Deseo Salvaje

Capítulo 20 — El hijo del sicario

—Hola, hijo.

La tormenta rugió detrás de él como si el cielo mismo hubiera esperado ese momento.

Gael quedó inmóvil.

El hombre que acababa de entrar al invernadero tenía sus mismos ojos.

La misma mandíbula tensa.

La misma oscuridad peligrosa.

Pero había algo más.

Algo mucho peor.

Ese hombre irradiaba muerte.

No elegancia como Lucien.

No poder como Tomás.

No locura como Helena.

No.

Aquello era distinto.

Era el tipo de hombre que había aprendido a sobrevivir destruyendo todo a su paso.

Adrián Belmonte.

El verdadero padre de Gael.

Alma sintió un escalofrío brutal.

Porque comprendió inmediatamente de dónde provenía la intensidad salvaje de Gael.

La forma en que amaba.

La forma en que protegía.

La forma en que dominaba.

Todo estaba allí.

En aquel hombre.

Gael endureció la mandíbula.

—No me llames hijo.

Adrián sonrió apenas.

—Definitivamente eres mío.

Dante levantó el arma.

—Nadie se mueve.

Pero Lucien soltó una carcajada suave.

—Baja eso, Dante. Si Adrián quisiera matarlos, ya estarían muertos.

El silencio confirmó algo aterrador.

Era verdad.

Gael observó fijamente al hombre frente a él.

Y sintió algo inesperado.

Rabia.

Pero también una conexión instintiva imposible de explicar.

Como si una parte salvaje dentro de él reconociera inmediatamente a ese hombre.

Y eso lo enfureció más.

Adrián caminó lentamente hacia el centro del invernadero.

Los guardias apuntaban.

Nadie disparaba.

Porque todos tenían miedo.

Incluso los hombres armados.

Alma lo notó.

Y eso la inquietó todavía más.

Helena comenzó a llorar en silencio.

Tomás bebió otro vaso de whisky temblando.

Adrián lo miró con desprecio.

—Sigues escondiéndote detrás del alcohol cuando tienes miedo.

Tomás sonrió con amargura.

—Y tú sigues oliendo a cementerio.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué hacía él en la organización?

Lucien respondió antes que nadie.

—Adrián era mi ejecutor.

El ambiente volvió a tensarse.

Lucien caminó lentamente alrededor de Gael.

—El hombre que desaparecía problemas. Políticos. Empresarios. Traidores.

Adrián no mostró emoción.

Como si hablaran del clima.

Gael sintió asco.

—¿Eras un asesino?

Adrián sostuvo su mirada.

—Era lo necesario.

Alma vio algo romperse dentro de Gael.

Porque toda su vida había luchado por no convertirse en Tomás.

Y ahora descubría que llevaba sangre de un hombre todavía más oscuro.

Lucien sonrió.

—Aunque debo admitir algo… Adrián nunca obedecía completamente.

Tomás soltó una risa seca.

—Porque estaba obsesionado con Helena.

Silencio.

Gael giró lentamente hacia Helena.

Ella cerró los ojos destrozada.

Adrián la observó.

Y por primera vez apareció algo humano en su rostro.

Dolor.

—La amé —dijo con voz baja.

Tomás explotó.

—¡TE ACOSTASTE CON MI ESPOSA!

Adrián ni siquiera se inmutó.

—Porque tú la destruías.

Helena comenzó a llorar más fuerte.

Gael sentía que cada segundo traía una nueva herida.

Alma tomó su mano discretamente.

Y él la apretó de inmediato.

Necesitaba sentirla.

Necesitaba recordar que ella era real.

Aunque todo alrededor estuviera desmoronándose.

Lucien observó el gesto.

Y sonrió lentamente.

—Qué hermoso. Los amantes malditos sobreviven al fin del mundo.

Gael lo ignoró.

Seguía mirando a Adrián.

—¿Por qué apareces ahora?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Porque Lucien cruzó una línea.

Lucien arqueó apenas una ceja.

—¿La niña?

—El bebé.

Todos quedaron tensos.

Adrián miró directamente a Lucien.

—Jamás usamos niños en operaciones.

Lucien soltó una carcajada fría.

—No te vuelvas moralista ahora.

Pero algo había cambiado.

Incluso entre ellos existía tensión.

Dante lo notó inmediatamente.

—No están del mismo lado.

Lucien sonrió sin humor.

—Las alianzas duran mientras son útiles.

Adrián avanzó un paso.

—Devuélveles al bebé.

Lucien negó lentamente.

—No hasta tener los archivos.

Gael endureció el rostro.

El expediente seguía dentro de su chaqueta.

Los documentos robados del sanatorio.

Pruebas de décadas de tráfico.

Nombres.

Políticos.

Empresarios.

Jueces.

Una bomba capaz de destruir medio país.

Y todos lo sabían.

Lucien observó a Gael fijamente.

—Entrégamelo y el niño vive.

Alma sintió el cuerpo helarse.

Gael no respondió.

Porque algo no encajaba.

Lucien era demasiado inteligente.

No necesitaba realmente esos documentos.

Necesitaba algo más.

Entonces Alma lo entendió.

Y el terror le atravesó el pecho.

—No quieres los archivos.

Todos la miraron.

Lucien sonrió lentamente.

—Muy inteligente, pequeña Elise.

Alma tragó saliva.

—Me quieres a mí.

El silencio fue monstruoso.

Gael reaccionó instantáneamente colocándose delante de ella.

Protegiéndola.

Lucien observó aquello fascinado.

—Sí. Exactamente así reaccionaba Adrián con Helena.

Gael apretó los puños.

—Ella no irá contigo.

Lucien ladeó apenas la cabeza.

—Eso no depende de ti.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Isabella apareció en la pantalla nuevamente.

Más desesperada.

Más pálida.

—¡Alma, escucha! —gritó—. ¡No dejes que te lleve!

Lucien apagó el monitor con furia.

Por primera vez perdió el control.

Y eso aterrorizó a todos.

Porque un hombre como Lucien Voss no explotaba sin motivo.

Adrián lo observó fijamente.




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