Deseo Salvaje

CAPÍTULO 37 — LA HERMANA DEL ESPEJO

—Finalmente te encontré, hermana.

Las palabras resonaron por toda la sala.

Y durante varios segundos nadie fue capaz de respirar.

Alma sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

Otra vez.

Una y otra vez.

Cada verdad revelada era más monstruosa que la anterior.

Más imposible.

Más devastadora.

La pantalla mostraba el rostro de aquella mujer.

Era como mirarse en un espejo.

No exactamente igual.

Había diferencias.

El cabello.

La expresión.

La dureza en la mirada.

Pero era suficiente para destruir cualquier duda.

Se parecían demasiado.

Demasiado para ser una coincidencia.

Gael sintió cómo Alma comenzaba a temblar.

Instintivamente la rodeó con un brazo.

Protegiéndola.

Sosteniéndola.

Manteniéndola en pie.

La mujer en la pantalla observó aquel gesto.

Y sonrió.

Pero no fue una sonrisa amable.

Fue una sonrisa peligrosa.

—Así que él es Gael.

El joven levantó la vista.

—¿Quién demonios eres?

La mujer pareció divertirse.

—Esa es una pregunta complicada.

—Intenta responderla.

La sonrisa se amplió.

—Mi nombre actual es Selene.

El Fundador cerró los ojos lentamente.

Como si aquel nombre despertara viejos fantasmas.

Muy viejos.

—No deberías haber venido —murmuró.

Selene lo miró desde la pantalla.

Y algo parecido al desprecio apareció en sus ojos.

—Tú tampoco deberías seguir vivo.

Silencio.

La tensión era insoportable.

La montaña continuaba temblando.

Las alarmas seguían sonando.

El agua golpeaba los túneles.

Pero ahora existía una amenaza nueva.

Una amenaza que parecía superar incluso al propio Fundador.

La Organización Umbra.

Y Selene.

La mujer que afirmaba ser hermana de Alma.

La voz automatizada volvió a sonar:

“TIEMPO RESTANTE: DIEZ MINUTOS.”

Diez minutos.

Gael sintió que cada segundo pesaba como una tonelada.

Y aun así nadie podía marcharse.

Porque las respuestas seguían atrapadas allí.

—No tengo ninguna hermana —dijo Alma finalmente.

Selene la observó.

Y por primera vez pareció sentir algo.

Dolor.

Pequeño.

Breve.

Pero real.

—Eso es lo que te hicieron creer.

—Ya escuché suficiente de esa frase.

La respuesta salió cargada de cansancio.

De rabia.

De años de manipulación.

Selene asintió lentamente.

—Lo entiendo.

—No. No entiendes nada.

Alma dio un paso adelante.

Por primera vez desde que apareció la pantalla.

Por primera vez dejó que toda su furia saliera.

—Toda mi vida ha sido una mentira.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Cada persona que conocí me ocultó algo.

Miró a Tomás.

Luego a Eva.

Después al Fundador.

Finalmente a Lucien.

—Todos.

El silencio se volvió insoportable.

—Así que no vengas ahora diciendo que eres mi hermana.

La pantalla quedó inmóvil.

Selene no respondió inmediatamente.

Cuando lo hizo…

Su voz sonó diferente.

Más suave.

Más humana.

—Yo tampoco sabía que existías.

Eso hizo que Alma se detuviera.

—¿Qué?

Selene bajó la mirada unos segundos.

—Me dijeron que habías muerto al nacer.

El corazón de Eva se contrajo.

Gael sintió que Alma volvía a tambalearse.

Porque aquella historia resultaba demasiado familiar.

Demasiado parecida.

Como si el mismo monstruo hubiera repetido una y otra vez el mismo crimen.

Separar familias.

Mentir.

Destruir.

Controlar.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Eva.

Selene levantó la vista.

Y señaló directamente al Fundador.

Toda la sala quedó en silencio.

El anciano no negó nada.

No intentó defenderse.

No intentó escapar.

Simplemente permaneció inmóvil.

Aceptándolo.

—Mentí muchas veces —dijo.

—Miles —corrigió Lucien.

—Probablemente.

Tomás soltó una risa amarga.

—Ni siquiera recuerda cuántas vidas destruyó.

El Fundador no respondió.

Porque quizás Tomás tenía razón.

Las pantallas cambiaron nuevamente.

Mostraron imágenes del exterior.

Los equipos de Umbra avanzaban rápidamente.

Demasiado rápido.

Ya habían penetrado varios niveles del complejo.

Estaban cerca.

Muy cerca.

Dante observó las imágenes.

—Van a llegar aquí.

Selene asintió.

—Sí.

—¿Y qué harán cuando lleguen?

La mujer sonrió.

—Depende.

—¿De qué?

—De ustedes.

Aquella respuesta no tranquilizó a nadie.

En absoluto.

Mateo dio un paso adelante.

—Mientes.

Selene giró hacia él.

Y la temperatura emocional de la sala cambió instantáneamente.

Porque los ojos de ambos se encontraron.

Y algo oscuro apareció entre ellos.

Algo antiguo.

Algo personal.

—Hola, Mateo.

El hombre sonrió.

Pero no había alegría en aquella sonrisa.

—Pensé que estabas muerta.

—Tú intentaste asegurarte de eso.

Silencio.

Alma miró a Mateo.

Luego a Selene.

Y comprendió que existía una historia entre ellos.

Una historia peligrosa.

—¿Se conocen? —preguntó Gael.

Selene soltó una pequeña carcajada.

—Mucho más de lo que debería.

Mateo apartó la mirada.

Y aquello fue extraño.

Porque era la primera vez que parecía incómodo.

—Trabajábamos juntos.

—No.

La sonrisa de Selene desapareció.

—Sobrevivíamos juntos.

Aquellas palabras pesaron más.

Mucho más.

El Fundador observaba todo en silencio.

Como si estuviera viendo piezas de ajedrez acomodarse solas.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Valentina habló.

—¿Y yo?




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