Deseo Salvaje

Capítulo 3 - El secreto que podía destruirlos

—Si él habló… todos estamos en peligro.

Las palabras de Gael Montenegro quedaron suspendidas en el aire como una amenaza imposible de ignorar.

Alma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Dante Montenegro observó a su hermano con tensión evidente. Era más relajado físicamente que Gael, menos intimidante… pero sus ojos tenían la misma oscuridad.

—El médico dijo que despertó hace veinte minutos —continuó Dante—. Está alterado. Insiste en verla.

Gael pasó una mano por su mandíbula con evidente furia contenida.

—No puede hablar de esto aquí.

Entonces sus ojos se desviaron lentamente hacia Alma.

Y el silencio se volvió incómodo.

Porque por primera vez desde que la conoció, Gael parecía recordar que ella estaba allí.

Observando.

Escuchando.

Demasiado cerca de secretos que no le pertenecían.

—Salgan —ordenó él finalmente.

Dante frunció el ceño.

—Gael…

—Ahora.

La tensión entre ambos hermanos era evidente.

Pero Dante obedeció.

Antes de irse, miró a Alma apenas un segundo, como si intentara descifrar qué lugar ocupaba aquella mujer en medio del caos familiar Montenegro.

Cuando la puerta se cerró, Alma soltó el aire lentamente.

—No fue mi intención escuchar.

Gael permaneció de espaldas.

Inmóvil.

—Ya escuchaste demasiado.

La frialdad de su voz hizo que el ambiente cambiara por completo.

Alma apretó los dedos.

—No voy a decir nada.

Gael giró lentamente hacia ella.

Sus ojos oscuros ya no mostraban deseo.

Mostraban peligro.

—¿Sabes qué ocurre con las personas que se involucran en asuntos de mi familia?

Alma tragó saliva.

—No quiero involucrarme.

Gael caminó hacia ella despacio.

Dominante.

Abrumador.

—Eso ya no depende de ti.

El corazón de Alma comenzó a acelerarse otra vez.

Porque incluso cuando él se volvía distante y amenazante, seguía siendo imposible ignorar la intensidad que existía entre ambos.

Era enfermiza.

Adictiva.

Gael se detuvo a centímetros de ella.

—Mi padre despertó después de cinco años en coma —dijo con voz grave—. Y las primeras palabras que pronunció fueron sobre una mujer que debería estar muerta.

El aire se congeló.

Alma lo observó sin entender.

—¿Muerta?

Gael sostuvo su mirada durante varios segundos.

Como si estuviera decidiendo cuánto revelar.

Pero entonces negó apenas con la cabeza.

—Olvida lo que escuchaste.

—No puedo olvidar algo así.

Los ojos de Gael descendieron hacia su boca.

—Aprenderás.

Otra vez esa tensión.

Otra vez esa sensación insoportable de que él podía besarla o destruirla con la misma facilidad.

El teléfono interno sonó.

Gael respondió sin apartar la vista de Alma.

—¿Qué?

La voz nerviosa de una secretaria se escuchó incluso desde lejos.

—Señor Montenegro… su prometida sigue aquí. Y acaba de despedir a dos empleadas porque hablaron con la señorita Ferrer.

La mandíbula de Gael se tensó.

—Voy enseguida.

Colgó lentamente.

Alma cerró los ojos apenas un segundo.

Perfecto.

El odio de Renata había comenzado demasiado rápido.

—No necesito problemas —murmuró Alma.

Gael se acercó aún más.

—Ya eres un problema.

Aquella frase cayó sobre ella como fuego.

Porque la forma en que la dijo sonó peligrosamente personal.

Minutos después, el ambiente en el piso ejecutivo era un desastre silencioso.

Dos mujeres lloraban junto a sus escritorios mientras Renata Volkov permanecía impecable, elegante y fría en medio del caos.

—En mi empresa no tolero empleados incompetentes —declaró.

Gael apareció caminando por el pasillo con Alma detrás de él.

Y apenas Renata vio a la joven asistente, sonrió con crueldad.

—Justamente hablábamos de ella.

Gael ni siquiera miró a las empleadas despedidas.

Toda su atención estaba fija en Renata.

—¿Qué hiciste?

—Limpiar un poco el ambiente.

—No tienes autoridad aquí.

La sonrisa de Renata desapareció.

—Seré tu esposa. Todo lo tuyo me pertenece.

El silencio fue brutal.

Gael se acercó lentamente a ella.

Tan frío que incluso Alma sintió tensión.

—Escúchame bien, Renata —dijo con voz baja—. Nadie toca a mi personal sin mi autorización.

El rostro de la mujer cambió apenas.

Porque aquello no era una discusión de pareja.

Era una advertencia.

Y peor aún…

Gael acababa de humillarla frente a todos.

Los ojos claros de Renata se desviaron hacia Alma.

Llenos de odio.

—¿Qué tiene ella que no tenga yo?

La pregunta dejó paralizado el ambiente.

Gael no respondió enseguida.

Y ese pequeño silencio fue suficiente para destruir algo.

Porque Renata comprendió la verdad antes que nadie.

Gael Montenegro estaba empezando a obsesionarse con otra mujer.

La mandíbula de Renata tembló apenas.

Luego sonrió.

Pero fue una sonrisa peligrosa.

—Ten cuidado, Alma Ferrer —susurró acercándose lentamente—. Los hombres como Gael no aman. Destruyen.

Alma sostuvo su mirada aunque el corazón le golpeaba fuerte.

—No estoy interesada en su prometido.

Renata soltó una pequeña risa amarga.

—Eso dicen todas al principio.

Luego tomó su bolso y se marchó.

Pero el ambiente quedó contaminado por su amenaza.

Gael observó el ascensor cerrarse y luego giró hacia Alma.

—Ignórala.

—Creo que me odia.

—Renata odia perder.

Aquella respuesta inquietó aún más a Alma.

Porque sonó como si Gael ya hubiera elegido un bando.

Y eso era imposible.

Ridículo.

Peligroso.

Horas después, Alma intentaba concentrarse revisando documentos en la oficina privada mientras afuera la tormenta empeoraba.

Pero no podía dejar de pensar en todo lo ocurrido.




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