Deseo Salvaje

Capítulo 1 - El hombre que no aceptaba un no

La lluvia golpeaba los ventanales de la ciudad como si quisiera arrancarle los secretos a la noche.

Alma Ferrer observó su reflejo en la puerta de vidrio del edificio Montenegro Corporation y por un instante sintió deseos de salir corriendo. El vestido negro que llevaba era demasiado sencillo para aquel lugar lleno de mármol, luces doradas y personas que parecían haber nacido entre millones.

Ella no pertenecía allí.

Pero las deudas no preguntaban por orgullo.

Apretó con fuerza la carpeta contra su pecho y respiró hondo antes de entrar.

El perfume caro, el sonido elegante de los tacones y las miradas rápidas de las recepcionistas le recordaron exactamente quién era: una mujer divorciada, con una familia dependiendo de ella y demasiadas heridas abiertas para permitirse cometer otro error.

—¿Nombre? —preguntó la recepcionista sin levantar demasiado la vista.

—Alma Ferrer. Tengo una entrevista con el señor Montenegro.

La mujer alzó las cejas apenas escuchó aquel apellido.

Gael Montenegro.

Incluso pronunciado en voz baja sonaba peligroso.

—Piso cuarenta y siete.

El ascensor subió tan rápido que Alma sintió vértigo. O tal vez no era el ascensor. Tal vez era la sensación de estar entrando en un mundo que podía destruirla.

Las puertas se abrieron directamente a una oficina inmensa, silenciosa y oscura.

Y entonces lo vio.

Gael Montenegro estaba de espaldas, observando la ciudad bajo la tormenta. Alto. Imponente. El saco negro perfectamente ajustado marcaba unos hombros demasiado anchos para pasar desapercibidos. Tenía una copa de whisky en la mano y una presencia capaz de llenar toda la habitación sin necesidad de hablar.

Cuando se giró, Alma entendió por qué tantas personas le temían.

No era solo atractivo.

Era el tipo de hombre que parecía acostumbrado a controlar absolutamente todo.

Sus ojos oscuros recorrieron lentamente el cuerpo de Alma, sin prisa, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos.

Aquella mirada la hizo sentir desnuda.

—Llegaste tres minutos tarde —dijo él con voz grave.

Ni siquiera saludó.

Alma tragó saliva.

—El tráfico…

—Las excusas me aburren.

El silencio cayó entre ambos como un golpe seco.

Gael dejó el vaso sobre el escritorio y se acercó lentamente. Demasiado cerca.

Alma sintió el calor de su perfume, la intensidad de su respiración y algo más peligroso todavía: una tensión imposible de ignorar.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó él.

—Veintisiete.

—Divorciada.

No era una pregunta.

Alma frunció el ceño.

—¿Investigó mi vida?

—Investigo la vida de todas las personas que entran a mi empresa.

Ella apretó la mandíbula.

—Entonces ya sabe que necesito este trabajo.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Gael.

Pero no era una sonrisa amable.

Era la sonrisa de un hombre que acababa de descubrir un punto débil.

—Tu ex esposo te dejó llena de deudas —continuó él—. Tu madre está enferma. Y tu hermana acaba de tener un bebé.

El corazón de Alma se tensó.

¿Cómo podía saber tanto?

—No tenía derecho…

—Tengo derecho a todo lo que me interesa.

La frase quedó suspendida en el aire.

Y por primera vez en años, Alma sintió miedo.

No del trabajo.

De él.

Gael se apoyó contra el escritorio sin dejar de observarla.

—Necesito una asistente personal que esté disponible las veinticuatro horas.

—Puedo hacerlo.

—No terminé.

Sus ojos bajaron lentamente hacia la boca de Alma antes de volver a mirarla fijo.

—La lealtad es lo único que exijo por encima de todo. No tolero mentiras. No tolero traiciones. Y jamás comparto lo que considero mío.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alma.

Aquello ya no parecía una entrevista laboral.

Parecía una advertencia.

—Solo vine por un empleo —dijo ella intentando mantener la calma.

Gael soltó una risa baja.

—Eso dices ahora.

La tensión se volvió insoportable.

Alma necesitaba salir de allí.

Pero algo dentro de ella permanecía inmóvil.

Atrapado.

Porque había algo magnético en ese hombre. Algo oscuro. Adictivo. Como mirar demasiado tiempo un incendio sabiendo que podía consumirlo todo.

El teléfono de Gael vibró sobre el escritorio.

Él observó la pantalla y su expresión cambió apenas un segundo.

Molestia.

Luego cortó la llamada sin responder.

—¿Problemas? —preguntó Alma antes de pensar.

Gael volvió a mirarla.

—Mi prometida tiene la costumbre de llamar demasiado.

El aire abandonó los pulmones de Alma.

Prometida.

Perfecto.

Exactamente el tipo de hombre del que debía mantenerse lejos.

Gael notó el cambio en su expresión y sonrió apenas.

—¿Te decepciona?

—No me interesa su vida personal.

—Mientes mal.

El corazón de Alma comenzó a latir más rápido.

Odiaba que aquel desconocido pareciera verla demasiado.

Gael tomó una carpeta y se la extendió.

—El empleo es tuyo.

Ella abrió los ojos.

—¿Así de fácil?

—Nada relacionado conmigo es fácil, Alma.

Su voz descendió lentamente sobre su nombre.

Como una caricia peligrosa.

—Empiezas mañana.

Alma tomó la carpeta intentando ignorar el temblor de sus manos.

Pero justo cuando iba a marcharse, Gael habló otra vez.

—Una última cosa.

Ella giró lentamente.

Él caminó hacia ella hasta quedar a centímetros de su cuerpo.

Demasiado cerca.

—No coquetees con nadie de esta empresa.

Alma soltó una risa incrédula.

—¿Perdón?

—Los hombres aquí confunden amabilidad con invitación.

—Eso no es asunto suyo.

Gael inclinó apenas la cabeza.

—Todo lo que ocurre dentro de mi empresa es asunto mío.

La intensidad de sus ojos oscuros la paralizó.




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