Desde los ojos de Nicole

Capítulo 19

Los meses que siguieron fueron intensos, marcados por el dolor, la culpa y el llanto. Mi vida cambió de forma abrupta. Me había acostumbrado a la presencia de Max, pero tras su infidelidad y la pérdida de nuestro hijo, nuestros caminos habían tomado rumbos distintos. Cuando creía estar superándolo, volvía a instalarse en mi mente. Lo recordaba con una mezcla de amor y resentimiento. Intentaba no pensar en él, aunque a veces un aroma, un lugar o incluso el clima me arrastraban de nuevo a esos recuerdos. Si no hubiese ido a terapia, no sé si habría logrado salir de la casa. Me di el espacio para sentirlo todo, para derrumbarme y, luego, poco a poco, comenzar a sanar.

Me encontraba en mi último año de universidad, en la etapa de las últimas prácticas, rotando por varios centros de salud. Me dirigía al hospital de la ciudad para presentarme en mi primer día allí. Justo afuera del recinto, una espalda se me hizo familiar: era Max, con su uniforme clínico de kinesiólogo, conversando con algunas personas. Verlo después de varios meses meses fue como recibir un golpe en el pecho que me dejó sin aire, un dolor punzante que me atravesó por completo.

¿Qué probabilidades había de encontrarlo justo en mi lugar de práctica? La ciudad no era tan grande como una capital, pero tenía suficiente espacio como para no habernos cruzado nunca más, si el destino así lo hubiese querido.

Seguí caminando para ingresar al hospital, sintiendo el peso de cada paso y el ritmo acelerado de mi corazón. Deseaba con todas mis fuerzas que él no me hubiese visto. No sabía qué decirle y, para ser sincera, no quería distraerme. Me faltaba poco para entrar al mundo laboral y necesitaba estar preparada, sacar el máximo provecho de mi práctica.

Busqué el ascensor para subir al segundo piso, al área de nutrición y dietética. Me presenté con mi supervisora, una mujer de unos cuarenta y cinco años cuya sonrisa alivió de inmediato mis nervios. Para mi suerte, resultó ser alguien amable, sin esa mentalidad de enseñar a base de miedo, ni ganas de destruirte desde el primer momento. Podía hacerle preguntas sin sentir que me menospreciaba. Me explicó cómo funcionaba el sistema de trabajo en el hospital, mientras el vaivén habitual del lugar continuaba a nuestro alrededor.

Pasé la mañana sumergida en el ritmo del hospital, atendiendo casos bajo su supervisión y familiarizándome con los protocolos y el ambiente. La jornada era intensa y yo me esforzaba por absorber cada detalle, consciente de lo crucial que era esta etapa.

Era la hora de almorzar cuando mi supervisora me invitó al casino. Acepté con dudas; no quería decir o hacer algo que la incomodara. El más mínimo error podría arruinar mi evaluación.

Al entrar al casino, empecé a mirar a mi alrededor buscando a Max. Necesitaba estar preparada por si se acercaba, especialmente ahora que estaba acompañada. Mi supervisora comenzó a hacerme preguntas sobre mis otras prácticas y respondí cuidando cada palabra. Todo parecía ir bien, hasta que, a lo lejos, reconocí a alguien que no esperaba ver allí: la madre de Max. Creía que no trabajaba aquí, así que desvié la mirada para evitar el contacto visual, pero no fue suficiente. En segundos, ella ya estaba de pie junto a mi mesa.

—Nicole, tanto tiempo —dijo con una voz amable, como si ya no me juzgara.

—Hola, ¿cómo está? —respondí intentando sonar segura.

—¿Ustedes se conocen? —preguntó mi supervisora.

—Sí —afirmé desviando la mirada.

—Ella es amiga de mi hijo Max —comentó con una leve sonrisa.

—Mira qué bien, Nicole tiene mucho potencial. Me alegra que me la asignaran — declaró mi supervisora.

—Sí, ella es especial... Me tengo que ir, solo quería saludarte. Adiós, Nicole.

Las palabras de mi supervisora me halagaron, pero la situación me incomodaba demasiado para demostrarlo. Por suerte, la madre de Max no mencionó que había salido con su hijo. No estaba lista para enfrentar preguntas incómodas ni justificar nuestra separación; solo deseaba evitar el peso de viejas heridas.

Terminamos de comer y fui al baño para recuperar la calma. Aunque lo intentaba, mi cuerpo empezaba a pasar factura: me dolía el estómago, como si se me apretara. Me miré al espejo, me mojé la nuca y la cara. Inspiré hondo y solté el aire con un suspiro largo, como queriendo vaciarme por dentro. Me tomó unos segundos hasta que lo conseguí. Estaba lista para continuar con el día. Por la tarde debía participar en una reunión con el equipo multidisciplinario, así que estaría bastante ocupada para pensar en Max.

Al finalizar la jornada, guardé mis cosas y salí rápido. Llamé al ascensor y, cuando se abrieron las puertas, ahí estaba él: la persona que había evitado todo el día. En sus ojos había un dolor antiguo, atravesado por un brillo fugaz de ilusión. Él no dijo nada y yo me quedé paralizada, como si mis pies estuvieran clavados en el suelo, atrapada entre el miedo y las ganas de huir.

—¿Vas... vas a subir? —preguntó, tragando saliva.

Una parte de mí se alegró de saber que no era la única persona incómoda.

Asentí con la cabeza, evitando pronunciar alguna palabra que abriera la puerta a toda la historia que arrastrábamos. Me puse delante de él y, de repente, sentí ese perfume que tanto lo caracterizaba. Apreté el puño para disimular el temblor de mis dedos. El viaje hasta la primera planta era corto, pero entre el silencio y los recuerdos se sintió eterno. Al abrirse las puertas, caminé para salir cuando sentí que alguien me sujetaba del brazo. No quise darme vuelta; sabía que me detenía.

—¿Podemos hablar? —preguntó Max.

Me tomé unos segundos antes de responder. Sabía que lo iba a ver seguido, ya que ambos estábamos en el hospital. Lo mejor era ponerle fin a esto cuanto antes, para no cargar con ese peso cada día.

—Sí.

—¿Te acompaño a tu casa y hablamos en el camino?

—Creo que es mejor hablar en una cafetería.

—Bueno, hay una a una cuadra, vamos.




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