Deseo Salvaje

Capítulo 12 - La mujer que apuntó al bebé

Helena Montenegro sostenía el arma con una mano firme.

Y con la otra… abrazaba al bebé de Vera contra su pecho.

La imagen congeló el aire dentro de la habitación.

Alma sintió que el corazón se le detenía.

—No… Dios mío…

El teléfono tembló entre los dedos de Dante mientras Gael observaba la fotografía completamente inmóvil.

Pero sus ojos…

Sus ojos se habían vuelto oscuros.

Peligrosos.

Mortales.

Porque aquella mujer era su madre.

Y aun así estaba amenazando a un inocente.

—¿Dónde encontraron esa imagen? —preguntó Gael con voz fría.

Dante tragó saliva.

—La enviaron hace menos de dos minutos desde un número privado.

Alma se acercó desesperadamente arrebatándole el teléfono.

—¡Mi sobrino…!

Las lágrimas comenzaron a caerle sin control.

El bebé dormía ajeno al horror que lo rodeaba.

Y Helena…

Helena parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si sostener un arma apuntando a un recién nacido fuera algo normal.

Tomás Montenegro observó la fotografía desde el fondo de la habitación.

Y palideció lentamente.

—Helena…

Gael giró bruscamente hacia él.

—¿Qué le hiciste?

La tensión explotó de inmediato.

Tomás endureció la mirada.

—No fui yo quien la convirtió en esto.

—¡Mientes!

El rugido de Gael hizo estremecer toda la habitación.

Alma jamás lo había visto así.

Tan fuera de control.

Tan peligrosamente roto.

—Ella jamás habría tocado a un bebé antes de conocerte —continuó Gael con odio puro—. Tú destruiste todo lo que amaba.

Tomás avanzó lentamente.

—Y Julián terminó el trabajo.

Gael estuvo a punto de golpearlo.

Dante tuvo que interponerse rápidamente.

—¡BASTA!

Pero ya era tarde.

Porque el infierno dentro de esa familia finalmente estaba explotando.

Una hora después, Vera Ferrer había sido llevada a la mansión Montenegro bajo estricta protección.

Estaba débil.

Pálida.

Y completamente aterrorizada.

Alma corrió hacia ella apenas la vio entrar.

—¡Vera!

Su hermana comenzó a llorar desesperadamente abrazándola.

—Se llevaron a mi bebé…

Aquello terminó de romperla.

Alma sintió que las piernas le fallaban.

Gael apareció inmediatamente detrás de ella, sosteniéndola antes de que cayera.

Y el simple contacto bastó para desatar otra tormenta emocional.

Porque incluso destruida…

Seguía sintiendo seguridad en sus brazos.

Y odiaba eso.

Vera levantó lentamente la vista hacia Gael.

Y el miedo cruzó por sus ojos.

—Ella dijo que eras igual que tu padre…

El rostro de Gael se endureció.

—¿Helena dijo eso?

Vera asintió rápidamente.

—Ella parecía… confundida. A veces lloraba. A veces hablaba sola.

Tomás observaba todo desde lejos.

Silencioso.

Como si cada palabra lo estuviera arrastrando nuevamente al pasado.

—¿Qué más dijo? —preguntó Gael.

Vera dudó unos segundos.

Y luego susurró algo que heló la sangre de todos.

—Dijo que el bebé no era el verdadero objetivo.

El corazón de Alma comenzó a latir violentamente.

—¿Entonces quién?

Vera miró lentamente a Alma.

Y respondió con la voz quebrada.

—Tú.

El silencio cayó como una bomba.

Gael endureció inmediatamente el cuerpo junto a Alma.

Posesivo.

Protector.

Peligrosamente alerta.

—¿Por qué yo? —preguntó Alma apenas pudiendo respirar.

Vera comenzó a llorar otra vez.

—Porque Helena decía que “la hija de Julián debe pagar por los pecados de su padre”.

El mundo volvió a desmoronarse.

Alma retrocedió lentamente.

Y por primera vez desde que descubrió la verdad…

Sintió miedo de sí misma.

Porque todos parecían verla como una amenaza.

Un arma.

Un castigo.

Nunca simplemente como Alma.

Más tarde esa noche, la tormenta finalmente había cesado.

Pero dentro de la mansión Montenegro todo seguía siendo oscuridad.

Gael permanecía en su despacho revisando fotografías, archivos y ubicaciones posibles mientras la tensión lo consumía lentamente.

No podía pensar con claridad.

Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de su madre apuntando a un bebé.

Y peor aún…

Veía el miedo en los ojos de Alma.

Eso era lo único que realmente le importaba ahora.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

Alma.

Gael levantó inmediatamente la vista.

Ella llevaba una camisa blanca demasiado grande y el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros.

Hermosa.

Frágil.

Y completamente agotada.

El deseo golpeó brutalmente dentro suyo otra vez.

Incluso en medio del caos.

Incluso sabiendo que todo entre ellos era una mala idea.

—No deberías estar despierta —murmuró él.

Alma cerró lentamente la puerta detrás de sí.

—No puedo dormir.

Gael observó las sombras bajo sus ojos.

La tristeza.

El miedo.

Y sintió una necesidad enfermiza de protegerla de todo.

Incluso de sí mismo.

—Ven aquí.

La voz grave descendió lentamente sobre ella.

Y Alma obedeció antes de pensar.

Se acercó hasta quedar frente al escritorio.

Gael la observó en silencio unos segundos.

Luego levantó una mano y acarició lentamente su muñeca.

El contacto fue suave.

Pero cargado de tensión.

—¿Tienes miedo de mí ahora?

La pregunta salió más vulnerable de lo que pretendía.

Alma sostuvo su mirada.

Y esa respuesta silenciosa casi lo destruyó.

Porque sí.

Una parte de ella tenía miedo.

Pero no del hombre poderoso.

No del Montenegro dominante.

Tenía miedo de cuánto comenzaba a necesitarlo.

Alma tragó saliva lentamente.

—No sé qué pensar.

Gael se puso de pie.




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