La pistola apuntando a la cabeza del bebé hizo que el mundo entero dejara de existir.
Gael no respiró.
Alma tampoco.
El agua seguía subiendo.
Las explosiones seguían sacudiendo los túneles.
El techo continuaba derrumbándose.
Pero nada importaba.
Porque toda la atención quedó atrapada en aquella figura surgida de las sombras.
Una figura que parecía haber estado observándolos desde mucho antes de que la puerta se abriera.
El desconocido sostenía el arma con absoluta firmeza.
Sin temblar.
Sin vacilar.
Sin emoción.
El bebé lloraba desesperadamente.
Y aquel sonido perforó el corazón de Alma.
—No… —susurró ella.
Gael dio un paso adelante.
—Baja el arma.
La figura sonrió.
Una sonrisa fría.
Inhumana.
—Sabes que no puedo hacer eso.
La voz.
Algo en aquella voz provocó una reacción instantánea en Adrián Belmonte.
El hombre quedó completamente inmóvil.
Su rostro perdió color.
Y por primera vez desde que todos lo conocían…
Pareció asustado.
De verdad.
—No puede ser…
La figura salió completamente de la oscuridad.
Y entonces todos lo vieron.
Alma sintió que las piernas le fallaban.
Gael quedó paralizado.
Incluso Lucien Voss pareció perder la compostura durante un segundo.
Porque el hombre era prácticamente una copia de Gael.
No idéntico.
Pero sí aterradoramente parecido.
La misma altura.
La misma estructura física.
La misma mirada intensa.
Como si fueran reflejos deformados de una misma persona.
Tomás Montenegro cerró los ojos.
Derrotado.
—Dios mío…
Eva Ferretti también palideció.
—No…
El desconocido sonrió.
—Hola, familia.
Un trueno de tensión atravesó el túnel.
Alma sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
No entendía nada.
Pero algo dentro de ella gritaba peligro.
Peligro absoluto.
El hombre avanzó lentamente.
El arma jamás se apartó del bebé.
—¿Quién eres? —preguntó Gael.
La sonrisa se amplió.
—La pregunta correcta es quiénes son ustedes.
Otra explosión sacudió la estructura.
El agua llegó al pecho de casi todos.
Una enorme grieta atravesó una de las paredes.
La montaña entera parecía estar colapsando sobre ellos.
Pero el desconocido actuaba como si estuviera paseando por un jardín.
—Tomás acaba de decir la verdad por primera vez en décadas.
Sus ojos recorrieron a Alma.
Luego a Gael.
Después al bebé.
—Existe otro sobreviviente del Proyecto Origen.
Silencio.
—Yo.
Nadie habló.
Porque nadie sabía cómo reaccionar.
Tomás tosió sangre.
—Mateo…
El hombre sonrió.
—Hace mucho que nadie me llama así.
Gael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Mateo.
El nombre despertó algo.
Un recuerdo distante.
Fragmentado.
Un eco.
Nada más.
Eva dio un paso adelante.
—Pensé que estabas muerto.
Mateo soltó una carcajada.
—Todos piensan eso.
Lucien observaba cuidadosamente.
Como un ajedrecista viendo una pieza inesperada entrar al tablero.
—No viniste por el bebé —dijo.
Mateo lo miró.
—No.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
La sonrisa desapareció.
Y por primera vez apareció algo oscuro.
Muy oscuro.
—Porque vine por ella.
Señaló directamente a Alma.
Gael reaccionó instantáneamente.
—Ni se te ocurra.
Mateo pareció divertirse.
—Siempre tan protector.
Alma sintió que el miedo crecía dentro de ella.
No era un miedo racional.
Era algo más profundo.
Más antiguo.
Como si una parte enterrada de su memoria reconociera a aquel hombre.
Y quisiera huir.
Eva lo notó.
—No la mires así.
Mateo la ignoró.
—¿Ya le contaste todo?
—No.
—Entonces estamos perdiendo tiempo.
Tomás intentó incorporarse.
La sangre seguía empapando su ropa.
—No te atrevas…
Mateo lo miró.
Y sonrió.
—Tú ya no decides nada.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Valentina levantó nuevamente el arma.
Directamente hacia Mateo.
—Da un paso más y te disparo.
El hombre giró lentamente la cabeza.
Y algo cambió en sus ojos.
Por primera vez apareció interés.
—Tú debes ser Valentina.
—No me conoces.
—Te conozco mejor de lo que imaginas.
Valentina apretó el gatillo.
Pero no disparó.
Porque una duda mortal apareció en su rostro.
Mateo se acercó un paso.
—Tu madre Elisa me sostuvo cuando era niño.
Valentina quedó congelada.
—¿Qué?
—Yo la conocí.
El rostro de Lucien se endureció.
—Basta.
Mateo sonrió.
—¿Te duele escuchar su nombre?
La tensión se volvió insoportable.
Porque todos comenzaron a entender que Mateo conocía secretos que ninguno de ellos imaginaba.
Secretos capaces de destruirlos.
Otra explosión.
Más fuerte.
Esta vez una sección completa del túnel colapsó.
Dante apenas logró sacar a Julián antes de quedar sepultado.
El agua comenzó a entrar como una avalancha.
—¡TENEMOS QUE IRNOS! —gritó Dante.
Pero Mateo levantó una mano.
—Todavía no.
Gael ya estaba harto.
—¡Estamos muriendo aquí abajo!
—Lo sé.
—¡Entonces muévete!
Mateo lo observó.
Y aquella mirada hizo que Gael sintiera algo extraño.
No odio.
No rivalidad.
Tristeza.
Como si Mateo estuviera viendo una versión de sí mismo.
—No entiendes, hermano.
La palabra cayó como una bomba.
Hermano.
Alma abrió los ojos.
Eva cerró los suyos.
Tomás parecía haber envejecido diez años en un segundo.
Gael quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?