Deseo Salvaje

Capítulo 16 — La verdad que arde

—¡No dispares! —rugió Gael, atravesando el salón principal de la mansión Montenegro mientras las alarmas seguían sonando desde el sistema de seguridad.

Pero Helena Montenegro ya tenía el dedo sobre el gatillo.

Y Tomás Montenegro sonreía.

Una sonrisa lenta.

Oscura.

Como si hubiera esperado ese instante durante años.

El estruendo del disparo sacudió la mansión.

Alma gritó.

Dante desenfundó su arma.

Los guardias apuntaron en todas direcciones.

Y por un segundo, nadie entendió quién había recibido la bala.

Hasta que Renata Volkov cayó de rodillas sobre el mármol blanco, llevándose las manos al abdomen.

—¡Maldita loca! —escupió con los ojos desorbitados.

Helena ni siquiera la miró.

Seguía apuntando a Tomás.

—La próxima entra en su corazón.

Gael corrió hacia Renata por reflejo, pero ella lo empujó violentamente.

—¡No me toques! ¡Ella quería matarme!

—¡Cállate! —gritó Dante—. ¡Necesitamos un médico ahora!

Los guardias se movieron.

La sangre comenzó a extenderse por el vestido negro de Renata.

Alma, temblando, abrazó al bebé con fuerza mientras observaba a Helena.

Aquella mujer parecía un fantasma salido del infierno.

El cabello desordenado.

La ropa quemada por el incendio del sanatorio.

Los ojos llenos de odio.

Y aun así…

Había algo profundamente roto en ella.

Algo maternal.

Algo desesperado.

—Nadie se mueve —susurró Helena—. Esta noche termina la mentira.

Tomás se acomodó lentamente la corbata.

—Siempre fuiste dramática.

Helena soltó una carcajada temblorosa.

—¿Dramática? ¿Después de lo que hiciste con nuestros hijos?

El salón quedó congelado.

Gael endureció la mandíbula.

Alma sintió que el aire desaparecía.

“Nuestros hijos”.

Esas palabras le atravesaban el pecho como cuchillas.

Gael…

Su hermano.

El hombre que había amado con una intensidad enfermiza.

El hombre que todavía deseaba incluso después de conocer la verdad.

Y eso la destruía por dentro.

Porque seguía amándolo.

Dios.

Seguía amándolo.

—Habla de una vez —ordenó Gael con la voz rota—. Ya no queda nada que destruir.

Helena lo miró.

Y por primera vez en años, sus ojos se llenaron de lágrimas verdaderas.

—Tú no sabes quién eres…

Tomás rio por lo bajo.

—No le creas. Está loca.

—¡CÁLLATE! —Helena disparó nuevamente.

La bala impactó en una lámpara gigantesca que explotó sobre el comedor.

Cristales por todas partes.

Gritos.

El bebé comenzó a llorar.

Alma se cubrió instintivamente.

Gael corrió hacia ella.

Sus cuerpos chocaron.

Sus miradas también.

Y por un instante insoportable, el deseo volvió a arder entre ellos.

Sucio.

Prohibido.

Imposible.

Gael le sostuvo el rostro.

—No voy a dejar que nada te pase.

Alma sintió lágrimas calientes bajando por sus mejillas.

—¿Cómo hacemos para sobrevivir a esto…?

Gael no respondió.

Porque no tenía respuesta.

Porque estaba roto.

Porque el amor que sentía por ella seguía vivo incluso después del horror.

Y eso lo estaba destruyendo.

Entonces Helena habló.

Y el mundo volvió a detenerse.

—Alma no es tu hermana.

El silencio fue brutal.

Gael quedó inmóvil.

Alma abrió los ojos lentamente.

Tomás dejó de sonreír.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué dijiste…? —susurró Gael.

Helena levantó el arma.

—Los análisis del expediente fueron manipulados.

Tomás dio un paso adelante.

—No sabes lo que dices.

—¡SÍ LO SÉ! ¡Porque yo lo vi! ¡Porque yo parí a esos niños!

El corazón de Alma latía tan fuerte que sentía dolor.

Helena respiró agitadamente.

—Tu verdadera hija murió la noche del parto, Tomás.

El salón entero quedó helado.

—¿Qué…? —murmuró Dante.

Helena señaló a Alma.

—Ella no es Valentina Montenegro.

Tomás palideció.

Por primera vez.

Y ese detalle aterrorizó a Gael.

Porque Tomás Montenegro jamás perdía el control.

Jamás.

—Estás mintiendo —dijo Tomás con voz baja.

—¿Entonces por qué quemaste el sanatorio? —escupió Helena—. ¿Por qué escondiste los archivos? ¿Por qué pagaste durante años a médicos y enfermeras?

Gael giró lentamente hacia su padre.

—¿Qué hiciste…?

Tomás apretó la mandíbula.

Y eso fue suficiente.

Suficiente para que todos entendieran que Helena decía la verdad.

Alma sintió que las piernas le fallaban.

Gael la sostuvo antes de que cayera.

Ella levantó la vista hacia él.

Y esa cercanía volvió a incendiarlo todo.

El perfume de Alma.

Su respiración agitada.

Sus labios temblando.

Gael apartó la mirada con violencia.

Porque deseaba besarla.

Y acababan de descubrir que tal vez no eran hermanos.

El caos emocional era insoportable.

Helena caminó lentamente hacia el centro del salón.

—La verdadera Valentina nació muerta. Pero Tomás necesitaba una heredera para cubrir el tráfico de bebés que manejaba con el sanatorio.

Alma sintió náuseas.

—No…

—Te compraron —susurró Helena mirándola—. Eras hija de una mujer humilde. Una joven que murió después del parto.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Alma.

—No…

—Tomás falsificó todo. Certificados. ADN. Historias clínicas. Y cuando descubrí la verdad… me encerró.

Gael giró hacia su padre con una furia asesina.

—Dime que no es cierto.

Tomás guardó silencio.

Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.

Dante avanzó lentamente.

—¿El tráfico de bebés era real…?

Tomás lo miró.

Frío.

Peligroso.

—Todo lo hice por esta familia.

—¡¿VENDIENDO NIÑOS?! —rugió Gael.

Tomás explotó entonces.




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