Deseo Salvaje

Capítulo 7 - La mujer que regresó del infierno

—Hola, hijo. Han pasado muchos años… ¿verdad?

El mundo se detuvo.

La pantalla iluminaba la sala oscura con destellos intermitentes mientras el rostro de aquella mujer permanecía inmóvil, elegante y aterradoramente real.

Gael no respiraba.

No parpadeaba.

Nada.

Como si acabara de convertirse en piedra.

Alma sintió el cuerpo masculino tensarse junto al suyo mientras Dante observaba la transmisión completamente pálido.

—No puede ser… —murmuró él.

Pero sí era.

Porque aquellos ojos…

Eran exactamente iguales a los de Gael.

La mujer sonrió apenas desde la pantalla.

Una sonrisa triste.

Cansada.

Y peligrosamente humana.

—Sé que debes tener muchas preguntas —continuó ella—. Pero si estás viendo esto significa que Julián finalmente regresó por ustedes.

Gael avanzó lentamente hacia la pantalla.

Como hipnotizado.

—Mamá…

La palabra salió rota.

Y escucharla destruyó algo dentro de Alma.

Porque aquel hombre frío, dominante e inalcanzable acababa de sonar como un niño perdido.

La imagen sufrió una breve interferencia.

Luego la mujer volvió a hablar.

—No confíes en tu padre, Gael. Nunca lo hagas.

El silencio explotó en la habitación.

Dante dio un paso adelante.

—¿Qué demonios significa eso?

Pero la transmisión continuó.

—La noche del incendio no fue un accidente. Y Julián no fue quien me secuestró.

Gael sintió que la sangre dejaba de circularle.

—No…

La mujer bajó la mirada apenas un segundo antes de continuar.

—Tu padre intentó matarme.

Alma abrió los ojos con horror.

Y Gael reaccionó finalmente.

Tomó una botella de whisky cercana y la lanzó contra la pantalla con violencia brutal.

El vidrio explotó.

La transmisión desapareció.

Silencio absoluto.

La respiración agitada de Gael llenó la sala mientras permanecía inmóvil entre los restos rotos.

Furia.

Dolor.

Confusión.

Todo mezclado.

—¡Eso es mentira! —rugió Dante.

Gael cerró los ojos con fuerza.

Pero el rostro de su madre seguía allí.

Vivo.

Real.

Después de veinte años.

Alma observó a los hermanos Montenegro y entendió algo aterrador:

Toda la vida de Gael acababa de derrumbarse frente a ella.

La madrugada avanzó pesada y silenciosa.

Nadie hablaba demasiado.

Los guardias revisaban cámaras, conexiones y rastros de la transmisión mientras Dante discutía con el equipo de seguridad.

Gael desapareció.

Y eso comenzó a preocupar a Alma más de lo que debería.

Lo encontró finalmente en la terraza exterior de la mansión bajo la lluvia.

Sin abrigo.

Sin moverse.

Observando la oscuridad.

El viento agitaba su camisa negra completamente empapada.

Parecía un hombre destruido.

Alma dudó unos segundos antes de acercarse.

—Vas a enfermarte.

Gael soltó una pequeña risa amarga.

—Eso sería lo menos grave esta noche.

Ella se colocó a su lado.

El silencio entre ambos ya no era incómodo.

Era íntimo.

Doloroso.

—¿Crees que era realmente ella? —preguntó Alma finalmente.

Gael tardó en responder.

—Sí.

La certeza en su voz estremeció a Alma.

—Entonces tu madre está viva.

Gael apretó la mandíbula.

—Y mi padre me mintió toda la vida.

La lluvia caía lentamente sobre ambos.

Alma observó el perfil masculino.

La dureza.

La rabia contenida.

Y debajo de todo eso… un vacío inmenso.

Sin pensarlo demasiado, tomó suavemente su mano.

Gael bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

Y algo cambió.

Porque nadie lo tocaba así.

Sin miedo.

Sin interés.

Sin querer algo a cambio.

Alma sintió la intensidad de sus ojos clavarse en ella.

—No deberías acercarte a mí cuando estoy así.

La voz grave descendió lentamente por su piel.

—¿Así cómo?

Gael dio un paso más cerca.

—Sin control.

El corazón de Alma golpeó violentamente.

Porque la forma en que la observaba ya no dejaba dudas.

Deseo.

Obsesión.

Necesidad.

Todo estaba ahí.

Gael levantó lentamente una mano y apartó un mechón mojado de su rostro.

El roce fue suave.

Demasiado íntimo.

—Desde que apareciste… todo empezó a romperse.

Alma tragó saliva.

—Eso no es mi culpa.

—No dije que lo fuera.

La tensión creció entre ambos como fuego.

Peligroso.

Imparable.

Gael apoyó una mano detrás de la cintura de Alma y la acercó lentamente hacia él.

Sus cuerpos quedaron pegados bajo la lluvia.

Y Alma dejó de pensar.

Porque el calor de ese hombre era adictivo.

Porque cada mirada suya parecía desnudarle el alma.

Gael descendió lentamente hacia su boca.

Muy despacio.

Como si quisiera darle tiempo de escapar.

Pero Alma no se movió.

No pudo.

Sus labios quedaron a milímetros.

La respiración de ambos se mezcló.

Y entonces…

—Gael.

La voz femenina atravesó la terraza como un cuchillo.

Ambos se separaron inmediatamente.

Renata Volkov permanecía en la entrada observándolos bajo la lluvia.

Y la expresión en su rostro era devastadora.

Había visto todo.

Absolutamente todo.

Los ojos claros de Renata descendieron lentamente hacia la mano de Gael todavía apoyada en la cintura de Alma.

Luego volvió a mirarlo a él.

—Así que era verdad.

Gael permaneció completamente serio.

—¿Qué haces aquí?

Renata soltó una risa fría.

—Tu gente intentó impedirme entrar. Qué humillante para tu futura esposa.

Alma retrocedió inmediatamente.

Incómoda.

Culpable.

Pero Gael ni siquiera la miró a ella.

Toda su atención estaba puesta en Renata.

—No deberías haber venido.




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