Helena Montenegro sostenía el arma sin temblar.
Apuntando directamente al pecho de su hijo.
Y Gael… no podía apartar la mirada de ella.
Veinte años.
Veinte malditos años creyéndola muerta.
Y ahora estaba allí.
Viva.
Hermosa.
Rota.
Convertida en una sombra peligrosa de la mujer que recordaba.
El viejo sanatorio permanecía en silencio absoluto mientras Julián Salvatore sonreía desde las sombras.
—Qué escena tan conmovedora —murmuró con ironía—. La familia reunida al fin.
Alma abrazó al bebé con fuerza contra su pecho.
El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas podía respirar.
Todo se estaba desmoronando.
Su identidad.
Su pasado.
Su familia.
Nada tenía sentido.
—Baja el arma, mamá —dijo Gael lentamente.
La voz grave salió cargada de tensión.
Pero Helena negó apenas.
Y ese pequeño movimiento fue devastador.
Porque sus ojos estaban llenos de dolor.
—No puedo hacerlo.
Gael dio un paso adelante.
—Él te manipuló.
Julián soltó una carcajada baja.
—No, muchacho. Yo fui el único que la salvó de tu padre.
La tensión explotó nuevamente.
Gael levantó el arma hacia Julián.
—Cállate.
Pero Helena reaccionó inmediatamente.
—¡No le dispares!
El grito resonó por toda la habitación.
Gael quedó inmóvil.
Y entonces comprendió algo aterrador.
Ella seguía protegiendo a Julián.
Después de todo.
Después de veinte años.
Eso le destrozó algo por dentro.
Alma observaba la escena sintiendo que estaba atrapada dentro de una pesadilla.
Hasta que Julián giró lentamente hacia ella.
Y sonrió.
—Hola, Alma.
El miedo le recorrió todo el cuerpo.
Porque aquel hombre tenía sus mismos ojos.
Los mismos rasgos.
Y aun así… se sentía como un extraño.
—¿Eres realmente mi padre?
La pregunta quebró el silencio.
Julián sostuvo su mirada unos segundos.
Luego respondió algo que volvió a destruirlo todo.
—No lo sé.
El aire desapareció.
Gael giró bruscamente hacia él.
—¿Qué dijiste?
Julián avanzó lentamente.
Elegante.
Perturbadoramente tranquilo.
—Tomás jugó con demasiadas vidas en este lugar. Cambió nombres, robó bebés, compró médicos. Después de tantos años… ni siquiera estoy seguro de quién pertenece realmente a quién.
Alma sintió náuseas.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Helena cerró los ojos con dolor.
Y finalmente habló.
—Tomás dirigía una red secreta desde este sanatorio. Hijos ilegítimos de políticos, empresarios, jueces… bebés vendidos, intercambiados, ocultados.
El horror cayó sobre todos.
Gael parecía a punto de explotar.
—¿Y tú participaste?
La culpa atravesó el rostro de Helena.
—Intenté detenerlo.
Tomás Montenegro.
Siempre Tomás.
Como un monstruo escondido detrás del imperio perfecto.
Julián observó a Gael con una sonrisa amarga.
—Tu padre construyó su fortuna sobre el sufrimiento de otros.
Gael apretó el arma con fuerza.
—Y tú secuestraste mujeres obsesionado con una que jamás te amó.
El odio entre ambos hombres parecía capaz de incendiar la habitación.
Helena comenzó a temblar.
—¡Basta… basta los dos!
Pero nadie escuchaba ya.
Porque décadas de secretos estaban explotando finalmente.
De pronto, una alarma comenzó a sonar en el sanatorio.
Luz roja.
Intermitente.
Caótica.
Dante apareció violentamente derribando la puerta junto a hombres armados.
—¡Gael!
Pero apenas entraron…
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un disparo.
Luego otro.
Gritos.
El bebé comenzó a llorar desesperadamente en brazos de Alma mientras ella se arrojaba al suelo por reflejo.
Gael reaccionó inmediatamente cubriéndola con el cuerpo.
Protector.
Salvaje.
Posesivo.
Como si el mundo entero pudiera derrumbarse mientras ella siguiera viva.
—¡No la sueltes! —rugió él.
Julián aprovechó el caos para escapar hacia los pasillos oscuros del sanatorio.
Y Helena…
Helena dudó apenas un segundo antes de correr detrás de él.
—¡MAMÁ! —gritó Gael.
Pero ella no se detuvo.
Aquello lo destruyó más que cualquier bala.
Gael intentó perseguirlos, pero Alma lo sujetó del brazo.
—¡El bebé está herido!
Todo se detuvo.
Gael miró inmediatamente al pequeño.
La sangre sobre la manta no era tanta… pero sí suficiente para helar el alma.
—Necesitamos salir de aquí ahora.
Minutos después, el caos consumía el sanatorio.
Hombres corriendo.
Disparos lejanos.
Pasillos incendiándose.
Porque alguien había activado explosivos dentro del edificio.
Julián pensaba destruirlo todo.
Otra vez.
Gael caminaba rápidamente sosteniendo el arma mientras protegía a Alma y al bebé.
—Por aquí.
El humo comenzaba a llenar los corredores.
Alma tosió intentando cubrir al pequeño.
—No puedo respirar…
Gael se quitó inmediatamente la camisa y cubrió con ella tanto al bebé como parte del rostro de Alma.
Incluso en medio del infierno… seguía pensando primero en ella.
Siempre ella.
El techo tembló violentamente sobre sus cabezas.
—¡Muévanse!
Corrieron por una escalera destruida mientras el fuego comenzaba a extenderse.
Y entonces Alma vio algo.
Una puerta metálica semiabierta.
Con una luz encendida adentro.
—Gael…
Él giró.
Y vio lo mismo.
Una antigua sala de archivos.
Gael dudó apenas un instante.
Luego tomó una decisión.
—Dante, sácalas de aquí.
Alma lo miró horrorizada.
—¿Qué vas a hacer?
—Encontrar respuestas.
—¡Gael, el edificio va a explotar!
Él se acercó rápidamente hacia ella.