“Pregúntale a tu querido jefe por qué tu apellido aparece en los archivos secretos de la familia Montenegro.”
Las palabras de Renata quedaron flotando bajo la lluvia como una sentencia.
Alma sintió que el corazón dejaba de latirle.
Gael permaneció inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Y eso fue peor que cualquier respuesta.
Renata observó el silencio entre ambos y sonrió con una satisfacción venenosa antes de desaparecer dentro de la mansión.
El trueno que estalló segundos después hizo temblar los ventanales.
Pero Alma ya estaba temblando por otra cosa.
—¿Qué quiso decir?
Gael no respondió.
Ella dio un paso hacia él.
—¡Gael!
Él pasó una mano por su rostro mojado y cerró los ojos apenas un instante.
Como si estuviera intentando contener una explosión interna.
—No ahora.
—No me digas “no ahora” después de eso.
Gael abrió finalmente los ojos.
Oscuros.
Agotados.
Peligrosos.
—Hay cosas que todavía no entiendo.
—¿Mi apellido está relacionado con tu familia sí o no?
El silencio volvió.
Y Alma comprendió la verdad antes de escucharlo.
Sí.
Su respiración comenzó a agitarse.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Gael tragó saliva lentamente.
—Desde antes de contratarte.
El impacto fue brutal.
Alma retrocedió como si la hubieran golpeado.
—¿Qué…?
—Investigué tu pasado.
—¡¿Por eso me diste el trabajo?!
Gael avanzó un paso.
—Alma…
—¡No me toques!
La furia y la humillación le quemaban el pecho.
Todo comenzó a tener otro sentido.
Las preguntas extrañas.
La intensidad inmediata.
La forma en que él parecía conocer demasiado sobre ella desde el primer día.
Gael respiró hondo.
—Tu apellido apareció en documentos antiguos relacionados con mi madre.
El aire se congeló.
—Explícate.
Pero antes de que él pudiera responder, Dante apareció abruptamente en la terraza.
Y su expresión era alarmante.
—Gael… tenemos otro problema.
Gael maldijo en voz baja.
—¿Qué pasó ahora?
Dante observó apenas a Alma antes de hablar.
—Tu padre desapareció del hospital.
El silencio explotó otra vez.
Gael endureció completamente el rostro.
—Eso es imposible.
—Tres guardias terminaron inconscientes. Alguien lo sacó de allí hace menos de veinte minutos.
La tormenta parecía rugir alrededor de ellos.
Y Alma sintió un escalofrío brutal.
Porque todo estaba ocurriendo demasiado rápido.
Demasiado oscuro.
Gael pasó inmediatamente al modo frío y dominante que ella ya comenzaba a conocer.
—Cierren todos los accesos de la ciudad. Revisen cámaras, aeropuertos, puertos, todo.
Dante asintió y desapareció nuevamente.
Pero antes de irse, miró a Alma de una forma extraña.
Como si estuviera empezando a verla diferente.
Como si también dudara de quién era realmente.
Y eso la destruyó más.
Minutos después, Alma caminaba sola por uno de los largos pasillos de la mansión.
Intentando respirar.
Intentando pensar.
Pero cada revelación la hundía más.
Su apellido en archivos secretos.
La madre de Gael viva.
Un hombre muerto que regresaba.
Un padre desaparecido.
Y Gael…
Siempre Gael en medio de todo.
La puerta de una oficina entreabierta llamó su atención.
Luces encendidas.
Papeles sobre el escritorio.
Alma se acercó lentamente.
Y entonces lo vio.
Un archivo abierto con su nombre completo escrito en letras negras.
ALMA FERRER.
El corazón comenzó a golpearle violentamente.
Entró.
No debía hacerlo.
Pero ya era demasiado tarde para mantenerse al margen.
Abrió el expediente lentamente.
Fotografías.
Fechas.
Documentos.
Y una imagen antigua de su madre abrazando a una mujer elegante que Alma reconoció de inmediato.
La madre de Gael.
Sus manos comenzaron a temblar.
Debajo de la fotografía había una nota escrita a mano:
“Helena Montenegro y Clara Ferrer. Último encuentro antes del incendio.”
Alma sintió que el aire desaparecía.
Su madre conocía a la familia Montenegro.
Toda la vida.
Y jamás se lo dijo.
—No deberías estar viendo eso.
La voz grave detrás de ella la hizo sobresaltarse.
Gael.
Alma giró lentamente con lágrimas contenidas en los ojos.
—¿Mi madre conocía a la tuya?
Gael cerró la puerta detrás de él.
—Sí.
—¿Por qué me ocultaste esto?
Él se acercó lentamente.
—Porque necesitaba entender qué relación tenía tu familia con la desaparición de mi madre.
La frase cayó como un cuchillo.
—¿Crees que mi familia le hizo daño?
—No lo sé.
Eso dolió más que cualquier mentira.
Alma sintió rabia.
Dolor.
Humillación.
—Entonces todo este tiempo fui solo una investigación para ti.
Gael negó apenas con la cabeza.
—Al principio sí.
El corazón de Alma se rompió un poco.
Pero él continuó.
—Después dejaste de ser solo eso.
La intensidad en su voz hizo que el ambiente cambiara otra vez.
Peligroso.
Íntimo.
Adictivo.
Gael se acercó aún más.
—Y ese fue mi peor error.
Alma sostuvo su mirada sintiendo el pecho arderle.
Porque incluso furiosa…
Seguía deseándolo.
Y odiaba eso.
—No sé si puedo confiar en ti.
Gael levantó lentamente una mano.
Rozó apenas su rostro.
—Yo tampoco puedo confiar en mí cuando estoy cerca de ti.
El corazón de Alma se aceleró brutalmente.
Maldito hombre.
Maldita forma de mirarla.
Como si ella fuera lo único capaz de destruirlo.
Gael deslizó lentamente los dedos por su cuello mientras ambos permanecían atrapados en aquella tensión insoportable.