Deseo Salvaje

Capítulo 30 — El rey enterrado

—Valentina sobrevivió al derrumbe. Y se llevó a Tomás.

El silencio dentro de la capilla se volvió mortal.

El agua seguía subiendo.

Las paredes temblaban.

Pero nadie se movió.

Gael sintió el cuerpo endurecerse mientras sostenía al bebé contra su pecho.

—Estás mintiendo.

Renata sonrió lentamente desde el suelo inundado.

Una sonrisa agotada.

Rota.

—¿Crees que ella moriría tan fácilmente?

Dante intercambió una mirada inmediata con Adrián.

Y Alma vio algo inquietante en ambos.

Duda.

Porque en aquella familia… la muerte nunca parecía definitiva.

Lucien observó a Renata fijamente.

—¿Dónde está Tomás?

Renata soltó una pequeña carcajada.

—Mira eso… todavía le tienes miedo.

Lucien no respondió.

Pero el silencio bastó.

Sí.

Le tenía miedo.

Gael sintió un escalofrío.

Porque si incluso Lucien Voss temía a Tomás Montenegro…

Entonces todavía no conocían la peor parte de la historia.

El complejo volvió a estremecerse violentamente.

Parte del techo cayó detrás del altar.

El agua ya llegaba al pecho.

Dante reaccionó inmediatamente.

—¡Tenemos que movernos ya!

Pero Renata seguía hablando.

Como alguien que ya no tenía nada que perder.

—Valentina pasó años planeando esto… cada explosión… cada mentira… cada paso…

Alma sintió el corazón latiendo con violencia.

—¿Entonces ella manipuló todo?

Renata levantó lentamente la mirada hacia ella.

Y sonrió.

—No. Solo terminó la obra que otros empezaron.

Lucien soltó una risa baja.

—Siempre tan dramática.

Renata lo miró con odio puro.

—Tú la convertiste en un monstruo.

Adrián tomó finalmente la palabra.

Frío.

Peligroso.

—¿Dónde está Tomás?

Renata sostuvo su mirada unos segundos.

Y algo parecido al miedo apareció en sus ojos.

—En el mausoleo.

El aire desapareció.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué mausoleo?

Lucien cerró lentamente los ojos.

Como si acabara de comprender algo terrible.

—No…

Dante giró hacia él inmediatamente.

—¿Qué sabes?

Lucien sonrió apenas.

Pero esta vez no había arrogancia en aquella sonrisa.

Solo tensión.

—Tomás construyó una cámara privada debajo del cementerio Montenegro hace años.

Alma sintió escalofríos.

—¿Para qué?

Lucien respondió lentamente:

—Para guardar cosas que jamás debían encontrarse.

El horror volvió a instalarse en el ambiente.

Gael miró el agua subir alrededor de Helena muerta.

La sangre flotando.

El bebé llorando en sus brazos.

Y sintió que todo se estaba volviendo imposible de sostener.

Entonces Alma se acercó lentamente a él.

Y puso una mano sobre la mejilla ensangrentada de Gael.

Aquel simple contacto calmó algo dentro suyo.

Solo un poco.

Solo lo suficiente para seguir respirando.

Renata observó la escena.

Y comenzó a llorar otra vez.

—Ni siquiera ahora pueden dejar de amarse…

Gael ni siquiera la miró.

Porque ya no había nada más que decir.

Alma era la única cosa real dentro de aquel infierno.

Y todos lo sabían.

Entonces Adrián habló nuevamente.

—¿Cómo salimos de aquí?

Dante señaló uno de los corredores laterales.

—Encontré un ascensor de servicio. Todavía funciona parcialmente.

Lucien soltó una pequeña risa.

—Claro. Tomás siempre necesitaba rutas de escape.

Gael comenzó a avanzar con el bebé.

Pero antes de irse, Alma se detuvo frente a Renata.

El agua cubría ya casi todo su vestido blanco.

Renata parecía agotada.

Vacía.

—Ven con nosotros —susurró Alma.

Gael giró inmediatamente.

Sorprendido.

Incluso Dante la miró sin entender.

Renata soltó una carcajada triste.

—Después de todo lo que hice…

Alma respiró profundo.

—No quiero que mueras aquí.

Aquellas palabras destruyeron algo dentro de Renata.

Porque jamás esperó compasión de Alma.

Nunca.

Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente por su rostro.

—Yo sí habría dejado que tú murieras…

Alma sostuvo su mirada.

—Lo sé.

El silencio fue insoportable.

Entonces Lucien sonrió lentamente.

—Ahí está el problema contigo, Alma. Siempre intentas salvar personas que ya están rotas.

Ella giró lentamente hacia él.

Y por primera vez había furia verdadera en sus ojos.

—Y ahí está el problema contigo. Disfrutas romperlas.

Lucien quedó inmóvil apenas un segundo.

Y esa mínima reacción fue suficiente para demostrar que las palabras le habían golpeado.

Gael observó a Alma.

Y sintió una necesidad brutal de besarla.

De llevársela lejos.

De arrancarla para siempre de aquel mundo.

Porque cuanto más oscuro se volvía todo…

Más la necesitaba.

Entonces el complejo entero tembló violentamente.

Más fuerte que antes.

Dante reaccionó.

—¡AHORA!

Todos comenzaron a moverse.

Adrián tomó el cuerpo de Helena entre sus brazos sin decir una sola palabra.

Y aquella imagen impactó incluso a Gael.

Porque el hombre más peligroso de todos cargaba a la mujer que amó como si todavía pudiera despertarla.

Lucien observó la escena con una mezcla extraña de ironía y melancolía.

—El gran Adrián Belmonte convertido en viudo.

Adrián ni siquiera lo miró.

Pero respondió con voz mortal:

—Cuando esto termine… voy a enterrarte con mis propias manos.

El agua ya rugía detrás de ellos mientras avanzaban por el corredor.

Oscuridad.

Tubos explotando.

Alarmas.

Y Alma sintió algo entonces.

Un sonido.

Muy leve.

Metálico.

Se detuvo.

—Esperen.

Gael giró inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Ella observó alrededor.




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