La pequeña manta blanca estaba manchada de rojo.
Y el mundo de Alma se destruyó en ese instante.
—No…
La voz apenas salió de su garganta.
Dante sostenía la tela con el rostro endurecido mientras el silencio consumía la entrada principal de la mansión.
Gael reaccionó primero.
Le arrebató la manta de las manos.
Sus ojos recorrieron cada mancha de sangre con una frialdad aterradora.
Pero Alma lo conocía lo suficiente para notar la verdad.
Estaba al borde de perder el control.
—¿Cuánta sangre? —preguntó con voz grave.
Dante tragó saliva.
—No demasiada.
Alma sintió que las piernas dejaban de responderle.
—Eso no significa nada…
Gael giró inmediatamente hacia ella.
—No vamos a asumir lo peor.
Pero incluso él parecía no creerse del todo sus propias palabras.
Tomás Montenegro apareció lentamente desde el pasillo.
Y cuando vio la manta…
Palideció.
—Ese sanatorio fue de Julián.
Gael levantó la vista de golpe.
—Lo sé.
Tomás negó lentamente.
—No entiendes. Ese lugar está conectado con todo esto.
La tensión volvió a explotar.
Gael avanzó peligrosamente hacia su padre.
—Entonces esta vez vas a hablar.
Tomás sostuvo la mirada de su hijo.
Y por primera vez parecía cansado.
Realmente cansado.
—El sanatorio Salvatore era una clínica psiquiátrica privada. Allí escondíamos personas… problemas… secretos.
El aire se congeló.
Alma sintió un escalofrío brutal.
—¿Qué clase de secretos?
Tomás bajó lentamente la mirada.
—Mujeres embarazadas. Hijos ilegítimos. Escándalos políticos.
El horror atravesó la habitación.
Gael parecía a punto de explotar.
—¿Llevaste a mamá allí?
Silencio.
Y esa respuesta muda dijo demasiado.
Gael lo golpeó.
El puñetazo fue brutal.
Tomás cayó contra una mesa mientras Dante intentaba intervenir.
—¡Gael!
Pero él ya había perdido completamente la paciencia.
—¡La encerraste como si estuviera loca!
Tomás levantó lentamente el rostro ensangrentado.
Y respondió algo que heló el alma de todos.
—Porque después de descubrir la verdad… Helena realmente comenzó a perder la cordura.
La noche parecía más oscura que nunca cuando las camionetas negras avanzaron hacia las afueras de la ciudad.
El antiguo sanatorio Salvatore emergía entre árboles secos y niebla espesa como un cadáver abandonado.
Ventanas rotas.
Paredes destruidas.
Oscuridad absoluta.
Alma observó el edificio desde el asiento del vehículo y sintió un miedo imposible de explicar.
Algo horrible había ocurrido allí.
Podía sentirlo.
Gael estaba sentado a su lado.
Silencioso.
Con una pistola cargada entre las manos.
Y aun así…
Su otra mano permanecía aferrada a la de ella.
Firme.
Protectora.
Como si no pudiera soltarla.
Alma observó sus dedos entrelazados.
—Gael…
Él giró apenas hacia ella.
Los ojos oscuros brillaban en medio de la penumbra.
—Quédate cerca de mí.
No fue una sugerencia.
Fue una necesidad.
Y eso hizo que el corazón de Alma volviera a dolerle.
Porque incluso rodeado de violencia y secretos… seguía sintiendo algo devastador por ese hombre.
Las camionetas se detuvieron finalmente frente al sanatorio.
Dante descendió primero junto a varios hombres armados.
—No hay movimiento afuera.
Gael salió inmediatamente del vehículo.
El viento frío golpeó el rostro de Alma mientras observaba el edificio abandonado.
Y entonces lo escuchó.
Un llanto.
Muy suave.
Muy lejano.
Pero real.
El bebé.
—¡Está aquí!
Alma corrió hacia la entrada antes de que pudieran detenerla.
—¡Alma! —rugió Gael.
Demasiado tarde.
Las enormes puertas oxidadas se abrieron de golpe apenas ella las empujó.
Oscuridad.
Polvo.
Y un olor horrible a humedad y abandono.
El llanto volvió a escucharse.
Más fuerte.
Alma avanzó desesperada siguiendo el sonido.
—¡Mi amor! ¡Dónde estás!
Gael apareció detrás de ella inmediatamente.
Furioso.
Protector.
—Te dije que no te separaras de mí.
Pero Alma ya no podía pensar.
El llanto del bebé resonaba por los largos pasillos destruidos.
Hasta que finalmente llegaron a una antigua sala de internación.
Y lo encontraron.
El bebé estaba solo sobre una cama oxidada.
Llorando.
Vivo.
Alma corrió inmediatamente hacia él.
—¡Gracias a Dios!
Lo tomó en brazos desesperadamente mientras las lágrimas comenzaban a caerle sin control.
Pero Gael no se relajó.
Todo lo contrario.
Su cuerpo se tensó aún más.
—Esto es una trampa.
La puerta metálica se cerró violentamente detrás de ellos.
El estruendo hizo que Alma gritara sobresaltada.
Gael reaccionó inmediatamente intentando abrirla.
Bloqueada.
—¡Dante!
No hubo respuesta.
Y entonces una vieja grabación comenzó a sonar desde los altavoces oxidados del lugar.
La voz de Helena Montenegro inundó la habitación.
—Si están escuchando esto… ya es demasiado tarde.
El corazón de Gael comenzó a golpear violentamente.
—Mamá…
La grabación continuó entre interferencias.
—Tomás mintió sobre todo. Sobre Julián. Sobre mí. Sobre los niños.
Alma sintió un escalofrío.
¿Los niños?
Gael permanecía inmóvil escuchando.
La respiración pesada.
La furia creciendo lentamente dentro suyo.
—Él robó bebés durante años —continuó Helena—. Hijos de familias poderosas. Hijos no deseados. Hijos usados para comprar silencio.
El horror cayó sobre la habitación.
Alma abrazó al bebé con más fuerza.
Gael parecía dejar de respirar.
Y entonces llegó la peor frase.