La boca del arma contra la cabeza de Alma convirtió el tiempo en algo irreal.
Todo se detuvo.
El agua.
Las alarmas.
Las explosiones.
Incluso el miedo.
Gael sintió que algo salvaje despertaba dentro de él.
Algo oscuro.
Algo capaz de destruir el mundo entero si eso significaba protegerla.
Mateo sostenía la pistola con absoluta tranquilidad.
Como si no estuviera apuntando a una mujer.
Como si no estuviera apuntando al centro mismo del universo de Gael.
Alma permanecía inmóvil.
Podía sentir el frío metálico contra su sien.
Podía escuchar su propia respiración.
Pero lo que realmente la aterraba era la expresión de Mateo.
No había odio.
No había rabia.
No había placer.
Había algo mucho peor.
Convicción.
—No hagas ninguna estupidez —dijo Mateo suavemente.
Gael lo miró.
Y por un instante todos comprendieron que estaban observando a un hombre al borde de perder el control.
—Aléjate de ella.
Mateo sonrió.
—Siempre igual.
—Te mataré.
—No antes de escucharme.
Otra explosión sacudió los túneles.
Un bloque enorme del techo cayó a pocos metros de Renata y Dante.
El agua ya alcanzaba los hombros de algunos.
La voz automatizada volvió a sonar.
“TIEMPO RESTANTE: DIECINUEVE MINUTOS.”
Diecinueve minutos.
Después de eso, toda la montaña desaparecería.
Pero nadie parecía capaz de moverse.
Porque Mateo tenía secuestrado el corazón de todos.
Y ese corazón era Alma.
Eva avanzó lentamente.
—Mateo… basta.
—No.
—Ya terminaste.
—Todavía no.
Lucien observaba en silencio.
Calculando.
Pensando.
Buscando una oportunidad.
Pero incluso él parecía comprender que cualquier error significaría una bala en la cabeza de Alma.
Tomás Montenegro seguía perdiendo sangre.
Cada vez más débil.
Cada vez más cerca de la muerte.
Sin embargo, no apartaba los ojos de Mateo.
Como si observara la consecuencia final de todos sus pecados.
—Diles la verdad —susurró Tomás.
Mateo soltó una carcajada.
—¿Ahora quieres la verdad?
—Ya no importa proteger nada.
—Exactamente.
La sonrisa desapareció.
Y por primera vez apareció el verdadero Mateo.
El hombre detrás de todas las máscaras.
—Entonces empecemos.
El agua golpeó las paredes.
Las luces parpadearon.
Y el infierno continuó derrumbándose alrededor de ellos.
—El Proyecto Origen nunca buscó crear herederos.
Todos quedaron inmóviles.
Eva cerró los ojos.
Como si hubiera esperado esas palabras durante años.
—Eso fue lo que Helena les hizo creer.
Alma sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿qué era?
Mateo la observó.
Y durante un segundo pareció lamentar tener que responder.
—Buscaban crear personas imposibles de controlar.
Silencio.
—Niños capaces de sobrevivir a cualquier trauma, cualquier manipulación, cualquier pérdida.
Gael frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
Mateo señaló a todos.
—Mírennos.
Luego se señaló a sí mismo.
—Nos rompieron desde el nacimiento.
Después señaló a Alma.
—La abandonaron.
Señaló a Valentina.
—Le robaron la identidad.
Miró a Gael.
—Te hicieron vivir rodeado de violencia.
Su voz se volvió más oscura.
—Y aun así seguimos aquí.
El túnel quedó en silencio.
Porque había algo perturbadoramente cierto en sus palabras.
Sobrevivieron.
Todos sobrevivieron.
A cosas que habrían destruido a otras personas.
Tomás tosió sangre.
—No era así…
—¡MENTIROSO!
La explosión de rabia de Mateo hizo temblar a todos.
Durante un segundo pareció perder el control.
El arma presionó más fuerte contra la cabeza de Alma.
Gael dio un paso.
—¡No!
Mateo volvió a controlarse.
Pero ya era tarde.
Todos habían visto la grieta.
El monstruo bajo la superficie.
—Yo era el favorito de Helena —dijo.
Nadie habló.
—Hasta que nació Alma.
Eva abrió los ojos.
Alma sintió que el corazón se detenía.
Mateo continuó:
—Entonces todo cambió.
Los recuerdos parecían atravesarlo.
Dolorosos.
Vivientes.
—Helena se obsesionó con ella.
Gael sintió que Alma se tensaba.
—¿Por qué?
Mateo sonrió tristemente.
—Porque Alma era perfecta.
El silencio se volvió insoportable.
—Aprendía más rápido.
Sentía más profundamente.
Resistía más.
Helena creyó que había encontrado lo que buscaba.
Alma negó lentamente.
—No…
—Sí.
Mateo bajó la mirada.
—Yo fui reemplazado.
Por primera vez, todos entendieron algo.
No estaban viendo solamente a un enemigo.
Estaban viendo a un niño abandonado que nunca dejó de sangrar.
Y eso lo hacía más peligroso.
Mucho más peligroso.
Valentina levantó nuevamente el arma.
—¿Por eso quieres matarla?
Mateo la miró.
—¿Matarla?
Sonrió.
—Jamás.
Aquella respuesta desconcertó a todos.
—Entonces ¿qué quieres?
Mateo observó a Alma.
Y algo extraño apareció en sus ojos.
Algo que hizo que Eva palideciera.
—Quiero llevármela.
El horror explotó en el túnel.
Gael reaccionó inmediatamente.
—Ni muerto.
—Eso puede arreglarse.
—Pruébalo.
Los dos hombres quedaron frente a frente.
Separados apenas por centímetros.
Por primera vez se parecían tanto que resultaba perturbador.
Como dos versiones de una misma tragedia.
La voz automatizada volvió a sonar.
“TIEMPO RESTANTE: DIECISÉIS MINUTOS.”
El tiempo se agotaba.
Y entonces ocurrió algo inesperado.