—Lamento decirte que te enamoraste de la hermana equivocada.
El túnel entero quedó en silencio.
Solo se escuchaba el siseo del gas escapando por las tuberías y la respiración agitada de Alma.
Gael intentó incorporarse.
Pero el cuerpo no le respondía completamente.
La mujer frente a ellos sonrió despacio.
Disfrutando el impacto.
Porque sabía exactamente el caos que acababa de provocar.
Alma sentía el corazón golpeándole con violencia dentro del pecho.
Aquella mujer…
Era idéntica a ella.
No parecida.
Idéntica.
Como si estuviera mirándose en un espejo deformado por la oscuridad.
Pero había algo distinto en sus ojos.
Algo frío.
Vacío.
Peligroso.
La desconocida inclinó apenas la cabeza.
—Qué decepción… imaginé un reencuentro más emocionante.
Gael endureció la mandíbula mientras intentaba mantenerse consciente.
—¿Quién demonios eres?
Ella rio suavemente.
—Acaba de decirlo Eva. Soy Valentina Montenegro.
El aire desapareció.
Alma negó lentamente.
—No… eso no puede…
Valentina avanzó despacio entre la neblina blanca del gas.
Tacones resonando sobre el piso húmedo.
Elegante.
Letal.
—Claro que puede. Yo nací primero… y a mí me quitaron todo.
Gael sintió un escalofrío brutal.
Porque aquella mujer no parecía confundida.
Parecía alguien que había esperado ese momento durante años.
Eva comenzó a temblar desesperadamente.
—No debiste volver…
Valentina giró apenas hacia ella.
Y la sonrisa desapareció de su rostro.
—Tú me encerraste aquí abajo.
Eva rompió en llanto.
—¡Yo intentaba protegerte!
—No. Obedecías órdenes.
Alma observaba todo sin poder procesarlo.
—¿Entonces… Tomás mintió?
Valentina soltó una carcajada suave.
—Tomás pasó la vida entera mintiendo.
Gael intentó levantarse otra vez.
Y esta vez lo logró parcialmente.
El gas seguía mareándolo.
Pero ver a Alma vulnerable despertaba algo animal dentro de él.
Protección.
Furia.
Necesidad.
Valentina lo observó detenidamente.
Y sonrió de lado.
—Ahora entiendo por qué ella se obsesionó contigo.
Alma frunció el ceño.
—¿Quién?
Valentina sostuvo su mirada.
—Renata.
Silencio absoluto.
Gael sintió una tensión inmediata.
Valentina se acercó lentamente a una de las pequeñas cunas metálicas abandonadas.
Pasó los dedos sobre el hierro oxidado.
—Renata y yo crecimos juntas en este lugar.
Alma sintió náuseas.
—Eso es imposible…
—No lo es. Tomás escondía aquí a los niños “problemáticos”. Los que no podían venderse inmediatamente. Los que debían desaparecer.
Eva comenzó a llorar más fuerte.
Gael sintió rabia hirviendo bajo la piel.
—¿Y Renata vivía aquí?
Valentina sonrió con amargura.
—No. Ella venía a jugar.
El horror atravesó el túnel.
Alma recordó la obsesión enfermiza de Renata con el apellido Montenegro.
Con Gael.
Con ocupar un lugar en esa familia.
Y de pronto todo empezó a encajar.
Demasiado.
Valentina continuó:
—Tomás la trajo después de que sus padres murieran. Era una niña rota. Solitaria. Y este lugar la fascinaba.
Gael apretó los puños.
—¿Por qué?
La sonrisa de Valentina se volvió oscura.
—Porque aquí nadie era real. Todos éramos reemplazables.
El silencio fue devastador.
Entonces Valentina miró directamente a Alma.
Y por primera vez apareció odio verdadero en sus ojos.
—Hasta que llegaste tú.
Alma sintió un escalofrío brutal.
—Yo ni siquiera sabía…
—¡PERO TE QUEDASTE CON MI VIDA!
El grito retumbó en todo el túnel.
Gael reaccionó inmediatamente colocándose delante de Alma.
Incluso mareado.
Incluso debilitado.
Siempre delante de ella.
Valentina observó aquello con una mezcla extraña de rabia y fascinación.
—Mírate… exactamente igual que él.
Gael frunció el ceño.
—¿Él quién?
Valentina sonrió lentamente.
—Lucien.
El ambiente volvió a tensarse.
Alma negó.
—No soy hija de Lucien.
—Nunca dije eso.
Valentina caminó lentamente alrededor de ellos.
Como un depredador jugando con sus presas.
—Pero él te amó como si lo fueras. Y eso me volvió invisible.
Gael observó atentamente cada movimiento.
Ella era peligrosa.
Muy peligrosa.
No solo por lo que sabía.
Sino por la forma en que hablaba.
Como alguien que llevaba años planeando algo.
Entonces Alma preguntó lo inevitable:
—¿Qué pasó contigo?
Valentina dejó de sonreír.
Y durante un segundo pareció aparecer la niña rota que alguna vez fue.
—Tomás descubrió que yo había nacido con un problema cardíaco.
Silencio.
Eva cerró los ojos con dolor.
Valentina continuó:
—No servía para venderme. No servía como heredera. No servía para nada.
Alma sintió que el pecho se le comprimía.
—Entonces te escondieron aquí…
Valentina asintió lentamente.
—Y cuando apareciste tú… decidieron reemplazarme.
Gael sintió una furia salvaje.
—Eras una niña…
—Éramos mercancía.
El silencio posterior fue insoportable.
El gas comenzaba a disiparse lentamente.
Pero el aire seguía pesado.
Enfermo.
Valentina se acercó a Alma.
Muy cerca.
Demasiado.
Alma sintió escalofríos.
Porque era como mirarse en un espejo lleno de odio.
—¿Sabes qué fue lo peor? —susurró Valentina—. Escuchar cómo él aprendía a amar a la hija equivocada.
Alma tragó saliva.
—¿Tomás?
Valentina soltó una risa amarga.
—No. Gael.
El corazón de Alma se detuvo.
Gael tensó la mandíbula.
Valentina lo observó directamente.