Deseo Salvaje

CAPÍTULO 36 — EL FUNDADOR

La silueta no se movió.

Y eso fue lo más aterrador.

Porque mientras la montaña se derrumbaba, mientras el agua seguía inundando los túneles y la cuenta regresiva avanzaba hacia la destrucción total, aquella figura permanecía inmóvil.

Esperando.

Observando.

Como si todo lo que estaba ocurriendo hubiera sido planeado hasta el último detalle.

El enorme portón de acero terminó de abrirse con un rugido metálico.

Un aire helado emergió desde el interior.

Más allá de la puerta existía una sala gigantesca.

Oculta.

Intacta.

Ajena al caos que consumía el resto del complejo.

Las luces se encendieron lentamente.

Una tras otra.

Y entonces todos pudieron verlo.

El hombre sentado en la silla.

Cabello completamente blanco.

Traje oscuro impecable.

Manos apoyadas sobre un bastón de madera negra.

La edad había marcado profundamente su rostro.

Pero sus ojos…

Sus ojos seguían siendo aterradoramente vivos.

Inteligentes.

Depredadores.

Alma sintió un escalofrío.

No sabía quién era.

Pero comprendió inmediatamente algo.

Aquel hombre no era un anciano indefenso.

Era el origen de todo.

La voz automatizada volvió a sonar:

“TIEMPO RESTANTE: CATORCE MINUTOS.”

El Fundador sonrió.

—Siempre tan dramáticos.

Nadie respondió.

Lucien Voss parecía petrificado.

Eva Ferretti respiraba con dificultad.

Mateo había bajado el arma.

Y Tomás Montenegro…

Parecía estar viendo al diablo.

—Pensé que habías muerto —susurró Lucien.

El anciano soltó una leve carcajada.

—Muchos lo pensaron.

—Yo vi tu cuerpo.

—Viste el cuerpo que quería que vieras.

El silencio se volvió pesado.

Irrespirable.

Gael observó a todos.

Y entendió algo inquietante.

Aquellos hombres y mujeres capaces de inspirar terror parecían niños frente a ese anciano.

Niños asustados.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó.

El Fundador giró lentamente la cabeza.

Lo observó.

Y durante varios segundos no dijo nada.

Como si estuviera estudiándolo.

Como si examinara una creación propia.

Finalmente sonrió.

—Gael.

La forma en que pronunció su nombre hizo que el joven sintiera un escalofrío.

—Has crecido exactamente como esperaba.

Alma se tensó inmediatamente.

—¿Lo conoce?

—Por supuesto.

El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Los conozco a todos.

Uno por uno.

Su mirada recorrió la sala.

Valentina.

Lucien.

Eva.

Mateo.

Renata.

Julián.

Dante.

Adrián.

Tomás.

Y finalmente Alma.

Cuando sus ojos llegaron a ella…

La sonrisa desapareció.

Y algo parecido a la emoción cruzó su rostro.

Algo fugaz.

Pero real.

—Y finalmente tú.

Alma sintió un nudo en el estómago.

No le gustó aquella mirada.

En absoluto.

—No me mire así.

—¿Así cómo?

—Como si me conociera.

El anciano bajó la vista unos segundos.

Y cuando volvió a levantarla…

Había tristeza en ella.

—Porque te conozco más de lo que imaginas.

El corazón de Alma se aceleró.

Eva dio un paso adelante.

—No le hables.

El Fundador sonrió.

—Eva…

—Déjala fuera de esto.

—Eso ya es imposible.

El agua continuaba entrando.

Pero curiosamente la sala secreta permanecía seca.

Protegida.

Diseñada para resistir.

Como un refugio construido para el fin del mundo.

Mateo avanzó.

—¿Por qué apareces ahora?

El anciano lo observó.

—Porque ya no queda nada que proteger.

—Mentira.

—¿Ah, no?

Mateo apretó los puños.

Toda la rabia acumulada durante décadas parecía hervir bajo su piel.

—Siempre controlaste todo desde las sombras.

—Correcto.

—Manipulaste nuestras vidas.

—También correcto.

—Destruiste familias.

—Sin duda.

Aquella sinceridad desconcertó a todos.

Porque no intentaba justificarse.

Ni defenderse.

Ni mentir.

Simplemente aceptaba cada acusación.

Como si careciera completamente de remordimiento.

Tomás comenzó a toser sangre otra vez.

El Fundador lo miró.

—Qué final tan decepcionante.

Tomás levantó la vista.

—Vete al infierno.

—Pronto.

La calma con que respondió fue escalofriante.

Lucien dio un paso adelante.

—¿Por qué?

Todos giraron hacia él.

Lucien respiraba agitadamente.

Como si llevara décadas esperando formular esa pregunta.

—¿Por qué hiciste todo esto?

El Fundador apoyó la espalda contra la silla.

Pensativo.

—Porque el mundo es una mentira.

Nadie entendió.

El anciano continuó:

—Las familias son una mentira.

—¿Qué? —susurró Alma.

—El amor es una mentira.

Gael sintió que Alma se tensaba junto a él.

—La lealtad es una mentira.

La sonrisa regresó lentamente.

—Y la sangre es la mentira más grande de todas.

Silencio.

—Así que decidí demostrarlo.

Gael frunció el ceño.

—¿Demostrar qué?

—Que los seres humanos pueden ser reconstruidos.

El horror comenzó a tomar forma.

Lento.

Implacable.

El Fundador señaló a Mateo.

—Él.

Después a Gael.

—Él.

Luego a Alma.

—Ella.

Y finalmente a Valentina.

—Y ella.

—No éramos personas para usted —susurró Eva.

El anciano la miró.

—No.

Eva cerró los ojos.

Como si esas palabras terminaran de romper algo que llevaba años fracturado.

—Éramos experimentos.

—Exactamente.

El silencio fue devastador.

El agua siguió golpeando las paredes.

La montaña continuó temblando.

Pero el verdadero terremoto estaba ocurriendo dentro de ellos.




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