“Gael Montenegro mata a todas las mujeres que ama.”
La fotografía cayó de las manos de Alma.
El sonido del papel contra el suelo fue mínimo.
Pero el impacto dentro de ella fue devastador.
—¿Qué demonios significa esto…?
Su voz salió quebrada.
Gael observaba la imagen con una expresión imposible de descifrar. Sus ojos oscuros parecían haberse convertido en piedra.
Fríos.
Peligrosos.
Y, por primera vez, vulnerables.
Alma retrocedió lentamente.
—¿Quién hizo esto?
Gael no respondió enseguida.
Seguía mirando la fotografía tomada desde su ventana. La precisión. El ángulo. La cercanía.
Alguien la había vigilado durante días.
Tal vez semanas.
Y lo peor era que esa persona quería que Gael lo supiera.
La mandíbula masculina se tensó violentamente.
—Dante —dijo tomando el teléfono—. Necesito hombres aquí ahora.
La voz del hermano llegó inmediata.
—¿Qué pasó?
—Entraron al departamento de Alma. Su familia desapareció.
Silencio.
Luego Dante habló más bajo.
—¿Hay alguna señal?
Gael observó nuevamente la foto de su madre.
—Sí. Y ya sé quién está detrás de esto.
Alma levantó la vista de golpe.
—¿Quién?
Gael cortó la llamada lentamente.
Pero no respondió.
Eso la desesperó aún más.
—¡Gael!
Él caminó hacia la ventana del departamento sin apartar la mirada de la calle.
Como si esperara encontrar a alguien observándolos desde la oscuridad.
—Necesitas salir de aquí.
—No me moveré sin mi familia.
—No es negociable.
La forma en que lo dijo hizo que Alma sintiera rabia.
—¡Deja de darme órdenes!
Gael giró bruscamente hacia ella.
—¡Y tú deja de actuar como si entendieras el peligro en el que estás!
El silencio explotó entre ambos.
La respiración de Alma tembló.
Porque debajo de la furia había algo peor.
Miedo real.
Gael estaba asustado.
Y eso resultaba aterrador.
—¿Qué ocultas? —preguntó ella finalmente—. ¿Qué tiene que ver tu familia con todo esto?
Gael sostuvo su mirada durante largos segundos.
Luego se acercó lentamente.
Demasiado cerca.
—Mi madre desapareció hace veinte años.
Alma sintió un escalofrío.
—¿Desapareció?
—La policía dijo que murió. Nunca encontraron el cuerpo.
El ambiente pareció congelarse.
—¿Y tu padre?
La expresión de Gael se volvió oscura.
—Despertó del coma preguntando por ella.
El corazón de Alma comenzó a latir más rápido.
Todo sonaba enfermizo.
Peligroso.
Como si hubiera entrado en una historia mucho más grande de lo que imaginaba.
—¿Crees que sigue viva?
Gael no respondió inmediatamente.
Pero sus ojos dijeron demasiado.
Sí.
Una parte de él lo creía.
Y eso lo estaba destruyendo.
Treinta minutos después, cuatro camionetas negras rodeaban el edificio.
Hombres armados ingresaban y salían del departamento mientras Dante Montenegro revisaba cada rincón.
Alma permanecía inmóvil junto a la cocina, abrazándose a sí misma para intentar contener el miedo.
Gael no se apartaba de ella.
Ni un segundo.
Era extraño.
Cada vez que alguien se acercaba demasiado, él tensaba el cuerpo automáticamente.
Protector.
Posesivo.
Obsesivo.
Como si verla vulnerable despertara algo salvaje dentro suyo.
Dante apareció finalmente sosteniendo algo entre las manos.
Un pequeño dispositivo negro.
—Encontré esto debajo de la mesa del comedor.
Gael lo tomó inmediatamente.
—¿Qué es?
—Una cámara oculta.
El rostro de Alma perdió el color.
—¿Nos estuvieron observando?
—Sí —respondió Dante con seriedad—. Y hay algo peor.
Gael levantó la vista.
—Habla.
Dante dudó apenas.
—El dispositivo transmite directamente a una red privada Montenegro.
El silencio fue brutal.
Alma observó a ambos hermanos sin entender.
—¿Qué significa eso?
Gael tomó aire lentamente.
Pero fue Dante quien respondió.
—Significa que alguien dentro de nuestra familia está detrás de esto.
La tormenta empeoró entrada la noche.
Gael llevó a Alma a una de sus residencias privadas lejos de la ciudad. Una mansión moderna rodeada de bosques oscuros y enormes ventanales iluminados.
El lugar parecía sacado de una película.
Lujoso.
Frío.
Solitario.
Alma observó el paisaje apenas descendió del auto.
—No quiero quedarme aquí.
Gael cerró la puerta detrás de ella.
—No tienes opción.
—Mi familia sigue desaparecida.
—Y precisamente por eso estarás conmigo.
Aquella frase volvió a estremecerla.
Porque ya no sonaba como protección.
Sonaba como posesión.
Entraron a la mansión en silencio.
El interior olía a madera fina, whisky y tormenta.
Gael aflojó lentamente el cuello de su camisa mientras caminaba hacia el ventanal principal.
Agotado.
Furioso.
Peligrosamente hermoso.
Alma intentó ignorarlo.
Intentó recordar que debía mantenerse lejos.
Pero cada minuto cerca de él hacía más difícil pensar con claridad.
—Hay ropa en la habitación de invitados —dijo él sin mirarla—. Nadie entrará aquí sin mi autorización.
—¿Siempre vives solo?
Gael tomó un vaso de whisky.
—Siempre.
—¿Y tu prometida?
La mandíbula masculina se tensó apenas.
—Renata no pertenece a este lugar.
Ni a su vida.
Eso fue lo que Alma escuchó entre líneas.
Y le molestó más de lo que debería.
Porque no tenía derecho a sentir nada por él.
No después de un divorcio que la dejó rota.
No después de descubrir que Gael estaba rodeado de secretos y peligro.
Pero el deseo no entendía de lógica.
Y el cuerpo tampoco.
Gael bebió lentamente sin apartar los ojos de la lluvia.