Deseo Salvaje

Capítulo 19 — El padre del infierno

—Hola, pequeña Elise… papá vino por ti.

El aire murió dentro del invernadero.

Alma quedó paralizada.

Gael sintió que algo salvaje despertaba dentro de él.

Un instinto brutal.

Animal.

Porque aquel hombre estaba mirando a Alma como si ya le perteneciera.

Lucien Voss se levantó lentamente del piano mientras la tormenta sacudía los cristales del enorme invernadero.

Elegante.

Impecable.

Sonriendo.

Como un demonio vestido de aristócrata.

Helena intentó gritar detrás de la mordaza.

Lucien la observó con aburrimiento.

—Tu madre siempre fue demasiado dramática.

—¡No la llames así! —rugió Gael avanzando.

En menos de un segundo, diez armas aparecieron desde las sombras.

Hombres vestidos de negro rodearon el lugar.

Francotiradores sobre las vigas metálicas.

Guardias infiltrados.

Dante maldijo por lo bajo.

—Nos metieron dentro de una trampa…

Lucien sonrió.

—Finalmente alguien inteligente.

Tomás Montenegro retrocedió lentamente.

Y Lucien lo vio.

Disfrutó verlo.

—Treinta años huyendo de mí, Tomás… y al final sigues teniendo la misma cara de cobarde.

Tomás endureció la mandíbula.

—Debí matarte cuando tuve oportunidad.

Lucien soltó una risa suave.

—Lo intentaste dos veces.

Alma apenas podía respirar.

Todo aquello parecía una pesadilla.

Gael se colocó discretamente delante de ella.

Protegiéndola.

Siempre.

Incluso ahora.

Incluso creyendo que podían compartir la misma sangre.

Lucien notó el gesto y sonrió apenas.

—Así que es verdad… ustedes dos están enamorados.

Gael sostuvo su mirada sin miedo.

—Aléjate de ella.

Lucien inclinó la cabeza.

—Interesante. Muy interesante. Porque si Alma realmente es mi hija… entonces tú no eres su hermano.

El silencio explotó otra vez.

Alma sintió un latido brutal en el pecho.

Gael quedó inmóvil.

Tomás palideció.

Helena comenzó a negar desesperadamente desde la silla.

Lucien caminó lentamente hacia Alma.

—¿Ves? Ese es el problema de las mentiras. Se multiplican.

Gael avanzó inmediatamente.

—Ni un paso más.

Lucien se detuvo.

Y algo oscuro apareció en sus ojos.

—Tienes el temperamento de tu padre.

Gael sonrió sin humor.

—Yo no me parezco a ningún monstruo de esta familia.

Lucien soltó una carcajada baja.

—Oh, sí te pareces.

La tensión era insoportable.

Dante apuntó directamente a Lucien.

—Libera al bebé y esto termina.

Lucien observó el arma como si fuera un juguete.

—¿De verdad crees que vine hasta aquí por un bebé?

Entonces aplaudió suavemente.

Dos hombres trajeron una pantalla enorme desde el fondo del invernadero.

Y lo que apareció en ella hizo que Alma dejara de respirar.

Era una habitación.

Pequeña.

Oscura.

El bebé estaba allí.

Dormido.

Vivo.

Alma sintió alivio inmediato.

Pero desapareció al instante siguiente.

Porque había alguien más en la habitación.

Una mujer.

Sentada en una silla.

Cabello negro.

Rostro demacrado.

Mirada vacía.

Gael frunció el ceño.

—¿Quién es ella?

Lucien sonrió.

—Una sobreviviente.

La mujer levantó lentamente la mirada hacia la cámara.

Y Helena comenzó a gritar desesperadamente detrás de la mordaza.

Tomás quedó helado.

—No…

Lucien disfrutó aquel momento.

—¿La recuerdas?

La mujer habló con voz débil:

—Tomás…

Alma sintió un escalofrío.

Tomás parecía haber visto un fantasma.

—Es imposible…

Lucien sonrió.

—No. Solo la enterraste viva muy profundamente.

Dante miró confundido.

—¿Quién demonios es?

La mujer comenzó a llorar.

Y entonces dijo algo que destrozó otra vez toda la realidad.

—Soy Isabella Ferrer.

El mundo explotó.

Alma sintió que las piernas dejaban de responderle.

—No…

Gael la sostuvo inmediatamente.

Ella temblaba entera.

Porque esa mujer…

Esa mujer era su madre.

Viva.

Después de tantos años.

Tomás comenzó a retroceder.

Pálido.

Descompuesto.

—Lucien… tú dijiste que estaba muerta…

Lucien sonrió con crueldad.

—Te mentí.

Alma comenzó a llorar desconsoladamente.

—Mamá…

La mujer en la pantalla levantó una mano temblorosa hacia la cámara.

—Mi niña…

Gael sintió el pecho arder.

Porque jamás había visto tanto dolor junto en una sola mirada.

Lucien observó a Alma fijamente.

—Ella sobrevivió al disparo de Tomás.

Todos giraron violentamente hacia Tomás.

Gael sintió ganas de arrancarle la cabeza.

—La baleaste…

Tomás apretó los puños.

—No quería matarla.

—¡CÁLLATE! —rugió Alma.

Su voz quebró el invernadero entero.

Todos la miraron.

Y algo había cambiado en ella.

Algo oscuro.

Algo roto.

Alma avanzó lentamente hacia Tomás.

Las lágrimas seguían cayendo.

Pero sus ojos ardían.

—Me quitaste toda mi vida.

Tomás intentó acercarse.

—Alma, escucha…

—¡NO ME LLAMES ASÍ!

El eco fue brutal.

Lucien observaba fascinado.

Como si disfrutara verlos destruirse.

Alma señaló a Tomás con odio puro.

—Mataste a mi madre. Me robaste mi identidad. Arruinaste mi vida… y además me hiciste enamorarme de mi propio hermano.

Gael sintió esa frase como un disparo.

Porque seguía amándola.

Y cada vez era peor.

Tomás levantó la voz desesperado.

—¡No son hermanos!

Silencio absoluto.

Todos quedaron inmóviles.

Lucien sonrió lentamente.

—Ah… finalmente.

Gael sintió que el corazón se detenía.

Alma dejó de respirar.

Helena abrió los ojos con desesperación.




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