Deseo Salvaje

Capítulo 21 — La mujer de las sombras

—Nadie se mueva… o el niño muere ahora mismo.

La voz femenina atravesó la oscuridad como una cuchilla helada.

Todo el invernadero quedó inmóvil.

Gael sintió a Alma temblar entre sus brazos.

Las luces seguían apagadas.

Solo algunos relámpagos iluminaban por segundos el caos del lugar:

Sangre.

Cristales rotos.

Cuerpos armados.

Tomás Montenegro agonizando sobre el suelo.

Y el miedo.

Un miedo espeso que parecía respirar dentro de la mansión.

Dante levantó lentamente el arma.

—Muéstrate.

Una risa suave resonó entre las sombras.

Elegante.

Cruel.

—Siempre tan impulsivo, Dante.

Gael reconoció inmediatamente el acento.

Francés.

Lucien también.

Y eso fue lo peor.

Porque el rostro del monstruoso Lucien Voss acababa de endurecerse de verdad.

—No… —murmuró.

Adrián giró lentamente hacia él.

—¿Quién es?

La respuesta llegó desde la oscuridad.

—La mujer que sobrevivió a ustedes.

Las luces de emergencia se encendieron de golpe.

Y todos dejaron de respirar.

Ella estaba sobre la escalera metálica del invernadero.

Vestida completamente de negro.

Tacones altos.

Cabello rubio platinado cayendo sobre un rostro peligrosamente hermoso.

En una mano sostenía un detonador.

En la otra…

Al bebé.

Dormido.

Vivo.

Alma sintió las piernas aflojarse.

—Dios mío…

La mujer sonrió lentamente.

—Hola, Lucien.

El silencio explotó.

Lucien dio un paso adelante.

Por primera vez desde que apareció, parecía alterado.

—Celeste…

La mujer inclinó apenas la cabeza.

—Cuánto tiempo.

Gael observó a Lucien atentamente.

Y entendió algo aterrador.

Ese hombre le tenía miedo.

Verdadero miedo.

Adrián también la miraba con tensión.

—Pensé que estabas muerta.

Celeste soltó una carcajada suave.

—Muchos lo pensaron.

Tomás comenzó a toser sangre en el suelo.

Helena intentó acercarse a él desesperadamente.

Pero Dante la detuvo.

—No sabemos quién tiene explosivos.

Celeste bajó lentamente la mirada hacia Tomás.

Y sonrió con desprecio.

—Mírate… el gran Tomás Montenegro muriendo como un perro.

Tomás levantó la vista apenas.

Y palideció completamente.

—Tú…

Gael frunció el ceño.

—¿Quién demonios es ella?

Lucien respondió con voz baja.

—Mi esposa.

El aire desapareció.

Alma quedó inmóvil.

Dante soltó una maldición.

Renata retrocedió lentamente.

Adrián endureció la mandíbula.

Celeste hizo una pequeña reverencia burlona.

—Ex esposa, técnicamente.

Lucien la miró con odio.

—Desapareciste hace quince años.

—Después de que intentaras matarme.

Silencio total.

Gael observó al bebé en brazos de la mujer.

—Entrégalo.

Celeste lo miró detenidamente.

Y una sonrisa extraña apareció en sus labios.

—Así que tú eres Gael.

Alma sintió incomodidad inmediata.

La forma en que esa mujer observaba era inquietante.

Como si leyera las debilidades de todos.

Celeste bajó lentamente la mirada hacia Alma.

Y algo cambió en su expresión.

Algo emocional.

Casi triste.

—Eres igual a Isabella.

Alma sintió un nudo brutal en la garganta.

Lucien avanzó otro paso.

—Esto no te concierne.

Celeste soltó una risa suave.

—Todo esto me concierne. Tú destruiste mi vida también.

El bebé comenzó a llorar.

Y Alma reaccionó instintivamente.

—Por favor… no le hagas daño…

Celeste la observó en silencio.

Después acomodó suavemente la manta del niño.

—Jamás dañaría a un bebé.

Aquella frase desconcertó a todos.

Especialmente a Lucien.

—No juegues conmigo.

Celeste sonrió apenas.

—Tú siempre pensaste que todos éramos monstruos como tú.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Por qué lo sacaste?

Celeste levantó el detonador.

—Porque esta mansión está llena de explosivos.

El salón entero quedó congelado.

Dante reaccionó inmediatamente.

—¡¿Qué?!

Celeste parecía disfrutar el caos.

—Oh, Dante… llevo meses dentro de esta casa.

Gael sintió un escalofrío brutal.

—Eso es imposible.

—No lo es. Algunos de tus guardias trabajan para mí.

Lucien apretó los puños.

—¿Qué quieres?

Celeste lo miró directamente.

Y su sonrisa desapareció.

—Quiero verte perderlo todo.

El silencio se volvió asfixiante.

Tomás seguía sangrando.

Helena lloraba.

Renata parecía al borde de un colapso.

Y Gael solo podía pensar en proteger a Alma.

Porque algo terrible estaba por ocurrir.

Lo sentía.

Celeste observó lentamente a todos.

Y entonces dijo algo que destruyó otra vez el equilibrio.

—Especialmente porque ninguno de ustedes sabe quién es realmente Alma.

Alma cerró los ojos con desesperación.

—Otra vez no…

Gael la abrazó inmediatamente.

—No escuches más.

Pero Celeste sonrió.

—Oh, deberían escuchar esto.

Lucien endureció el rostro.

—Cállate.

Celeste levantó una ceja.

—¿Tanto miedo tienes?

Alma sintió que el corazón golpeaba brutalmente.

—¿Qué sabes?

Celeste sostuvo su mirada.

Y respondió lentamente:

—Tú no eres Elise Voss.

El silencio fue devastador.

Lucien quedó inmóvil.

Gael sintió rabia inmediata.

—¿Entonces basta de juegos y di quién es!

Celeste acarició suavemente la cabeza del bebé.

—Elise murió hace veinte años.

Lucien explotó.

—¡MENTIRA!

Su voz retumbó por todo el invernadero.

Pero Celeste no se inmutó.

—Yo vi el cuerpo.

Lucien comenzó a respirar agitadamente.

Algo dentro de él se estaba quebrando.




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