Deseo Salvaje

Capítulo 22 — Bajo las cenizas

La caída fue brutal.

Alma sintió el vacío abrirse bajo sus pies y apenas alcanzó a gritar el nombre de Gael antes de impactar contra algo húmedo y helado.

Oscuridad.

Dolor.

Polvo.

El estruendo de la explosión seguía retumbando arriba mientras pedazos del techo caían alrededor.

Por un instante no pudo respirar.

Después sintió unos brazos rodeándola con fuerza.

Gael.

Siempre Gael.

—¡Alma! ¡Mírame!

Ella abrió los ojos lentamente.

Todo estaba oscuro salvo por unas luces rojas intermitentes que parpadeaban desde el fondo del lugar.

Gael tenía sangre en la frente.

La camisa rasgada.

Pero seguía cubriéndola con el cuerpo.

Protegiéndola incluso mientras el mundo se derrumbaba.

Alma llevó una mano temblorosa a su rostro.

—¿Estás herido?

Gael soltó una risa áspera.

—Creo que acabamos de atravesar medio infierno… pero sigo vivo.

Entonces ambos escucharon algo.

Un crujido metálico.

Gael levantó la vista inmediatamente.

—Tenemos que movernos.

Otra explosión sacudió el lugar.

Polvo y escombros cayeron sobre ellos.

Alma se incorporó con dificultad.

Y recién entonces comprendió dónde estaban.

Un túnel subterráneo.

Viejo.

Oxidado.

Lleno de humedad y tuberías antiguas.

El aire olía a moho… y a muerte.

Gael observó alrededor con tensión.

—Esto estaba debajo del invernadero.

Alma tragó saliva.

—¿Una especie de refugio?

Gael enfocó con la linterna de emergencia que había tomado del suelo.

Y lo que mostró la luz hizo que ambos se congelaran.

Había pequeñas camas metálicas alineadas contra las paredes.

Decenas.

Algunas todavía tenían juguetes viejos encima.

Osos de peluche.

Móviles infantiles.

Mantas diminutas.

El corazón de Alma comenzó a latir violentamente.

—No…

Gael endureció la mandíbula.

Porque entendió primero.

—Aquí escondían a los bebés.

El silencio se volvió insoportable.

Alma sintió náuseas.

Aquel lugar era real.

El horror del que todos hablaban.

El verdadero centro de la red.

Gael avanzó lentamente entre las camas oxidadas.

Y cada paso despertaba más fantasmas.

Había nombres escritos en las paredes.

Fechas.

Códigos.

Números de venta.

Alma comenzó a temblar.

—Dios mío…

Entonces vio algo peor.

Una pequeña pulsera hospitalaria.

Cubierta de polvo.

La tomó lentamente.

Y el aire desapareció de sus pulmones.

Porque el nombre escrito era:

“Valentina Montenegro”.

Gael giró de inmediato.

—¿Qué pasa?

Alma le mostró la pulsera con lágrimas en los ojos.

Gael quedó inmóvil.

—Eso significa que…

—La verdadera Valentina existió —susurró Alma.

Un escalofrío recorrió el túnel entero.

Gael tomó la pulsera cuidadosamente.

Y notó algo más.

Había sangre seca.

Muy vieja.

Entonces escucharon un ruido.

Un golpe metálico.

Alguien más estaba allí.

Gael reaccionó inmediatamente.

Tomó el arma que aún conservaba y colocó a Alma detrás suyo.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Después…

Una respiración.

Lenta.

Arrastrada.

Alma sintió el corazón detenerse cuando una figura apareció desde el fondo del túnel.

Una mujer.

Descalza.

Vestido blanco manchado.

Cabello largo completamente enredado.

Y unos ojos vacíos que parecían haber olvidado cómo mirar personas.

Gael tensó el arma.

Pero la mujer comenzó a llorar apenas vio la pulsera.

—Valentina…

Alma dio un paso adelante.

—¿Quién eres?

La mujer tembló.

—Yo… yo cuidaba a los bebés…

Gael y Alma intercambiaron miradas.

La mujer parecía aterrorizada.

Y completamente destruida mentalmente.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alma suavemente.

La mujer dudó.

Como si hubiera olvidado su propia identidad.

—Eva…

El nombre golpeó a Gael inmediatamente.

Abrió los ojos con sorpresa.

—Eva Márquez.

Alma lo miró confundida.

—¿La conoces?

Gael tragó saliva.

—Era una enfermera del sanatorio. Desapareció hace veinte años.

Eva comenzó a llorar.

—No me dejaron salir…

Alma sintió un frío terrible recorrerle la espalda.

—¿Quién?

Eva levantó lentamente la mirada.

Y sus labios temblaron.

—Lucien…

El silencio fue monstruoso.

Gael bajó apenas el arma.

—¿Viviste aquí abajo todo este tiempo?

Eva asintió entre lágrimas.

—A veces venían… traían bebés… algunos lloraban mucho…

Alma sintió ganas de vomitar.

Gael pasó una mano por su rostro.

Aquello superaba cualquier pesadilla.

Entonces Eva dijo algo peor.

—La niña volvió.

Alma se tensó.

—¿Qué niña?

Eva señaló directamente la pulsera.

—Valentina Montenegro.

Gael quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Eva comenzó a retroceder asustada.

—No… yo la vi… volvió hace unos días…

Alma sintió el corazón descontrolarse.

—¿Quién volvió?

La mujer susurró:

—La niña que sobrevivió.

Un estruendo sacudió nuevamente el túnel.

Polvo cayó desde arriba.

La mansión seguía explotando.

Gael tomó a Alma de la mano.

—Tenemos que salir.

Pero Eva agarró violentamente el brazo de Alma.

Y sus ojos se llenaron de terror.

—No dejes que ella encuentre al bebé.

Alma sintió un escalofrío inmediato.

—¿Quién?

Eva abrió la boca lentamente.

Y respondió con voz quebrada:

—Renata.

Silencio.

Gael frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido. Renata estaba arriba.

Eva negó desesperadamente.

—Ella bajaba aquí cuando era niña.

El corazón de Alma comenzó a latir violentamente.




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