Deseo Salvaje

Capítulo 31 — El padre de los monstruos

Tomás Montenegro abrió lentamente los ojos.

Y el mundo pareció detenerse otra vez.

El agua seguía rugiendo detrás de ellos dentro de los túneles colapsando.

Las luces de emergencia parpadeaban.

El bebé lloraba en brazos de Gael.

Pero nada de eso importó.

Porque el hombre que todos creían muerto…

Seguía vivo.

Alma sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero.

Tomás estaba pálido.

Ensangrentado.

Débil.

Pero sus ojos…

Sus ojos seguían siendo los mismos.

Fríos.

Dominantes.

Peligrosamente conscientes.

Valentina sonrió lentamente detrás de la silla de ruedas improvisada.

Empapada.

Cubierta de sangre y polvo.

Parecía un espectro nacido del incendio.

—¿Extrañaban a papá?

Gael sintió la rabia explotar dentro suyo.

—Tú…

Había algo distinto en él ahora.

Algo roto desde la muerte de Helena.

Más oscuro.

Más violento.

Y Alma lo sintió inmediatamente.

Tomó discretamente su brazo.

Como recordándole que seguía allí.

Que todavía era humano.

Valentina observó el gesto.

Y el dolor volvió a cruzar fugazmente sus ojos.

Después desapareció.

Lucien fue el primero en reaccionar.

—Debiste morir.

Tomás levantó lentamente la mirada hacia él.

Y sonrió apenas.

Una sonrisa agotada.

Pero todavía peligrosa.

—Tú también.

El silencio explotó entre ambos.

Porque aquella no era una rivalidad común.

Era odio acumulado durante décadas.

Adrián seguía sosteniendo el cuerpo de Helena.

Y cuando vio a Tomás…

Algo monstruoso apareció en su rostro.

—Mírala.

Tomás observó lentamente el cadáver de Helena en brazos de Adrián.

Y por primera vez…

El patriarca Montenegro pareció quebrarse.

El aire cambió.

Su respiración se volvió irregular.

Las manos comenzaron a temblarle.

—Helena…

La voz salió rota.

Casi irreconocible.

Gael quedó inmóvil.

Porque jamás había visto debilidad en ese hombre.

Nunca.

Tomás intentó levantarse de la silla.

Pero el dolor lo obligó a caer nuevamente.

Y aun así seguía mirando a Helena.

Como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Valentina apretó la mandíbula.

—Ahora sí la miras.

El silencio volvió a volverse insoportable.

Alma observó a Valentina cuidadosamente.

Y comprendió algo aterrador.

Ella había salvado a Tomás.

Pero no por amor.

Por necesidad.

Porque todavía quería algo de él.

Gael dio un paso adelante.

El arma firme en la mano.

—Todo esto es culpa tuya.

Tomás levantó lentamente la vista hacia su hijo.

Y algo oscuro cruzó sus ojos.

Culpa.

Orgullo.

Dolor.

Todo mezclado.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que incluso Gael quedó inmóvil un segundo.

Tomás respiró con dificultad.

—Yo construí este infierno.

Lucien soltó una carcajada baja.

—No te des demasiado crédito. Yo lo perfeccioné.

Tomás giró lentamente hacia él.

Y la temperatura del corredor pareció bajar.

—No. Tú solo destruyes. Yo construí un imperio.

El odio entre ambos era casi físico.

Alma sintió escalofríos.

Porque estaba mirando a los dos hombres que habían arruinado generaciones enteras.

Y aun así…

Parecían orgullosos de ello.

Entonces Renata habló desde atrás.

Su voz sonaba pequeña.

Cansada.

—Todos ustedes nos usaron.

Tomás la observó por primera vez realmente.

Y frunció apenas el ceño.

—¿Renata?

Ella soltó una risa amarga.

—Ni siquiera recuerdas cuándo me trajiste aquí.

Silencio.

Tomás bajó lentamente la mirada.

Como si realmente estuviera intentando recordar.

Y aquello destrozó todavía más a Renata.

—Claro… solo era otra niña rota para tu colección.

Gael observó aquello con tensión creciente.

Porque el tiempo se acababa.

Los túneles seguían colapsando.

Pero nadie parecía capaz de irse.

Había demasiadas verdades enterradas allí abajo.

Entonces Valentina habló nuevamente.

—Diles la verdad completa.

Tomás levantó lentamente la mirada hacia ella.

Y algo parecido al miedo apareció por primera vez en su rostro.

—No.

Valentina sonrió.

—Ya no puedes esconderla.

Lucien observó aquello fascinado.

—Oh… esto sí me interesa.

Alma sintió el corazón acelerarse otra vez.

Porque siempre había otra verdad.

Otra herida.

Otro monstruo escondido.

Gael apretó el arma.

—Habla de una vez.

Tomás cerró lentamente los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos…

Parecía veinte años más viejo.

—Valentina no nació enferma.

Silencio absoluto.

Alma giró inmediatamente hacia Valentina.

Ella permaneció inmóvil.

Pero sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Tomás respiró profundamente.

Como si confesar aquello le costara más que cualquier bala.

—Los análisis estaban equivocados.

El aire desapareció.

Valentina soltó una risa rota.

—Díselo completo.

Tomás comenzó a temblar.

—Cuando descubrimos el error… ya era tarde.

Alma sintió un escalofrío brutal.

—¿Qué hicieron?

Tomás levantó lentamente la vista hacia ella.

Y respondió con una voz que parecía arrastrar décadas de culpa:

—Ya habíamos vendido su identidad.

El horror cayó sobre todos.

Gael abrió los ojos.

—¿Qué…?

Lucien sonrió lentamente.

Como alguien disfrutando una tragedia perfecta.

Tomás continuó:

—Un senador necesitaba una heredera. Un matrimonio poderoso. Un apellido limpio.

Alma sintió náuseas.

Porque comenzaba a entender.




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