—Eso es imposible.
La voz de Gael salió rota.
Violenta.
Desesperada.
Pero nadie en el salón tuvo el valor de contradecir a Julián Salvatore.
Porque el hombre estaba cubierto de sangre.
Herido.
Temblando.
Y aun así, sus ojos mostraban una verdad demasiado oscura para ser inventada.
Alma retrocedió lentamente.
—No… no…
Sentía que iba a desmayarse.
Primero hija de Tomás.
Después no.
Luego hermana de Gael.
Ahora hija de Lucien Voss.
Era demasiado.
Demasiadas identidades.
Demasiadas mentiras.
Demasiado dolor.
Gael dio un paso hacia ella.
Instintivo.
Protector.
Pero Alma se apartó.
Y ese gesto le atravesó el pecho como un cuchillo.
Porque lo había visto en sus ojos.
Miedo.
No miedo de él.
Miedo de lo que eran juntos.
De lo que podían seguir sintiendo incluso después de tanta destrucción.
Julián respiró con dificultad.
—Lucien conoció a Isabella antes que Tomás.
Tomás cerró los ojos lentamente.
Como un hombre condenado.
Dante observó a Julián con tensión.
—Empieza desde el principio.
Julián levantó la mirada.
Y el pasado regresó como un monstruo.
—Hace veinticinco años, Isabella Ferrer trabajaba en el sanatorio Santa Beatriz. Era joven. Inteligente. Demasiado buena para ese lugar.
Alma sintió un nudo insoportable en la garganta.
Julián continuó:
—El sanatorio era una fachada. Allí llegaban mujeres pobres. Embarazadas. Vulnerables. Algunas desaparecían. Otras salían creyendo que sus bebés habían muerto.
Renata soltó una risa amarga desde el sofá donde intentaban detener su sangrado.
—Y los ricos pagaban fortunas por esos niños.
Tomás no dijo nada.
Porque ya no podía defenderse.
Gael sentía ganas de matarlo.
Julián siguió hablando:
—Lucien manejaba todo desde Europa. Tomás era apenas uno de sus operadores en Sudamérica.
—¡Mentira! —rugió Tomás—. Yo construí mi imperio solo.
Julián lo miró con desprecio.
—No. Lo construiste vendiendo vidas.
Alma cerró los ojos.
Cada palabra la destruía más.
Entonces Julián dijo algo peor.
—Lucien se obsesionó con Isabella.
Gael sintió un escalofrío.
—¿Obsesionó… cómo?
Julián apretó la mandíbula.
—Como se obsesionan los hombres enfermos cuando creen que algo les pertenece.
Alma sintió náuseas.
Julián continuó:
—La vigilaba. La seguía. Le compraba regalos que ella rechazaba. Isabella le tenía miedo.
Tomás bebió otro trago de whisky.
Temblando.
—Lucien nunca aceptaba un no.
Dante frunció el ceño.
—¿Entonces Alma sí podría ser hija de Lucien?
Julián guardó silencio.
Ese silencio fue devastador.
Gael pasó una mano por su rostro.
La cabeza le explotaba.
Ya no sabía qué creer.
Qué sentir.
Qué odiar primero.
Pero había algo que sí sabía.
Seguía mirando a Alma como un hombre hambriento.
Y eso lo estaba destruyendo por dentro.
Porque incluso en medio del horror…
La deseaba.
Alma levantó lentamente la vista hacia él.
Y ocurrió lo mismo.
Un choque brutal.
El mismo fuego prohibido.
La misma necesidad enfermiza.
Gael apartó la mirada con rabia.
—Esto tiene que terminar.
Alma sintió que el corazón se le rompía.
Pero antes de responder, Julián volvió a hablar.
—No importa quién sea su padre biológico.
Todos lo miraron.
Julián observó a Alma con dolor verdadero.
—Yo la crié. Yo la amé. Yo fui su padre.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente por el rostro de Alma.
Julián se acercó despacio.
—Y nunca permití que Lucien se acercara a ella.
Tomás soltó una carcajada oscura.
—Porque sabías que Lucien la reclamaría.
Julián giró violentamente.
—¡Porque sabía lo que él hacía con las personas que amaba!
Silencio absoluto.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Julián dudó.
Y Dante lo notó.
—¿Qué estás ocultando?
Julián bajó la mirada.
—Lucien tuvo otra hija antes de Alma.
El aire se congeló.
—¿Qué…? —susurró Alma.
Tomás palideció.
Y eso fue suficiente para entender que conocía esa historia.
Julián tragó saliva.
—Se llamaba Elise Voss.
Renata dejó de sonreír.
Incluso ella parecía afectada.
—No puede ser… —murmuró.
Gael observó a todos.
—¿Quién demonios era Elise?
Julián respondió con la voz quebrada.
—La niña desapareció cuando tenía seis años.
Alma sintió un escalofrío.
—¿Desapareció…?
—Nunca la encontraron.
Dante cruzó miradas con Gael.
Algo no encajaba.
Y Gael lo sintió inmediatamente.
—¿Lucien cree que Alma reemplaza a esa hija?
Julián cerró los ojos.
—No.
La tensión explotó otra vez.
—Entonces habla de una vez —gruñó Gael.
Julián levantó lentamente la mirada hacia Alma.
Y pronunció las palabras que hicieron detener el tiempo.
—Lucien cree que Alma ES Elise.
El silencio fue monstruoso.
Alma dejó de respirar.
Gael sintió un vacío brutal en el pecho.
Tomás comenzó a reír.
Una risa rota.
Enferma.
—Por eso volvió…
Dante quedó helado.
—¿Qué mierda significa eso?
Tomás levantó lentamente la vista.
—Elise nunca desapareció.
El corazón de Alma latía tan fuerte que dolía.
—No…
Tomás señaló a Alma.
Y sus siguientes palabras destruyeron el mundo otra vez.
—Tú eres Elise Voss.
El salón explotó.
—¡NO! —gritó Alma desesperada.
Gael reaccionó primero.
—¡BASTA!
Pero Tomás seguía hablando como si hubiera perdido completamente la cordura.
—Lucien cambió su identidad después de una amenaza de secuestro. Isabella la cuidaba. Julián ayudó a esconderla. Y luego todo salió mal.