Deseo Salvaje

Capítulo 17 — El hombre que nunca debía regresar

—¿Quién demonios es Lucien Voss…? —susurró Alma con la voz quebrada.

Pero nadie respondió.

Porque el rostro de Tomás Montenegro acababa de transformarse en algo que ninguno de ellos había visto jamás.

Terror.

Un terror verdadero.

Gael arrancó la nota ensangrentada de la cuna vacía mientras los guardias corrían por toda la mansión buscando al bebé.

Las alarmas seguían sonando.

Luces rojas.

Vidrios rotos.

Sangre en el suelo.

Y ese nombre maldito flotando en el aire como una sentencia de muerte.

Lucien Voss.

Dante fue el primero en reaccionar.

—Cierren todos los accesos. ¡Nadie entra ni sale!

—¡Ya bloquearon el perímetro, señor! —gritó uno de los hombres de seguridad.

Gael miró a Tomás.

—Habla.

Tomás no respondió.

Seguía mirando la nota como si hubiera visto regresar a un muerto.

Alma abrazó sus propios brazos intentando contener el temblor de su cuerpo.

Todo era demasiado.

La verdad sobre su origen.

La posibilidad de ser hermana de Gael.

La desaparición del bebé.

Helena prófuga.

Y ahora ese nombre que parecía paralizar hasta al monstruoso patriarca Montenegro.

Renata seguía sangrando sobre el piso, pero incluso ella observaba a Tomás con inquietud.

—No puede ser él… —murmuró.

Gael giró violentamente.

—¿Tú también sabes quién es?

Renata dudó.

Y ese segundo bastó para que Dante la tomara del brazo con brutalidad.

—Empieza a hablar o te juro que te dejo desangrarte aquí mismo.

Renata soltó una risa ahogada.

—Lucien Voss era socio de Tomás.

Silencio absoluto.

Tomás levantó lentamente la cabeza.

—Cuidado con lo que dices.

—¿O qué? ¿Vas a matarme como a todos los demás?

Gael sintió que la rabia le hervía bajo la piel.

—¿Socio en qué?

Renata clavó sus ojos en Alma.

—En la red de tráfico de bebés.

El aire pareció desaparecer.

Alma sintió náuseas inmediatas.

Gael endureció la mandíbula hasta sentir dolor.

Dante soltó a Renata lentamente.

—Eso es imposible…

—No lo es —susurró Tomás.

Todos lo miraron.

Y por primera vez en décadas, el gran Tomás Montenegro parecía un hombre derrotado.

Se acercó lentamente al bar del salón.

Sirvió whisky.

Sus manos temblaban.

—Lucien Voss era el hombre más peligroso que conocí.

Gael no podía creer lo que escuchaba.

—¿Más peligroso que tú?

Tomás levantó la mirada.

Y lo que había en sus ojos hizo que incluso Gael sintiera un escalofrío.

—Yo aprendí de él.

El silencio fue devastador.

Alma retrocedió un paso.

Dante pasó una mano por su rostro.

Renata sonrió apenas.

Como si disfrutara ver caer al imperio Montenegro.

Tomás bebió un trago largo antes de continuar.

—Hace treinta años, Lucien manejaba una red internacional. Niños vendidos. Identidades falsas. Herederos fabricados. Familias comprando bebés como si fueran objetos.

Alma sintió ganas de vomitar.

Gael miró a su padre con asco.

—Eres un monstruo.

Tomás lo ignoró.

—Pero Lucien era peor. Mucho peor. No tenía límites.

—¿Y qué pasó? —preguntó Dante.

Tomás apretó el vaso.

—Lo traicioné.

Todos quedaron inmóviles.

—Le robé dinero. Contactos. Clientes. Y desaparecí.

Renata soltó una carcajada amarga.

—No desapareciste. Construiste el imperio Montenegro usando sangre ajena.

Tomás cerró los ojos un instante.

Y no la contradijo.

Entonces uno de los guardias entró corriendo.

—¡Señor! Encontramos esto en el jardín norte.

Gael tomó el teléfono que le entregaban.

Había un video reproduciéndose.

El corazón de Alma comenzó a latir violentamente.

La pantalla mostró oscuridad.

Respiraciones.

Después…

El bebé.

Vivo.

Llorando.

Alma llevó una mano a su boca.

Y entonces apareció él.

Un hombre sentado en las sombras.

Elegante.

Traje negro.

Guantes de cuero.

Cabello oscuro apenas tocado por algunas canas.

Y unos ojos grises imposibles de olvidar.

Incluso a través de la pantalla transmitía algo monstruoso.

Algo frío.

Algo inhumano.

Lucien Voss.

—Buenas noches, Tomás —dijo con una voz suave y aterradora—. Han pasado muchos años.

Tomás quedó petrificado.

Lucien sonrió apenas.

—Veo que seguiste formando una familia encantadora.

Gael sintió una furia asesina inmediata.

—Devuélvenos al niño.

Lucien lo miró directamente desde la pantalla.

Como si pudiera verlo.

—Tú debes ser Gael. El hijo favorito.

Gael tensó la mandíbula.

Lucien continuó:

—Aunque debo admitir… esperaba que fueras más inteligente. Enamorarte de tu propia hermana fue decepcionante incluso para esta familia.

Alma cerró los ojos con dolor.

Gael apretó el teléfono con tanta fuerza que casi lo rompió.

Pero Lucien sonrió.

—Oh… todavía no saben toda la verdad.

Tomás palideció otra vez.

Y Alma lo notó.

—¿Qué significa eso…? —susurró.

Lucien rio suavemente.

—Tomás siempre fue un mentiroso. Incluso ahora.

Gael giró hacia su padre.

—¿Qué ocultas?

Tomás guardó silencio.

Y Lucien disfrutó cada segundo.

—¿Sabes cuál es el problema de las mentiras, Tomás? Que siempre sobreviven personas.

El video cambió abruptamente.

Y apareció una fotografía antigua.

Una mujer joven.

Hermosa.

Cabello oscuro.

Ojos idénticos a los de Alma.

Alma sintió que el corazón se detenía.

—Ella era Isabella Ferrer —dijo Lucien—. La verdadera madre de Alma.

Tomás bajó lentamente la cabeza.

Gael miró a Alma.

Ella parecía romperse en pedazos.

—No… —murmuró.

Lucien siguió hablando:

—Isabella trabajaba para nosotros en el sanatorio. Era enfermera. Y cometió el peor error posible…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.