“Si sigues trabajando para Gael Montenegro, tu familia va a pagar las consecuencias.”
El teléfono tembló entre los dedos de Alma.
Su respiración se cortó.
La fotografía de su sobrino recién nacido en brazos de un desconocido hizo que el mundo entero desapareciera por un instante.
—¿Qué ocurrió?
La voz grave de Gael sonó inmediatamente frente a ella.
Alma bloqueó la pantalla por reflejo.
Demasiado tarde.
Gael ya había notado el terror en sus ojos.
—Nada.
—No vuelvas a mentirme.
Ella retrocedió un paso.
—Es un asunto personal.
Gael la observó fijamente durante varios segundos. Luego extendió la mano lentamente.
—Dame el teléfono.
—No.
La negativa salió demasiado rápido.
Demasiado nerviosa.
Y eso solo empeoró todo.
Los ojos oscuros de Gael se endurecieron.
—Alma.
—Puedo resolverlo sola.
Gael soltó una pequeña risa sin humor.
—Las personas dicen eso justo antes de destruirse.
El corazón de Alma latía violentamente.
No podía involucrarlo.
No sabía quién había enviado aquel mensaje, pero sí sabía algo: el apellido Montenegro estaba relacionado.
Y eso la aterraba.
Gael avanzó otro paso.
—¿Tu ex esposo?
Ella no respondió.
El silencio confirmó demasiado.
La mandíbula masculina se tensó.
—Muéstramelo.
—No.
Gael la tomó suavemente del brazo antes de que pudiera alejarse.
El contacto fue firme.
Dominante.
Peligrosamente íntimo.
—Nadie amenaza a las personas que trabajan para mí.
Aquella frase golpeó algo dentro de Alma.
Porque sonó protectora.
Pero también posesiva.
Como si Gael ya la considerara suya.
Ella apartó la mirada.
—No necesito que me proteja.
Gael inclinó apenas la cabeza.
—Eso está por verse.
Y entonces, sin previo aviso, tomó el teléfono de sus manos.
—¡Oiga…!
Demasiado tarde.
Gael observó la fotografía.
Y el aire cambió por completo.
Oscuridad.
Furia.
Peligro.
Sus ojos recorrieron lentamente el mensaje mientras el silencio se volvía insoportable.
—¿Quién envió esto?
—No lo sé.
Gael levantó la vista.
—¿Mientes o realmente no lo sabes?
—No tengo idea.
Él observó nuevamente la imagen.
Luego dijo algo que heló la sangre de Alma.
—Esa persona conoce a tu familia. Y sabe dónde vive tu hermana.
El miedo le cerró la garganta.
Gael marcó un número inmediatamente.
—Dante. Necesito que rastrees un teléfono ahora mismo.
Alma abrió los ojos.
—No haga eso.
—Ya lo hice.
—Gael…
—¿Quieres proteger a alguien?
Ella se quedó inmóvil.
Porque sí.
Una parte de ella seguía creyendo que todo estaba relacionado con su ex esposo, Bruno.
Y por absurdo que fuera, aún le costaba aceptar que el hombre con quien estuvo casada pudiera llegar tan lejos.
Gael observó su expresión.
Y entendió algo.
—Todavía sientes algo por él.
La acusación cayó como un golpe.
—No.
—Entonces explícame por qué dudas.
Alma sintió rabia.
—Porque usted no entiende nada de mi vida.
Gael sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa amable.
Fue amarga.
Peligrosa.
—Entiendo más de lo que crees.
El teléfono de Gael vibró segundos después.
Contestó sin dejar de mirarla.
—Habla.
La voz de Dante sonó rápida y tensa.
—El número es descartable. Pero encontré algo más interesante. La fotografía fue tomada hace menos de una hora.
Alma sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella acercándose.
Gael activó el altavoz.
—Significa que quien envió el mensaje estuvo cerca de tu familia hoy —respondió Dante—. Y no creo que esto tenga que ver con un ex marido celoso.
Un frío brutal recorrió el cuerpo de Alma.
—Entonces… ¿quién?
Hubo un pequeño silencio.
Y luego Dante dijo algo que cambió todo.
—Creo que alguien quiere llegar a Gael a través de ella.
El ambiente quedó completamente inmóvil.
Gael levantó lentamente la vista hacia Alma.
Y por primera vez desde que lo conocía, ella vio algo distinto en sus ojos.
Miedo.
Una hora después, el automóvil negro avanzaba bajo la lluvia por las calles de la ciudad.
Alma observaba por la ventana intentando controlar la ansiedad.
Gael conducía en silencio.
Tenso.
Peligrosamente callado.
—No hacía falta que me trajera —murmuró ella.
—Sí hacía falta.
—Puedo cuidar de mi familia.
Gael apretó más fuerte el volante.
—Eso no es una discusión.
Alma giró hacia él.
—No puede controlarlo todo.
Gael la miró apenas un segundo.
Y esa mirada bastó para estremecerla.
—No cuando se trata de ti.
El corazón de Alma se aceleró otra vez.
Era imposible escapar de la intensidad de ese hombre.
Incluso en medio del miedo.
Incluso cuando debería odiarlo.
El auto se detuvo frente al edificio de su familia.
Pero algo estaba mal.
Muy mal.
Las luces del departamento estaban apagadas.
Alma frunció el ceño.
—Mi madre nunca deja todo oscuro.
Salió del auto antes de que Gael pudiera detenerla.
Subió las escaleras rápidamente mientras el miedo le quemaba el pecho.
—¡Mamá!
Nadie respondió.
Gael apareció detrás de ella justo cuando Alma abrió la puerta del departamento.
El lugar estaba vacío.
Silencioso.
Demasiado silencioso.
El bolso de su madre seguía sobre la silla.
La mamadera del bebé seguía tibia.
Pero no había nadie.
Alma sintió que las piernas dejaban de responderle.
—No… no…
Gael recorrió el lugar rápidamente con la mirada.
Su expresión se volvió letal.