Deseo Salvaje

CAPÍTULO 32 — EL ECO DE LOS AHOGADOS

El disparo explotó en los túneles como un trueno enterrado bajo toneladas de piedra.

Y por un segundo… nadie respiró.

Ni siquiera el agua.

Tomás Montenegro abrió los ojos con una expresión imposible, como si el dolor no proviniera de la bala sino de la mujer que había apretado el gatillo.

Valentina.

Su hija.

O quizás no.

El impacto lo lanzó hacia atrás en la silla de ruedas. La sangre brotó violentamente de su pecho y salpicó el suelo inundado mientras las luces de emergencia titilaban sobre los rostros congelados.

Alma soltó un jadeo.

Gael reaccionó instintivamente, abrazando al bebé contra su pecho mientras el techo crujía arriba de ellos.

—¡VALENTINA! —rugió Adrián Belmonte.

Pero ella no bajó el arma.

Temblaba.

Tenía lágrimas mezcladas con agua sucia en el rostro.

Y aun así sostenía la pistola apuntando directamente al corazón de Tomás.

—¡Dime la verdad! —gritó con la voz quebrada—. ¡DIME QUIÉN SOY!

Otro estruendo atravesó el túnel.

Una enorme grieta se abrió sobre una pared lateral y un torrente de agua irrumpió violentamente, empujando a varios hombres armados contra las columnas.

Los gritos comenzaron.

El caos volvió.

Lucien Voss observaba la escena con una quietud aterradora.

Demasiado quieto.

Como si hubiera esperado exactamente ese momento durante años.

Tomás escupió sangre.

Intentó incorporarse en la silla, respirando con dificultad.

—Valentina… —murmuró.

—¡NO ME LLAMES ASÍ!

La furia en ella ya no era humana.

Era la furia de alguien que acababa de descubrir que toda su existencia había sido una mentira.

Gael vio algo en sus ojos.

No odio.

Vacío.

El mismo vacío que había visto en Alma años atrás, cuando descubrió lo que Helena Montenegro había hecho con ella.

Ese instante le heló la sangre.

Porque entendió algo aterrador:

Los Montenegro destruían a todos los que amaban.

Otro temblor sacudió el túnel.

El agua ya les llegaba a las rodillas.

Las alarmas rojas parpadeaban intermitentemente mientras el aire se llenaba de polvo, humedad y olor a pólvora.

Renata Volkov soltó una carcajada nerviosa desde el suelo.

—Mírenlos… —susurró—. La gran familia Montenegro finalmente se está devorando viva…

Julián Salvatore seguía apoyado contra la pared, pálido, respirando con dificultad.

Dante intentó ayudarlo, pero Julián le tomó el brazo.

—No… no mires a Tomás…

Dante frunció el ceño.

Entonces lo vio.

La expresión de Tomás no era la de un hombre derrotado.

Era peor.

Sonreía.

Una sonrisa débil.

Sangrienta.

Pero real.

—Por fin… —susurró Tomás mirando a Valentina—. Te pareces a tu madre…

Valentina retrocedió como si esas palabras le hubieran atravesado el cuerpo.

—¿Mi madre…?

Lucien dio un paso adelante lentamente.

—No le creas.

La voz grave del hombre atravesó el túnel.

Todos giraron hacia él.

Incluso Tomás.

Lucien observó a Valentina con una intensidad inquietante.

—Tu madre murió por culpa de él.

El silencio fue brutal.

Alma sintió que el cuerpo de Gael se tensaba detrás de ella.

Tomás soltó una risa ronca y dolorosa.

—¿Y tú vas a hablar de madres muertas, Lucien?

Los ojos de Voss se oscurecieron instantáneamente.

Algo peligroso cambió en el ambiente.

Adrián lo notó primero.

—Lucien… no…

Pero ya era tarde.

Lucien avanzó.

El agua se abrió alrededor de sus piernas mientras caminaba hacia Tomás como un depredador acercándose a una presa herida.

—Tu problema, Tomás… —dijo con una calma escalofriante—… es que nunca supiste cuándo dejar de destruir vidas.

—Y tú nunca supiste amar sin poseer —escupió Tomás.

Eso golpeó directamente a Alma.

Ella lo vio.

El cambio en Lucien.

La máscara fría se quebró apenas un segundo.

Suficiente.

Gael inmediatamente se puso delante de Alma con el bebé entre ambos.

Protegiéndolos.

Siempre protegiéndolos.

Lucien lo notó.

Y sonrió apenas.

—Mírate… —susurró—. Igual que tu padre.

Gael sintió un golpe helado en el pecho.

—¿Qué dijiste?

Pero Tomás comenzó a toser sangre violentamente.

Valentina seguía paralizada.

—Mi madre… —repitió ella—. ¿Quién era mi madre?

Tomás levantó lentamente la mirada hacia ella.

Y por primera vez desde que lo conocían…

Pareció sentir culpa.

—Se llamaba Elisa Ferretti.

El nombre cayó como una bomba.

Julián abrió los ojos de golpe.

Renata dejó de reír.

Incluso Lucien perdió el color del rostro.

Alma frunció el ceño.

—¿Ferretti…?

Adrián maldijo en voz baja.

Gael sintió que algo no encajaba.

Porque conocía ese apellido.

Todos en el bajo mundo lo conocían.

Los Ferretti habían sido una de las familias más poderosas del tráfico europeo antes de desaparecer misteriosamente veinte años atrás.

Valentina retrocedió lentamente.

—No…

Tomás asintió con dificultad.

—Eras la hija de Elisa Ferretti… y Lucien Voss.

El túnel entero quedó en silencio.

Alma dejó de respirar.

Gael sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Valentina abrió la boca… pero no salió ningún sonido.

Lucien tampoco habló.

Porque era verdad.

Y todos pudieron verlo en sus ojos.

—Mentira… —susurró Valentina.

Pero Tomás continuó.

—Lucien creyó que Elisa había escapado con otro hombre… pero estaba embarazada de él. Cuando descubrí quién era el bebé… te escondí.

Lucien dio otro paso.

Su mirada ahora era monstruosa.

—Tú la mataste.

Tomás sonrió débilmente.

—No. Tú lo hiciste.

El agua siguió subiendo.

Más rápido.

Las luces explotaron sobre una pared y parte del techo colapsó detrás de ellos, separando la salida principal con toneladas de piedra.




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