“Exactamente igual a su madre… ahora entiendo por qué te obsesionaste con ella, hijo.”
El beso aún ardía en los labios de Alma cuando aquellas palabras la atravesaron como un disparo.
Gael se apartó inmediatamente de ella.
Pero no por culpa.
Por furia.
Una oscuridad brutal endureció su rostro mientras observaba al hombre que acababa de entrar.
Tomás Montenegro.
El hombre más poderoso del país.
Y también el hombre que acababa de destruir la poca estabilidad que quedaba en aquella habitación.
Alma sentía el corazón descontrolado.
—¿Mi madre? —susurró confundida.
Tomás sonrió apenas.
Pero era una sonrisa fría.
Calculadora.
—Clara Ferrer era una mujer hermosa. Demasiado hermosa para acercarse a esta familia.
Gael avanzó inmediatamente.
—No deberías haber salido del hospital.
—Y tú no deberías besar a una mujer vinculada con nuestra desgracia.
La tensión explotó.
Alma observó a ambos hombres sintiendo que algo terrible estaba a punto de revelarse.
Gael parecía al borde de perder el control.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella finalmente.
Tomás desvió la mirada hacia Alma.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Algo incómodo.
La observó durante demasiado tiempo.
Como si estuviera viendo un recuerdo.
—Tienes los ojos de Clara —murmuró.
Gael dio un paso brusco hacia adelante.
—No la mires así.
El silencio cayó de golpe.
Incluso Alma quedó paralizada por la intensidad de aquella frase.
Porque no había sido una advertencia normal.
Había sido posesiva.
Salvaje.
Tomás soltó una pequeña risa amarga.
—Te pareces demasiado a mí cuando se trata de mujeres imposibles.
Gael apretó la mandíbula.
—Vete.
—No antes de hablar de Helena.
El nombre de su madre cambió inmediatamente el ambiente.
Gael endureció el rostro.
Y Alma comprendió algo importante: Helena Montenegro seguía siendo la herida más profunda de esa familia.
Tomás caminó lentamente hacia el escritorio.
Elegante incluso después de escapar de un hospital.
—Vi el video —dijo finalmente—. Ella está viva.
El corazón de Gael se tensó.
—¿La viste realmente o es otro de tus juegos?
Tomás levantó lentamente la vista.
—Tu madre jamás habría regresado por voluntad propia.
Aquella frase heló el aire.
Alma observó la reacción de Gael.
La rabia.
El dolor.
La confusión.
Todo dentro de él parecía quebrarse.
—¿Entonces por qué desapareció? —preguntó con voz grave.
Tomás permaneció callado unos segundos.
Y luego dijo algo que cambió todo.
—Porque estaba embarazada del hijo de otro hombre.
El mundo se detuvo.
Alma abrió los ojos con horror.
Gael quedó completamente inmóvil.
—¿Qué…?
Tomás tomó aire lentamente.
—Helena me engañó con Julián Salvatore.
El silencio fue brutal.
Pero lo peor fue la expresión de Gael.
Porque por primera vez parecía realmente destruido.
—Eso es mentira.
—Ojalá lo fuera.
Alma sintió que las piernas le temblaban.
Todo se volvía más oscuro.
Más enfermizo.
Más imposible.
Tomás continuó hablando con una calma aterradora.
—La noche del incendio descubrí la verdad. Discutimos. Julián apareció. Todo terminó en sangre y fuego.
Gael avanzó lentamente.
—¿La mataste?
La pregunta quedó suspendida como una bomba.
Tomás sostuvo la mirada de su hijo.
—No.
Pero algo en su expresión hizo que nadie pudiera creerle completamente.
Alma observó a Gael.
Y comprendió algo devastador.
Él ya no sabía quién era el monstruo real de esta historia.
Horas después, la tensión seguía consumiendo la mansión.
Tomás permanecía encerrado en una oficina con Dante mientras equipos de seguridad intentaban localizar a Julián Salvatore.
Pero Gael desapareció nuevamente.
Y Alma lo encontró en el gimnasio privado de la casa.
Golpeando brutalmente un saco de boxeo.
Una y otra vez.
Como si quisiera destruir algo.
O destruirse él mismo.
El sudor corría por su cuerpo mientras la furia endurecía cada músculo de su espalda.
Alma permaneció observándolo en silencio.
Hasta que él habló sin mirarla.
—No deberías estar aquí.
—Tú tampoco deberías estar solo.
Gael soltó una pequeña risa amarga.
—No sabes nada sobre mí, Alma.
Ella se acercó lentamente.
—Sé que estás sufriendo.
Eso lo hizo detenerse.
Gael apoyó ambas manos sobre el saco, respirando agitado.
—Toda mi vida odié a Julián Salvatore por destruir a mi familia.
Giró lentamente hacia ella.
Y Alma sintió un escalofrío.
Porque había dolor real en sus ojos.
—Pero ahora no sé si el verdadero monstruo siempre fue mi padre.
El silencio entre ambos se volvió íntimo.
Doloroso.
Alma se acercó aún más.
Gael estaba sin camisa.
Cubierto de sudor.
Hermoso de una forma peligrosa.
Y aun roto… seguía irradiando poder.
—No tienes que cargar con los pecados de otros.
Gael levantó lentamente la vista hacia ella.
—Eso dices porque todavía no conoces los míos.
El corazón de Alma se aceleró.
—¿Qué significa eso?
Gael caminó hacia ella lentamente.
Hasta quedar demasiado cerca.
—Que no soy un buen hombre.
La tensión volvió a crecer entre ambos.
Inevitable.
Adictiva.
Alma tragó saliva mientras él descendía lentamente la mirada hacia sus labios.
—Y aun así sigues acercándote a mí.
—Tal vez porque tú tampoco me dejas escapar.
Gael soltó una pequeña exhalación.
Como si esa respuesta hubiera terminado de romper el poco control que le quedaba.
La tomó de la cintura abruptamente.
Y la besó otra vez.