador. Me temblaban las manos al rodear el vidrio, y aunque apenas logré dar un sorbo, sentí un leve alivio en la garganta.
Intenté llamar a mamá para que me ayudara a limpiarme, pero no me salía la voz. Probé de nuevo, un susurro apenas audible.
Finalmente, grité:
—¡Mamá!
Escuché sus pasos apresurados acercarse. Me miró por un segundo, su expresión llena de ternura y dolor. No preguntó qué había pasado. Solo se acercó, me acarició el cabello con una delicadeza infinita y me ayudó a ponerme de pie.
Me llevó al baño con cuidado, como si mi cuerpo fuera de cristal. Sentía el agua deslizarse lentamente sobre mi piel, mezclándose con el olor áspero del encierro y el sabor amargo del dolor. Mamá no habló, pero me sostuvo firme.
Me secó con una cálida toalla y luego cambió las sábanas en silencio. Volví a la cama, con ropa limpia, el cuerpo tembloroso y la mirada aún perdida.
Entonces, se sentó a mi lado y me abrazó. Me envolvió como cuando era niña, como si pudiera contenerme entera en sus brazos.
No me dijo que todo iba a estar bien. No intentó palabras de consuelo. Solo estuvo ahí. Y en ese gesto encontré algo que no sabía que necesitaba: un refugio donde romperme sin tener que disculparme por hacerlo.