—Llegaste justo a tiempo para la boda.
La voz de Renata Volkov resonó dentro de la capilla subterránea como una plegaria maldita.
Las velas iluminaban apenas el lugar.
Sombras deformes.
Cruces oxidadas.
Fotografías de bebés colgadas en las paredes como si fueran santos olvidados.
Y en el centro de aquella pesadilla…
Renata sonreía vestida de novia.
Alma sintió un terror helado recorrerle el cuerpo.
Porque Renata ya no parecía una mujer.
Parecía alguien completamente consumido por la locura.
Gael levantó el arma inmediatamente.
—Suéltalo.
Renata bajó la mirada hacia Julián Salvatore.
Atado a una silla.
Golpeado.
Con sangre seca en el rostro.
Pero vivo.
Apenas vivo.
El bebé dormía en brazos de Renata envuelto en una manta blanca.
Demasiado tranquilo para todo el horror alrededor.
Renata acarició suavemente la cabeza del niño.
—¿No es hermoso? —susurró—. Parece un pequeño príncipe Montenegro.
Alma avanzó un paso.
—Renata… dame al bebé.
Renata sonrió lentamente.
—No.
La tensión explotó en el ambiente.
Gael se movió apenas delante de Alma protegiéndola instintivamente.
Siempre protegiéndola.
Y Renata observó aquello con odio inmediato.
—Otra vez lo haces.
Gael endureció el rostro.
—¿Hacer qué?
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Renata.
—Elegirla.
Silencio.
Alma sintió una mezcla de miedo y compasión.
Porque aquella mujer estaba rota desde hacía muchísimo tiempo.
Pero eso no la volvía menos peligrosa.
Renata comenzó a caminar lentamente alrededor de Julián.
Arrastrando el vestido blanco sobre el suelo húmedo.
—¿Sabes cuántos años soñé con esto, Gael?
Él no respondió.
No apartaba la vista del bebé.
Calculando.
Esperando el momento exacto.
Renata sonrió.
—Yo sí habría sido perfecta para ti.
Alma sintió el cuerpo tensarse.
Gael habló finalmente.
Frío.
Oscuro.
—Jamás.
Aquella sola palabra pareció destruir a Renata.
Su sonrisa tembló.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y por un instante Alma pensó que iba a derrumbarse.
Pero ocurrió lo contrario.
Algo peor.
Renata comenzó a reír.
Una risa baja.
Que fue creciendo lentamente hasta convertirse en algo completamente desquiciado.
—¡Claro que jamás! —gritó—. Porque tú nunca amaste mujeres obedientes.
Gael apretó la mandíbula.
Julián intentó hablar entre la sangre.
—Alma… no…
Renata le apuntó inmediatamente con una pistola.
—Cállate.
El silencio volvió a ser absoluto.
Alma observó alrededor rápidamente.
La capilla tenía solo una salida visible.
Y dos hombres armados vigilaban el fondo.
Probablemente sobrevivientes del grupo de Lucien.
Gael también lo notó.
Y Alma entendió inmediatamente lo que estaba pensando.
Violencia.
Explosión.
Sangre.
Renata volvió a mirar a Gael.
—¿Quieres saber cuándo empezó todo?
Gael sostuvo el arma sin bajar la guardia.
—No me interesa.
—A mí sí.
Y siguió hablando igualmente.
Porque necesitaba hacerlo.
Necesitaba sacar toda aquella obsesión podrida.
—La primera vez que te vi… tenías quince años.
Gael frunció apenas el ceño.
Renata sonrió con tristeza.
—Entraste a este lugar buscando a Dante. Te habías perdido en los túneles.
Alma sintió escalofríos.
Gael parecía recordar algo.
—Había una niña observándome…
—Era yo.
Silencio.
Renata acarició el rostro del bebé distraídamente.
—Tú sonreíste. Me preguntaste si estaba bien.
Gael quedó inmóvil.
Y Renata comenzó a llorar.
—Nadie me preguntaba eso.
Alma sintió un nudo doloroso en el pecho.
Porque entendió lo que había ocurrido.
Una niña rota se había obsesionado con el primer hombre que le mostró un poco de humanidad.
Y esa obsesión creció durante años.
Hasta destruirlo todo.
Renata levantó lentamente la mirada hacia Alma.
Y allí volvió el odio.
Puro.
Ardiendo.
—Después llegaste tú.
Alma tragó saliva.
—Yo nunca quise hacerte daño.
Renata soltó una carcajada amarga.
—Existir fue suficiente.
Gael dio un paso adelante.
—Esto termina ahora.
Renata apuntó inmediatamente el arma hacia el bebé.
El aire desapareció.
Gael quedó inmóvil.
Alma sintió el corazón detenerse.
—No… por favor…
Renata respiraba agitadamente.
—¿Ves? Ahora sí me miran.
Las lágrimas caían por sus mejillas mientras sonreía.
Era aterrador.
Porque el dolor real seguía allí.
Debajo de toda aquella locura.
Entonces Julián habló con dificultad.
—Renata… todavía puedes detenerte…
Ella giró violentamente hacia él.
—¡TÚ NO ENTIENDES NADA!
La furia explotó dentro de la capilla.
—¡Todos ustedes tuvieron familia! ¡Nombre! ¡Amor! ¡Yo solo tenía estos túneles!
Alma comenzó a llorar silenciosamente.
Porque aquella frase sonó demasiado verdadera.
Demasiado humana.
Renata respiró agitadamente.
Después volvió a mirar a Gael.
Y su voz se quebró.
—Yo te habría amado hasta destruirme.
Gael respondió sin apartar los ojos de ella.
—Y ese es exactamente el problema.
El silencio fue devastador.
Renata sintió el golpe de aquellas palabras.
Se vio reflejada.
Dependiente.
Consumida.
Enferma.
Y algo dentro de ella terminó de romperse.
Entonces comenzó a caminar lentamente hacia el altar improvisado.
Arrastrando el vestido blanco.
Con el bebé todavía en brazos.
—Lucien tenía razón.
Gael frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
Renata sonrió.