La explosión seguía rugiendo sobre sus cabezas.
El túnel temblaba.
Polvo.
Piedras cayendo.
Tuberías reventándose.
Y en medio del caos, Valentina Montenegro sonreía como una reina contemplando el incendio de su propio reino.
—Por eso Lucien me mantuvo viva todos estos años. Porque yo soy la única persona que conoce dónde están enterrados todos sus secretos.
Alma sintió un frío insoportable recorrerle la espalda.
Gael apretó su mano con fuerza.
Demasiada fuerza.
Como si temiera perderla otra vez.
Valentina observó ese gesto.
Y algo oscuro se movió en sus ojos.
Celos.
Obsesión.
Dolor.
—Deberías soltarla —susurró mirando a Gael—. Tú siempre debiste elegirme a mí.
Gael endureció la mandíbula.
—Estás enferma.
Valentina soltó una risa suave.
—Todos aquí lo estamos.
Otro estruendo sacudió el túnel.
Parte del techo colapsó detrás de ellos bloqueando el camino por donde habían caído.
Eva comenzó a gritar aterrorizada.
—¡Nos vamos a quedar atrapados!
Gael observó rápidamente las rutas posibles.
Solo quedaba un corredor abierto.
Oscuro.
Profundo.
Como la garganta de una bestia.
Valentina caminó hacia ese pasillo lentamente.
—Si quieren salir vivos… síganme.
Gael no se movió.
—¿Y por qué deberíamos confiar en ti?
Ella giró apenas el rostro.
—Porque soy la única que sabe cómo sobrevivir aquí abajo.
Alma observó a Gael.
Y entendió inmediatamente lo que estaba pensando.
Trampa.
Pero no tenían opción.
El túnel seguía derrumbándose.
Entonces Eva murmuró algo que cambió todo.
—El laberinto despertó…
Silencio.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Eva temblaba violentamente.
—Lucien construyó rutas falsas… puertas automáticas… habitaciones ocultas… si el sistema de emergencia se activa…
La mujer comenzó a llorar.
—Nadie encuentra la salida.
Un escalofrío atravesó a Alma.
Valentina sonrió apenas.
—Bienvenidos al verdadero sanatorio Santa Beatriz.
Y comenzó a caminar.
Gael dudó apenas unos segundos antes de avanzar junto a Alma.
Porque no podía dejarla sola ni un instante.
Jamás otra vez.
Mientras caminaban, el túnel comenzó a transformarse.
Ya no parecía un refugio improvisado.
Era un complejo enorme.
Antiguo.
Quirúrgico.
Puertas metálicas oxidadas.
Habitaciones selladas.
Luces de emergencia parpadeando sobre paredes cubiertas de humedad.
Alma sintió náuseas.
Porque había dibujos infantiles pegados todavía en algunas puertas.
Como si niños hubieran vivido allí durante años.
—Dios mío…
Gael observaba todo con rabia creciente.
—Esto era una prisión.
Valentina caminaba delante de ellos con tranquilidad perturbadora.
—No. Era una fábrica.
El silencio posterior fue monstruoso.
Entonces Alma escuchó algo.
Muy débil.
Como un susurro.
Se detuvo.
—¿Escuchaste eso?
Gael levantó inmediatamente el arma.
Silencio.
Después…
Risas.
Pequeñas risas infantiles.
El corazón de Alma comenzó a latir violentamente.
—No…
Valentina siguió caminando.
—No miren las habitaciones cerradas.
Gael frunció el ceño.
—¿Por qué?
Valentina giró lentamente la cabeza hacia él.
Y sonrió.
—Porque algunos niños nunca salieron de aquí.
Un estruendo metálico resonó detrás de ellos.
Una puerta golpeando sola.
Eva comenzó a rezar en voz baja.
Alma sintió la piel helada.
Aquél lugar estaba lleno de muerte.
De recuerdos.
De horror.
Y algo peor.
Estaba lleno de secretos vivos.
Entonces llegaron a una sala enorme.
Gael enfocó con la linterna.
Y el aire abandonó sus pulmones.
Había archivos por todas partes.
Miles.
Cajas completas.
Fotografías.
Expedientes médicos.
Listas.
Ventas.
Nombres de familias.
Políticos.
Empresarios.
Celebridades.
Toda una red internacional.
El verdadero corazón del imperio criminal.
Alma observó una pared llena de fotografías de bebés.
Y comenzó a temblar.
Porque uno de esos retratos era suyo.
La misma manta rosa.
La misma marca de nacimiento en el hombro.
Debajo había una ficha:
“Proyecto V.M.”
Gael se acercó rápidamente.
—¿Qué significa eso?
Valentina respondió desde las sombras.
—Valentina Montenegro.
Alma sintió náuseas inmediatas.
—Usaron mi vida para reemplazarte…
Valentina la observó largamente.
Y por primera vez pareció haber tristeza real en su mirada.
—No fue tu culpa.
El silencio cayó entre ambas.
Pesado.
Doloroso.
Porque en el fondo…
Las dos habían sido víctimas.
Pero el odio ya había crecido demasiado.
Entonces Gael encontró algo peor.
Un expediente negro sellado con el símbolo de Lucien Voss.
Lo abrió.
Y el mundo volvió a detenerse.
Había fotografías de Gael.
Desde niño.
En la escuela.
En la universidad.
Con Alma.
Con Dante.
Toda su vida documentada.
Gael sintió un escalofrío brutal.
—Nos vigilaban…
Valentina asintió lentamente.
—Siempre.
Alma tomó una de las fotos.
Era reciente.
Muy reciente.
Ella y Gael besándose en el estacionamiento de la empresa Montenegro.
El pecho se le comprimió.
—Esto fue hace semanas…
Valentina sonrió apenas.
—Lucien estaba obsesionado con ustedes.
Gael levantó la vista lentamente.
—¿Por qué?
Y Valentina respondió algo que heló la sangre de ambos:
—Porque quería convertirlos en los nuevos reyes de su organización.