El ascensor descendía lentamente, pero el corazón de Alma Ferrer seguía atrapado en el piso cuarenta y siete.
En él.
En la forma en que Gael Montenegro había pronunciado su nombre.
Como si ya le perteneciera.
Apretó con fuerza la carpeta contra su pecho mientras intentaba recuperar la respiración. El reflejo de las luces sobre las paredes metálicas le devolvió la imagen de una mujer confundida, alterada… vulnerable.
Y eso la enfurecía.
Había prometido no volver a caer frente a hombres poderosos. Mucho menos frente a uno arrogante, frío y comprometido.
Cuando las puertas se abrieron en el lobby, Alma salió rápidamente bajo la lluvia. El viento helado golpeó su rostro, ayudándola a reaccionar.
—Es solo un trabajo —se dijo a sí misma.
Pero ni ella misma se creyó aquella mentira.
Porque algo había ocurrido en esa oficina.
Algo peligroso.
En el piso cuarenta y siete, Gael seguía inmóvil frente al ventanal.
Observando la ciudad.
O intentando dejar de pensar en la mujer que acababa de salir de allí.
No lo conseguía.
Su mirada descendió hacia la carpeta de Alma todavía abierta sobre el escritorio. La fotografía adjunta mostraba una versión más sonriente de ella. Más tranquila. Tal vez antes del divorcio.
Antes de la vida.
Gael tomó la foto entre sus dedos.
Había conocido cientos de mujeres. Modelos, empresarias, actrices, esposas de políticos. Todas hermosas. Todas desesperadas por acercarse a él.
Pero ninguna lo había mirado con aquella mezcla de orgullo y fragilidad.
Ninguna había despertado ese impulso oscuro de querer protegerla… y arruinarla al mismo tiempo.
El teléfono volvió a sonar.
Gael observó el nombre en pantalla.
Renata Volkov.
Su prometida.
Contestó con evidente fastidio.
—¿Qué ocurre?
—¿Dónde estás? —preguntó la voz femenina del otro lado—. Llevas dos días evitando mis llamadas.
—Estoy trabajando.
—Siempre trabajas.
Gael cerró los ojos apenas un segundo.
Renata era hermosa. Inteligente. Ambiciosa. La mujer perfecta para los negocios de ambas familias.
Pero hacía mucho tiempo que entre ellos no existía nada parecido al amor.
Solo conveniencia.
—Mañana cenaremos con mi padre —continuó ella—. No llegues tarde otra vez.
Gael observó la lluvia detrás del vidrio.
—Veré si puedo asistir.
—Gael…
—Estoy ocupado.
Colgó antes de escuchar otra queja.
Luego volvió a mirar la foto de Alma.
Y sonrió apenas.
Hacía años que ninguna mujer conseguía distraerlo de esa manera.
Eso no le gustaba.
Porque Gael Montenegro jamás perdía el control.
Alma llegó a su pequeño departamento completamente empapada.
El olor a sopa caliente llenaba el lugar.
Su madre apareció desde la cocina apenas la vio entrar.
—¿Cómo te fue?
Alma intentó sonreír.
—Creo que conseguí el trabajo.
Su madre suspiró aliviada.
—Gracias a Dios…
Desde el sofá, su hermana menor, Vera, sostenía a su bebé recién nacido entre mantas celestes.
—Sabía que te contratarían —dijo con una sonrisa cansada—. Eres increíble.
Alma observó al pequeño bebé dormido y algo dentro de ella se suavizó.
Aquella era la razón por la que seguía luchando.
Su familia.
Después del divorcio, todo había sido una caída interminable. Su ex esposo la había dejado llena de deudas y humillaciones mientras escapaba con otra mujer más joven.
Desde entonces, Alma aprendió a sobrevivir sola.
—¿Y cómo es tu nuevo jefe? —preguntó Vera.
El silencio duró apenas dos segundos.
Pero fue suficiente.
—Difícil —respondió Alma finalmente.
Su madre soltó una pequeña risa.
—Los hombres ricos siempre lo son.
Si ellas supieran.
Gael no era simplemente difícil.
Era peligroso.
Y lo peor era que ella lo había sentido desde el primer instante.
A la mañana siguiente, Montenegro Corporation parecía aún más intimidante.
Alma llegó quince minutos antes.
Esta vez no cometería errores.
Las puertas del ascensor se abrieron directamente en la oficina privada de Gael… pero él no estaba solo.
Una mujer rubia, elegantemente vestida, discutía con él junto al ventanal.
—Estoy cansada de competir contra tu empresa, Gael.
La voz era fría. Elegante.
Renata Volkov.
Incluso sin conocerla, Alma supo inmediatamente quién era.
La prometida.
Gael giró la cabeza al escuchar el ascensor abrirse.
Y algo extraño ocurrió.
Su expresión cambió apenas vio a Alma.
Como si todo lo demás dejara de importarle por un instante.
Renata notó aquello.
Y también la forma en que Gael observó lentamente el cuerpo de la nueva asistente.
El ambiente se volvió incómodo al instante.
—Veo que ya contrataste reemplazo para la última secretaria —comentó Renata con una sonrisa venenosa.
Alma sintió el golpe oculto en aquellas palabras.
Gael permaneció completamente serio.
—Renata, ella es Alma Ferrer.
Los ojos claros de la mujer recorrieron a Alma de arriba abajo.
Evaluándola.
Juzgándola.
—Humilde elección —dijo finalmente.
Alma sintió calor en el rostro, pero antes de responder, Gael habló con una frialdad demoledora.
—Ten cuidado con cómo le hablas.
El silencio fue brutal.
Incluso Renata pareció sorprendida.
Porque Gael jamás defendía a nadie.
Mucho menos frente a ella.
Los ojos de la prometida se estrecharon lentamente.
Y en ese instante nació algo peligroso.
Celos.
—Interesante… —murmuró Renata.
Gael caminó hacia Alma sin apartar la mirada de su prometida.
Como si quisiera dejar algo claro.
—Ven conmigo.
Alma lo siguió hacia una oficina privada contigua mientras sentía la tensión quemándole la piel.