—Valentina volvió…
La voz infantil salió desde la oscuridad como un eco imposible.
Alma sintió que el cuerpo se le congelaba.
Gael levantó inmediatamente el arma mientras intentaba distinguir algo entre las sombras.
Pero las pequeñas luces seguían moviéndose.
Decenas.
Tal vez más.
Ojos observándolos desde todos los rincones de la sala.
Respiraciones.
Susurros.
Pasos suaves.
Valentina cerró los ojos lentamente.
Como si hubiera esperado ese momento durante años.
—No… —murmuró.
Entonces una de las luces avanzó.
Y apareció una niña.
No tendría más de diez años.
Cabello corto.
Pálida.
Con un viejo conejo de peluche entre los brazos.
Pero lo peor eran sus ojos.
Completamente vacíos.
La niña sonrió al ver a Valentina.
—Dijiste que volverías por nosotros.
El silencio fue devastador.
Alma sintió el pecho oprimido.
Porque detrás de esa niña comenzaron a aparecer más figuras.
Niños.
Adolescentes.
Jóvenes.
Todos vestidos con ropa vieja del sanatorio.
Como fantasmas olvidados bajo tierra.
Gael apretó la mandíbula.
—¿Quiénes son?
Valentina respondió con voz quebrada.
—Los sobrevivientes.
La niña del conejo observó a Alma detenidamente.
Y frunció el ceño.
—Ella no es Valentina.
Otro joven avanzó desde las sombras.
Más grande.
Quizás veinte años.
Una cicatriz enorme cruzándole el rostro.
—No. Ella es la impostora.
Alma sintió un escalofrío inmediato.
Gael se interpuso frente a ella.
—Basta.
Pero el ambiente ya había cambiado.
Aquellas personas miraban a Alma con resentimiento.
Con odio.
Como si ella representara todo lo que les habían robado.
Valentina caminó lentamente hacia ellos.
Y por primera vez su voz perdió dureza.
—Yo no los abandoné.
El muchacho de la cicatriz soltó una risa amarga.
—¿No? Entonces explícanos por qué llevamos veinte años escondidos como animales.
Silencio.
Valentina bajó la mirada.
Y eso bastó para entender que la culpa la estaba consumiendo.
Alma observó a los sobrevivientes con el corazón destrozado.
Porque entendió algo horrible.
Todos ellos eran niños robados.
Niños descartados.
Seres humanos olvidados por el mundo.
Eva comenzó a llorar otra vez.
—Yo intentaba alimentarlos… protegerlos…
El muchacho la miró con desprecio.
—Tú obedecías a Lucien.
Gael seguía alerta.
Algo no encajaba.
Aquellos chicos no parecían simples víctimas.
Parecían organizados.
Entrenados.
Y entonces lo vio.
Armas.
Algunos llevaban cuchillos.
Otros pistolas.
El peligro explotó instantáneamente dentro de él.
—Alma, detrás de mí.
Valentina lo notó.
—No van a atacarlos.
La niña del conejo sonrió.
—Depende.
Alma sintió un escalofrío brutal.
Gael endureció el rostro.
—¿Qué quieren?
El muchacho de la cicatriz respondió:
—Justicia.
Las luces rojas seguían parpadeando sobre la enorme sala llena de expedientes.
Y en medio de aquella atmósfera irreal, el joven señaló directamente a Alma.
—Ella tiene que pagar.
Gael reaccionó de inmediato.
—Ni la mires.
El muchacho rio suavemente.
—Mírate… igual que Adrián.
El nombre cayó como un disparo.
Gael tensó la mandíbula.
—No me compares con él.
Valentina observó a Gael con intensidad extraña.
—Te pareces más de lo que imaginas.
Alma notó algo entonces.
Algo inquietante.
Todos aquellos sobrevivientes parecían seguir a Valentina.
Como si fuera su líder.
O algo peor.
Su reina.
Entonces una alarma comenzó a sonar en el túnel.
Una voz mecánica inundó el lugar:
“PROTOCOLO DE CONTENCIÓN ACTIVADO”.
Las puertas metálicas vibraron.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El rostro de Valentina perdió color.
—Lucien va a inundar el complejo.
Silencio absoluto.
Eva comenzó a gritar desesperada.
—¡No! ¡No otra vez!
Gael tomó inmediatamente a Alma de la mano.
—¿Hay otra salida?
Valentina dudó apenas un segundo.
Pero el muchacho de la cicatriz respondió primero.
—Sí.
Todos giraron hacia él.
El joven observó a Gael fijamente.
—Pero conduce directamente al ala privada de Lucien.
Gael sonrió sin humor.
—Perfecto.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Quieres ir hacia él?
Gael sostuvo su mirada.
Y respondió con una oscuridad que incluso la hizo estremecerse:
—Voy a arrancarle la cabeza.
Alma sintió un latido brutal en el pecho.
Porque allí estaba otra vez.
Ese hombre dominante.
Peligroso.
Capaz de incendiar el mundo por las personas que amaba.
Y ella lo deseaba más que nunca.
Incluso en medio del horror.
Valentina observó esa mirada entre ambos.
Y algo se quebró dentro de ella.
Celos.
Dolor.
Obsesión.
—Ella no te merece.
Gael respondió sin apartar los ojos de Alma:
—Eso lo decido yo.
El silencio volvió a tensarse.
Entonces la niña del conejo murmuró algo que congeló el ambiente.
—Lucien viene.
Todos quedaron inmóviles.
Pasos.
Lentos.
Elegantes.
Resonando desde el corredor principal.
Lucien apareció entre las sombras acompañado de hombres armados.
Impecable incluso en medio del caos.
Sonriendo.
Siempre sonriendo.
—Qué reunión tan conmovedora.
Gael apuntó inmediatamente.
—Termina esto.
Lucien observó el arma sin preocuparse.
—¿Dispararías delante de todos estos niños?
Gael no dudó.
—Sí.
El silencio explotó.
Lucien sonrió más ampliamente.